Una sensación inefable

Abro los ojos y siento como sus labios se posan en los míos y su aliento roba mi aliento. Exasperada por la situación comienzo a lanzar manotazos exigiéndole que se aparte de mí.

—¡Suélteme, suélteme! —Comienzo a gritar visiblemente alterada— ¿Qué se supone que hace imbécil?

El hombre de uniforme negro me sostiene por las muñecas intentando contener mi ataque.

—¿Qué le ocurre, joder? Sólo intento ayudarla. —contesta con severidad haciéndome reaccionar de inmediato.

Me incorporo en el sofá de cuero negro, y él se aparta de mí, arregla el cuello de su uniforme de chef y pasa la mano por su cabello. En ese momento alguien toca a la puerta, él se dirige hacia la entrada de la oficina, mueve el picaporte destrabando el seguro interno. Abre ligeramente la puerta como evitando que alguien pueda verme.

—En seguida voy Tomás. —dice y cierra la puerta. Coloca una mano en su cadera y con a otra acaricia su mentón con cierta suspicacia.— ¿Puede decirme que hacía en esta área?

—¡Eso no es de su incumbencia! —respondo de forma altanera.

—Es mi oficina, claro que me incumbe —frunce el entrecejo.— ¿Es alguna infiltrada? —cuestiona y me levanto del sofá algo nerviosa, mientras arreglo la falda de mi vestido que se ha subido hasta la parte alta de mis muslos.

El hombre sigue con su mirada cada uno de mis movimientos y me observa de pie a cabeza. Luego se aproxima hacia mí, yo doy dos pasos hacia atrás.

—No se me acerque —Le advierto y él sonríe, lo cual me saca de mi estado de enojo.

—No pienso hacerle nada, señorita. —dice y continúa avanzando hacia mí.

—¡Señora! —replico con firmeza tratando de ponerle un límite a sus oscuras intenciones.

Aparentemente me funciona, porque de la nada, él se detiene en el acto.

—Está bien, señora. —levanta su mano mostrando una señal de tregua en una guerra que sólo parece existir en mi cabeza.— Sólo necesito saber si ya se siente mejor. Como pudo escuchar, debo salir y no puedo dejarla aquí. —argumenta.

—Sí, no necesita recordarlo, escuché perfectamente —respondo con enojo mientras tomo mi cartera de encima de su escritorio, imagino debió caerse cuando me desmayé.

Una pregunta surge en mi cabeza como un relámpago ¿A dónde podré esconderme si Felipe está afuera? El terror me invade de sólo pensar en enfrentarlo.

—Creo que aún estoy un poco mareada. —Me llevo la mano a la cabeza y froto mi sien derecha.— No me siento del todo bien —alego. Él me mira con desconfianza.

—¿Está embarazada? —pregunta elevando una de sus cejas, lo cual lo hace ver muy sensual dejándome hipnotizada por algunos segundos.— ¿Dígame está embarazada? —repite por segunda vez.

Como si hubiese dado con la contraseña de mis emociones, arranco a llorar de forma incontrolable. El hombre de cabello castaño y ojos color miel, me mira con una ternura especial.

—Siéntese por favor. —sugiere sujetándome de los brazos. El tono de su voz es suave y me reconforta.— Puede quedarse aquí, enviaré a uno de los empleados por si necesita algo. Yo debo irme, están esperando por mí.

—Gracias —respondo entre sollozos, limpiando con mis manos mi rostro. Él saca un pañuelo del bolsillo de su pantalón.

—Tenga —Me ofrece el pañuelo de un blanco impecable y sale de la lujosa oficina.

Seco mis lágrimas con tristeza. Respiro hondo. Necesito calmarme y pensar en frío sobre lo que debo hacer. Sólo se me ocurre buscar dentro de mi cartera para llamar a Paola y contarle lo que está pasando.

El móvil suena de forma incesante sin obtener respuesta de ella.

—¿Dónde te has metido, Pao? Contesta por favor —Mis palabras están llenas de angustia.

Tocan a la puerta, no sé que hacer en ese momento. Me incorporo del sofá con rapidez.

—A-adelante —tartamudeo.

La puerta se abre y uno de los camareros entra con una bandeja en su mano en la cual reposa un platillo con un exquisito postre.

—El Chef me pidió que le trajese algo para la tristeza. —dice retirando de la bandeja el platillo de porcelana y el delicado cubierto de plata; luego lo coloca sobre el escritorio de caoba pulido.— Espero lo disfrute, señora.

—Gracias —digo conmovida ante aquel gesto amable.

—Con su permiso. —El joven se retira haciendo una reverencia.

Cierra la puerta. Yo tomo asiento y pruebo un trozo de aquel postre cuya cremosidad y sabor me deleita en fracción de segundos. Una exquisita mezcla de sabores cítricos y cacao se disuelve en mis labios.

Sin embargo, la tristeza regresa a mí; entre lágrimas saladas y el dulce del postre intento ahogar mi angustia. Un minuto después, la puerta se abre, limpio mis labios con el pañuelo y veo a Paola parada frente a mí.

—¡Dónde te has metido, tía! —exclama, ansiosa— Te estaba buscando por todos lados.

Me levanto de la silla y corro a sus brazos. Ella me rodea y acaricia mi cabello.

—Felipe, él está en el salón principal con otra mujer. —jadeo.

—¡¿Qué?! —Eleva el tono de su voz.

—Sí, está allí con su amante. —murmuro en voz baja, casi de forma inaudible como evitando oír salir de mis propios labios aquella dolorosa verdad.

Paola se separa de mí y con voz firme me ordena:

—Ya verá ese depravado lo que le espera. —Me jala del brazo.

—¡No! —advierto con severidad y tiro con fuerza liberándome de su agarre.

—Qué no seas gilipolla, Ofelia. Que debes enfrentarlo de una vez por todas. —Vuelve a sujetarme del brazo.

—No pienso hacer eso. —contesto con vehemencia y vuelvo a soltarme.— Estoy cansada de esto, no haré el oso frente a toda esa gente por defender un matrimonio que es sólo una farsa.

Paola abre los ojos como platos al ver mi reacción. Nunca antes me había visto actuar de esa manera. Yo misma estoy sorprendida frente mi inusual comportamiento.

—¿Qué te ha pasado tía? —pregunta.— No te reconozco.

—Me cansé de todo esto, Pao. Quiero irme a casa.

—¿Irnos? Pero si ni siquiera hemos almorzado y Marcelo me ha pedido que lo espere para irnos juntos.

—Entonces quédate, yo me iré sola.

—Ofelia que no puedes ponerme en esta situación, tía. No me pongas a elegir entre Marcelo y tú.

—No necesitas elegir, Pao. Ya has hecho mucho por mí. —respondo con seguridad y firmeza.

—Está bien pediré un taxi para que venga a buscarte. —dice, y yo asiento.

Paola sale fuera de la oficina, contacta a uno de los guardias de seguridad y consigue que ellos le muestren la salida de emergencia sin que yo deba volver al salón donde está Felipe. En ese instante, no sé lo que realmente siento, no es celos, no es rabia, es una especie de desilusión que me envuelve y me lanza al abismo.

Minutos después, Paola regresa a la oficina. Ambas nos adentramos por un largo pasillo que da directamente a la salida de emergencia. Me despido de ella con un abrazo.

—No dejes de llamarme cuando estés en casa ¿Vale? —Me pide— Y por favor, nada de tomar píldoras ¿de acuerdo?

—Sí, no te preocupes. —respondo con firmeza— Gracias Pao, gracias por todo.

Salgo por la puerta de emergencia que me lleva directo a la parte externa de restaurante. Camino pensativa y mientras atravieso el estacionamiento llega a mi mente, la imagen de aquel hombre, de sus labios húmedos en los míos, de su aliento tibio, en ese instante siento una rara sensación, algo inexplicable que me hace estremecer por completo.

Repentinamente escucho el motor de un coche, volteo a mi izquierda y veo un auto que viene a gran velocidad rumbo hacía mí.

—¡Ahhhh! —Un grito aterrador escapa de mis labios y caigo sobre el pavimento…

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