Capítulo4
En ese momento, perdió la paciencia.

Esta vez, fue brusco y rápido, como si me estuviera usando nada más para desahogarse, como si yo fuera un simple juguete.

Pero ni así quedaba satisfecho. De verdad, se tardaba mucho. Mi marido tocó la puerta varias veces para apurarlo, y yo me tapé la boca por miedo a que se me saliera un grito.

Al final, mi marido no aguantó más y ya estaba a punto de entrar al consultorio, así que, de mala gana, él se subió los pantalones.

Yo me sentía débil, como si me hubiera pasado un camión por encima. Me costó bastante recuperarme antes de poder salir.

Mi marido me preguntó por qué me había tardado tanto, y yo me inventé una excusa.

Me sentí aliviada cuando vi que no me hizo más preguntas.

A diferencia de mi consciencia culpable, el doctor Miles se veía tranquilo, como si no hubiera sido él el que me acababa de exigir tanto.

—Su esposa está bien. Ya le expliqué el plan de tratamiento. Si lo sigue, en diez días o, máximo, en quince, va a estar mejor —dijo él,
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