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52. Deliciosa tortura

Cuando llegué a la dirección que Artem me había dado, él ya no estaba. Maldito lunático. Se largó en cuanto supo que Dorothea estaba conmigo. Aún no entendía cómo ella podía soportarlo con esa mente retorcida. Sus celos no eran normales.

El lugar era una bodega abandonada, impregnada de suciedad y hedor a humedad. Cajas viejas se apilaban en rincones oscuros, acompañadas de ratas que correteaban entre la basura. No era muy diferente a mi propio subterráneo de tortura, el cual —por cierto— debía desmantelar cuanto antes. Ahora que planeaba una vida con Nika, todo eso debía quedarse atrás.

—Ya estás aquí —la voz rasposa de Roco me recibió. El hombre de la cicatriz en la cara, el perro leal de Artem—. Están justo ahí.

Señaló con la barbilla hacia una esquina. Dos figuras se retorcían en el suelo como lombrices fuera de la tierra, amordazadas con cinta. Sus gritos quedaban ahogados tras el adhesivo.

—Uf, qué escena más desagradable —murmuró Lena, quien insistió en acompañarme—. Me dan náu
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