La pobre aldeana atormentada por la adicción al sexo
La pobre aldeana atormentada por la adicción al sexo
Por: Ronaldo
Capítulo1
De camino a la consulta con mi esposo, me entró la histeria de nuevo. Sentía un picor insoportable en todo mi cuerpo.

Tenía la mirada perdida y, con las piernas atadas, miré a mi marido para pedirle ayuda.

Él me insulto en voz baja:

—Perra.

Las lágrimas bajaban por mis mejillas. Cuando empezó mi enfermedad, mi esposo estaba muy feliz, pero no pudo aguantar por mucho tiempo.

Él rompió una mazorca bien gruesa y perfecta para su destino y me la entregó:

—Hazlo tú misma.

Entré al maizal. Rápidamente me bajé el calzón y me preparé para empezar.

De repente, alguien me abrazó por detrás, yo pensé que era mi marido.

Me di de vuelta, y abrí los ojos cuando me di cuenta que no era mi marido.

Extendí la mano en un intento de apartarlo y estaba a punto de salir corriendo, pero él me agarró con fuerza. Tuve que gritarle a mi esposo para pedirle ayuda, pero no me respondió.

¿Cómo no pudo haber escuchado mis gritos, si no había nada de ruido en el maizal?

De repente, recordé que, hace unos días, me había pedido que me buscara un varón.

Y pues… era bastante probable que él mismo hubiera dejado entrar a este desconocido a propósito.

El maíz todavía estaba bien metido dentro, y mi cuerpo ya se sentía débil de tantos tirones y sacudidas. Al rato, ya ni siquiera tuve fuerzas para seguir peleando.

El desconocido aprovechó la oportunidad, me tiró al suelo y me levantó las piernas sobre sus hombros. Me quedé asustada; solo pude intentar patearlo, pero obviamente no fue sufieicente.

Al ver que estaba a punto de desabrocharse el pantalón, recogí unas hojas de maíz que estaban a mi lado y se las restregué en la cara.

Él no estaba prestando atención, y le lastimaron los ojos. Las hojas de maíz tienen pelitos muy afilados, y sí, pueden lastimar los ojos.

El muy miserable me dio una cachetada y me dijo perra.

Mi marido probablemente escuchó que algo malo estaba pasando y vino rápidamente.

—Tu esposa es una perra malparida. Casi me deja ciego. Búscate a otra mejor —dijo el tipo.

Sacó un billete de cincuenta, lo tiró al suelo y se fue, enojado.

Mi marido me ayudó a levantarme y me preguntó si estaba bien.

Me dolió el corazón, y las lágrimas volvieron a derramarse.

—¿Y cómo te atreves tú a preguntar? ¿Acaso no es tu culpa?

¿Qué otro marido hay como tú? No solo dejas que otros vengan a cogerse a tu esposa, sino que además ¡pagas para que se la cojan! Eres un cabrón miserable —le dije, furiosa.

Pensó que estaba siendo muy dura con él y me respondió con un regaño:

—Es por esa maldita enfermedad que te la pasas mojada todo el tiempo y quieres que te coja las 24 horas del día. Y ya se acerca el invierno… ¿Cómo vamos a cosechar contigo así?

—¡Pues que se congele todo en esta tierra podrida! Se va a morir todo con el frío. Trabajamos por nada todo el año.

Después de decir eso, se dio la vuelta y se fue con rabia.

Me sequé las lágrimas, me levanté y me apresuré a alcanzarlo.

Sé bien que todo es mi culpa. Él es muy tolerante conmigo.

Recé para que ese nuevo médico pudiera curarme de esta adicción. Si no, tendría que volver a casa y que me dieran puntos para cosérmela un poco… para poder parar.

Pronto, conocí al único médico del pueblo, un practicante universitario. Pero, para mi sorpresa, era varón.

A pesar de ser algo mayor… ¿cómo iba a dejar que un médico hombre me examinara una parte tan privada?

Estaba a punto de salir corriendo, pero, mi marido me tomó la mano.

—¿Seguirás con la cosecha si no te tratas?

Pensando en cómo nuestras vidas se habían visto tan afectadas por esta adicción, no tuve más opción que quedarme.

Me sorprendió tanto que, en secreto, empecé a desear al médico.

Era un papacito, y tenía un cuerpo que te hace babear. Su piel blanca resaltaba con esos músculos que se le notaban bajo la ropa. Y con esas gafas de montura dorada que llevaba, parecía todo un cerebrito.

Estaba tan hipnotizada mirándolo que no escuché nada de la conversación entre él y mi marido.

Hasta que mi esposo dijo:

—Doctor Miles, yo me retiro. Le dejo a mi esposa.

¿Cómo? ¿Mi marido no iba a quedarse conmigo?

Y esas palabras: Le dejo a mi esposa… cualquiera podría malinterpretarlas.

Después de que mi marido se fue, el doctor Miles me preguntó dónde me sentía mal.

Aunque era difícil decirlo, igual tuve que hablar con sinceridad.

A él no le sorprendió en lo más mínimo escuchar lo que le dije.

Le pregunté si había algún medicamento para tratarme, y me respondió que primero debía hacerme un examen.

Le pregunté, nerviosa:

—¿Cómo hago el examen? ¿Tengo que acostarme? —señalé la cama de al lado.

—No, déjame echar un vistazo primero —dijo, mientras se agachaba y comenzaba a bajarme el pantalón.

Tenía tanto miedo que, por reflejo, le agarré la mano y le pregunté:

—¿Qué está haciendo?

—¿Cómo puedo comprobarlo sin verlo? —respondió, molesto.

Me puse roja de inmediato. Era demasiado directo.

—Entonces… me lo bajo yo sola —dije, avergonzada.

Me tragué la vergüenza, bajé la cremallera del pantalón y lo hice yo misma.

Aunque trabajo en el campo todo el año, tengo la piel naturalmente clara. Nunca se me broncea, no tengo ni una arruga.

Mi piel también es muy suave y bonita.

El desgraciado de mi yerno incluso una vez me confundió con su hija, y casi… casi me hace algo.

Pude escuchar claramente el sonido del doctor Miles tragando saliva.

Me quedé impactada. ¿Será posible que al doctor Miles le gustara lo que veía? ¡Yo podría ser su madre!

Ee repente, levantó una de mis piernas y se metió debajo para observarme con atención.

Su cabello era grueso y lo tenía amarrado arriba… de pronto, me sentí demasiado sensible.

Hasta un poquito húmeda.

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