Capítulo2
Se levantó y recogió un trozo de papel de la mesa.

Me sentí muy avergonzada y enojada cuando vi al doctor limpiándose la humedad de las manos y la cara, ya que no pude evitarlo y terminé untándolo un poco.

—Lo lamento, no quise hacer eso —me disculpé.

—Esas reacciones son bastante normales. Mira, yo solo te veo como mi paciente —dijo el doctor Miles. Su voz era suave, y me relajé.

Bajé las piernas y él dijo:

—Deja las piernas arriba. El examen aún no ha terminado.

No tuve más remedio que alzarlas de nuevo.

Después de terminar de limpiarse, sacó su celular y comenzó a tomar fotografías de mi cosita.

Al ver mi confusión, explicó:

—Está demasiado oscuro. No puedo ver con claridad.

Me dio tanta vergüenza que quería que la tierra me tragara. Pensé que con un poco de medicina sería suficiente, pero nunca imaginé que el examen sería así. De haberlo sabido, me habría afeitado en casa.

Observó la foto un rato y, por fin, encontró la causa.

—Tienes una infección fúngica causada por un trastorno de la flora microbiana vaginal. Es un poco tarde, ya que es prácticamente imposible controlarla con medicamentos ahora mismo.

No entendí lo que dijo, pero parecía serio. Entré en pánico de inmediato.

—¿Qué hago entonces?

—Ahora usaremos un instrumento para medir la sensibilidad. Acuéstese primero y veré cuánta sensibilidad presenta. Si tiene mucha, tendré que aumentar la dosis.

Dudé por un momento, pero aun así hice lo que me dijo.

—Abre un poco más las piernas —dijo. Mientras hablaba, ya estaba medio arrodillado junto a la cama y empezó a estirar la mano para comprobar.

Sus manos estaban muy frías, y mi cuerpo se estremeció tan pronto tocaron mi piel.

—Relájate un poco, o los resultados de la prueba no serán precisos.

Cerré rápidamente los ojos y traté de relajarme.

Entonces, sentí un par de manos grandes y frías que se movían de un lado a otro cerca de mí, mientras las puntas de sus dedos me frotaban y me hacían sentir un cosquilleo.

Pensé:

—Esto no está bien. Si sigue así, podría volver a perder el control.

Mi cerebro me dijo que lo detuviera rápidamente, pero mi cuerpo me rogaba que frotara más fuerte.

—¿Estás sensible aquí?

—¿Y aquí?

...

Doctor Miles, por favor, usted solo frote y pregunte.

Pronto, mi cuerpo empezó a flaquear, como si se estuviera prendiendo fuego. Me mareaba, y ya casi ni podía pensar.

Temiendo que la situación se saliera completamente de control, intenté agarrar la mano del doctor.

Pero, antes de que pudiera, de repente, la mano del doctor Miles tocó ese puntito exacto allá abajo.

Solo un toque... y quedé noqueada.

Todo mi cuerpo y mi mente parecían gritar por más como locos. Mis labios se abrieron un poco, y mis piernas inconscientemente se abrieron más.

Justo cuando quería más, el doctor Miles quitó su mano, de la nada.

Terminó tan inesperadamente que sentí como si hubiera perdido algo muy importante.

—Ya terminé el examen. Tienes, en efecto, muchos puntos sensibles —dijo el doctor Miles después de limpiarse las manos.

Aunque parecía indiferente, vi el tremendo bulto debajo de su pantalón.

¿Estaba el doctor Miles interesado en mí, una mujer de campo que ha trabajado labrando todo el año?

A ver, es joven y fuerte. ¿No dicen que las cosas de los estudiantes de prepa y universitarios siempre andan más duros que un caballo?

¡A decir verdad, me gustaría cogérmelo!

Ayuda… ¿en qué estoy pensando?

Afortunadamente, él no podía leer mis pensamientos. De lo contrario, me habría dicho que soy una sinvergüenza.

—Doctor Miles, ¿ya se terminó?

—Eso es todo. Déjame contarte del hongo.

El doctor Miles sacó una caja de abajo y la abrió. En el interior se encontraban moldes de diferentes longitudes y grosores. Las venas sobresalían, lo que los hacía ver muy realistas.

No pude evitar sonrojarme.

Pero me lo presentó con cuidado y seriedad.

—Este es el molde para ayudarle a reducir la sensibilidad. Aplique el medicamento y luego frótelo varias veces para lograr el efecto. Dado que muchos puntos sensibles se encuentran en lo profundo, es fundamental escoger bien el indicado.

Me sentí un poco avergonzada.

—Por favor… ¿cuál es el adecuado para mí?

—Déjeme comprobar qué talla es la más adecuada para ti.

—Pero este es un examen interno. ¿No es necesario que mi marido esté presente? ¿Por qué está aquí? Todos somos gente bastante conservadora del campo. Si él ve que alguien me hace esto, me echaría a patadas.

Al final, era un poco más emocionante cuando él no estaba, entonces dejé de tocar ese tema.

—Listo, acuéstese —dijo, y puso una cortina en el medio.

Me mordí los labios, nerviosa, y apreté fuerte las sábanas con ambas manos, sintiéndome asustada y expectante al mismo tiempo.

La mano derecha y grande del doctor Miles me cubrió y ese cosquilleo familiar regresó. Casi gemí de placer varias veces y traté desesperadamente de agarrar la sábana con los dedos de los pies.

—El tuyo, en efecto, es demasiado profundo y difícil de encontrar. Necesito cambiar de herramienta.

En el momento en que el doctor Miles retiró su mano, sentí como si hubiera caído del cielo.

Después de unos segundos, oí que se abría la cremallera.

Entonces, algo calientito y bien duro se deslizó dentro de mí, y de inmediato noté que algo andaba mal.

Extendí la mano, bajé la cortina y miré hacia arriba.

¡¿Qué estaba pasando?!
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