El alma me volvió al cuerpo al repasar una y otra vez esas palabras. Era real. Me sentí aliviado y, aunque debería sorprenderme más que la sangre Zaisevt corriera por mis venas, no lo hizo. Lo único que me importaba era la seguridad de Nika, y ya la tenía en mis manos.Escuché a Artem bufar con fastidio y levanté la mirada, dándome cuenta de que no había dejado de mirar el papel. Maksim tenía una sonrisa satisfecha en el rostro, con un matiz que rozaba lo… ¿empático?—Ya ves, Artem, yo tenía razón —el anciano miró a su nieto, quien mantenía los puños cerrados sobre las rodillas—. Es tu primo.—Primo mis bolas —murmuró el ruso con obstinación. Maksim negó con la cabeza y volvió su atención hacia mí.—¿Qué piensas, Lothar? —lo miré, sin entender a dónde quería llegar—. Ahora sabes quién eres. Mi nieto, a quien buscaba. Tu mujer y las criaturas están a salvo.La sangre me hervía ante su tono despreocupado. ¿De verdad esperaba que le agradeciera por esto? Amenazó sin titubear la vida de p
POV: Annika Klein Vomitaba por tercera vez en la mañana, inclinada sobre el inodoro, mientras mi cuerpo se estremecía con cada arcada. Sergio me palmeó la espalda en un intento de reconfortarme, pero no podía aliviar mi angustia. Loti no estaba a mi lado cuando desperté, y ahora la preocupación me tenía el alma en un hilo. Cuando finalmente mi estómago no tuvo nada más que expulsar, me enjuagué la boca. Ni siquiera había desayunado, esperando su regreso.—Trate de no alterarse —dijo Sergio con seriedad—. El señor está bien.—¿Quién puede asegurarlo? —repliqué con amargura. Nadie podía darme esa certeza.—Si sigue así, los bebés se verán afectados otra vez —advirtió el anciano. Su advertencia me tensó de inmediato, recordándome la última vez… la sangre, la debilidad extrema.—Está bien, puedes retirarte —murmuré, recostándome en la cama.Sergio obedeció y se fue, dejándome sola con mis pensamientos. Tenía que calmarme. Pero ¿cómo hacerlo cuando ni siquiera sabía si Loti estaba bien?
[...] POV: Lothar Weber Apoyé el pincel en el borde de la lata y di un paso atrás, observando el resultado. La pintura estaba perfecta, tal como la había imaginado, sin imperfecciones ni manchas. Me aseguré de que todo estuviera en orden, recorriendo la habitación con la mirada. El color en las paredes era cálido y suave, sin caer en lo típico. No quería nada demasiado infantil ni exagerado, solo un espacio en el que mis hijos se sintieran seguros. Me acerqué a la cuna doble y pasé la mano por la baranda, verificando su estabilidad. Había revisado cada tornillo varias veces, pero aun así lo hice de nuevo. No podía darme el lujo de que algo fallara. Moví los cojines del sofá junto a la ventana, imaginando las noches en vela sosteniendo a uno de mis bebés en brazos. La imagen me arrancó una sonrisa.Caminé hasta la estantería y deslicé los dedos sobre los libros que había elegido. Había comprado más cuentos de los que probablemente necesitarían, pero la idea de leerles antes de dormi
[...] 5 años después POV: Annika Klein Los primeros rayos del sol se filtraban por las persianas, acariciando mi piel con su calidez. Entreabrí los ojos con pereza, sintiendo la brisa salada que llegaba desde el mar y el murmullo de las olas rompiendo en la distancia.Me estiré bajo las sábanas, buscando instintivamente un cuerpo firme y cálido a mi lado, pero solo encontré un espacio vacío. Fruncí el ceño y parpadeé varias veces antes de incorporarme.Loti no estaba.Con un suspiro, me levanté y caminé descalza hasta la habitación de los niños. Sus camas estaban desordenadas, las mantas caídas a un lado, pero ellos tampoco estaban allí.Entonces, un sonido me hizo detenerme. Eran risas.Agucé el oído y, junto con esas risitas infantiles, un aroma delicioso flotó en el aire, despertando mi curiosidad. Bajé las escaleras, siguiendo el rastro de aquel olor y las voces que llenaban la casa de vida.Y ahí estaban.Loti estaba de espaldas a mí, frente a la estufa, con el cabello ligeram
Venecia, Italia ~Monasterio de Santa Maria delle Vergini~—Señor Todopoderoso,Tú que ves más allá de la carne y del linaje,guarda mi alma, que no lleva culpa,aunque mi sangre cargue con sombras ajenas...Annika dejó que las palabras flotaran en el aire, desgastadas por la repetición. Ya no le parecían suyas, ni siquiera creía que atravesaran el techo de la capilla. Había recitado aquella oración tantas veces en secreto que su significado se había desvanecido. ¿Acaso alguien la escuchaba? Tal vez no lo merecía. Después de todo, no era una monja devota como las demás.—Sorella Annika.La voz, suave y afectuosa, la sobresaltó. Se puso de pie de inmediato, dejando su posición arrodillada.—¿Qué haces aquí a esta hora? —preguntó la Vicaria, mirándola con curiosidad.Annika bajó la mirada, sus manos unidas frente a ella.—Estaba... orando —respondió en voz baja, con cierto titubeo.La Vicaria se acercó y, con un gesto delicado, levantó su mentón hasta encontrar sus ojos castaños.—Eso e
Después de presenciar aquella aberración con sus propios ojos, Annika se apresuró a regresar a su habitación, como si el mismo diablo le pisara los talones. Cerró la puerta con un golpe seco y echó el seguro antes de lanzarse hacia el baño, donde vació su estómago en el retrete. Varias arcadas más, hasta que su garganta quedó ardiendo y su cuerpo se tensó, dominado por la náusea. Se apoyó contra el lavabo, respirando con dificultad, mientras el pecho le hervía de angustia.—Maldito...—susurró, su voz temblorosa, llena de repulsión por lo que acababa de presenciar. —¡Maldito seas, Rainer!.Golpeó el lavabo con furia, la impotencia apoderándose de ella. No podía hacer nada. Ni siquiera huir parecía una opción viable. La sensación de estar atrapada la consumía, como un peso insoportable sobre su pecho.Salió del baño con el rostro demacrado por la rabia. Sin pensarlo, arrancó el vestido rojo que le habían impuesto y lo pisoteó, con furia, hasta que sus fuerzas se agotaron. Se desplomó en
Annika no sabía qué le revolvía más el estómago esa mañana: las fachas de mierda que llevaba encima o tener que desayunar frente a Rainer con su amante enredada sobre él como una maldita lapa.Se sentó, tragándose el asco y el fastidio, mientras esos dos se restregaban descaradamente en la mesa. Intentó enfocarse en el plato que tenía delante, pero el primer bocado casi la hizo vomitar. Era otra de las bromitas de Lavinia, la muy desgraciada.Respiró hondo, recordando que debía mantener su papel de víctima. Necesitaba mantener a Rainer bajo control, aunque eso implicara tragarse la humillación. Levantó la vista y los vio: Lavinia alimentaba a Rainer con una cuchara, riéndose como una idiota. Annika sintió un nudo en el estómago, pero se obligó a seguir con su plan.Dejó caer la mirada, dejando escapar un sollozo que acompañó con un gesto de falsa vulnerabilidad al secarse una lágrima imaginaria con el dorso de la mano.—Pobrecita —se burló la sirvienta desde la esquina—, llora como si
Durante lo que quedaba del día, no volvió a cruzarse con él. Miró varias veces hacia la cima de las escaleras mientras limpiaba, con la esperanza de al menos ver su sombra. Pero nada, aquel hombre misterioso no dio señales de vida.Annika terminó su jornada y, como le tocaba, volvió a casa. Subió al taxi con el estómago revuelto, una mezcla de nervios y rabia, porque sabía que la esperaba una pelea con su esposo. Todo por haber encontrado trabajo. Claro que, le costara lo que le costara, pensaba mantener su papel de víctima perfecta, la esposa mártir. Ya había planeado cómo actuar.El taxi la dejó frente a la mansión de Rainer. Bajó, mirando el enorme caserón con desconfianza. Pagó al conductor y respiró hondo antes de cruzar la puerta.Al entrar al salón, lo primero que vio fueron maletas y bolsas de compras desparramadas por todos lados. Las sirvientas iban y venían, cargándolas escaleras arriba, mientras Annika observaba todo con una expresión de incredulidad. ¿Rainer tendría visit