25 - Adeus

El trayecto en el auto transcurrió en un silencio tranquilo, cargado de anticipación. No era un silencio incómodo, sino uno que hablaba por sí solo. Mis dedos acariciaban suavemente la mano de Valery, disfrutando de su calidez y la suavidad de su piel. De vez en cuando, ella entrelazaba nuestros dedos o los apretaba levemente, como si quisiera asegurarse de que estuviera ahí. Miré de reojo su perfil, observando cómo la tenue luz del atardecer iluminaba su rostro con delicadeza.

Al llegar a la casa, estacioné y bajamos del auto. La brisa de la tarde trajo consigo el aroma fresco de las flores del jardín, mezclado con el sutil perfume de Valery, que me envolvió al instante.

—¿Y ahora? —preguntó, llevándose un mechón de cabello rubio detrás de la oreja.

Sonreí, encantado por la naturalidad de su gesto.

—Sígueme —dije, tomándola suavemente de la mano.

La guié alrededor de la casa, hasta llegar al jardín trasero.

Al doblar la esquina, el escenario se reveló ante nosotros. El enorme árbol
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