El comedor de la familia Whitmore brillaba con la elegancia característica de su linaje. La vajilla de porcelana fina descansaba sobre un mantel de lino blanco, mientras que el suave murmullo de conversaciones se mezclaba con el tintineo de cubiertos sobre los platos. La luz del sol que entraba por las amplias ventanas iluminaba la sala, pero parecía que la atmósfera se había tensado con la noticia que circulaba por los labios de los presentes.La conversación comenzó con un comentario casual, apenas un rumor, pero bastó para captar la atención de todos los presentes.—¿Qué es lo que tanto comentan? —preguntó el señor Whitmore, un hombre de apariencia severa y modales impecables, que observaba el intercambio con una mezcla de curiosidad y desdén.—Se tenía entendido que Herseis era estéril. Pero se corre el rumor de que está embarazada —respondió la señora Grey, con su voz delicada, pero cargada de un dejo de asombro.El nombre de Herseis hizo que todos los ojos se volvieran hacia ell
Eleanor averiguó sobre el club del té. Abordó a Sofía para inscribirse. Su único propósito era ver y menospreciar a esa insípida mujer. Ahora se creía la gran cosa por ser gerente y por estar embarazada. Caminaba con la cabeza en alto, el porte altivo de siempre y la mirada calculadora que la caracterizaba. Aunque su ingreso al club del té fue planificado con meses de anticipación, su objetivo era simple y personal: enfrentarse a esa mujer insípida que, contra todos los pronósticos, se había atrevido a surgir en su ausencia. Herseis. Eleanor no podía evitar sentir desprecio por ella. ¿Gente? ¿Embarazada? Era ridículo pensar que esa mujer, a la que había dejado en ruinas, ahora se paseaba como si fuera la reina de la sociedad.El club del té de Sofía era conocido por ser un círculo selecto de mujeres de élite, donde solo se permitía el acceso a las damas con cierto linaje o relevancia en la sociedad. Eleanor siempre había sido consciente de su posición, pero ahora tenía una misión en m
Herseis miraba a Eleanor con una calma deliberada, cada palabra de la ingeniera era una pequeña daga envenenada, lanzada con destreza para provocar. Eleanor siempre había sido astuta, y su propósito era claro desde el momento en que había puesto un pastel en el salón de té. Pero Herseis no se dejaría afectar. Los años de sufrimiento, las luchas y la metamorfosis que había vivido la habían preparado para este tipo de confrontaciones. Eleanor podía intentar socavarla con sus insinuaciones y su frialdad, pero ya no tenía poder sobre ella.—¿Y esos escoltas, Herseis? Acaso, ¿tu marido es un criminal, mafioso o algo por el estilo? —preguntó Eleanor de manera altiva con semblante sagaz—. Tu esposo me causa curiosidad.Ella buscaba molestarla. Pero Herseis no reaccionó de inmediato. Sabía que cada respuesta debía ser cuidadosamente medida. Cualquier señal de nerviosismo, cualquier titubeo, y Eleanor lo explotaría sin dudar. Entonces, con una sonrisa serena, respondió.—Él es el hombre más bu
Helios Darner admiraba su oficina con una mezcla de satisfacción y pragmatismo. La luz natural que entraba por los amplios ventanales iluminaba las mesas, donde una serie de informes financieros, contratos y gráficos económicos aguardaban su atención. El ruido sordo de la ciudad quedaba amortiguado por las gruesas paredes del edificio, lo que generaba una atmósfera de calma productiva.A su lado, Henry Drake, su amigo y asesor personal, revisaba algunos documentos, evaluando con ojo experto cada cifra, cada proyección. Aunque Henry era un hombre con su propia empresa en Inglaterra, su implicación en el conglomerado bancario de Helios había sido valiosa. Su perspectiva europea le daba un ángulo distinto sobre las decisiones estratégicas, y Helios valoraba profundamente su juicio. Lo había mandado a llamar en ausencia de su secretario Evans Blake, que había decidido tener vacaciones.—¿Por qué me presentaste a esa mujer? —preguntó Henry, rompiendo el silencio sin levantar la vista de lo
Un lujoso auto azabache se estacionó frente a un imperioso edificio. Un hombre con atuendo de chofer fue el primero en bajarse y luego una linda muchacha con ropa de secretaria.Ambos se colocaron al costado de la puerta trasera del vehículo. El chofer fue el encargado de abrir la puerta de manera sutil, como si estuviera por recibir a una reina de la edad media. Entonces, de manera espléndida, una esbelta pierna fue lo primero en mostrarse, cuyo tacón negro de aguja, se afirmó de modo firme en el asfalto. Así, como una poderosa soberana, que descendía de su carruaje real. Así, una espléndida mujer se manifestó con lentitud.Ella abandonó el coche con glamour y distinción. Tenía puesto en su cabeza un sombrero Hepbrum oscuro con un velo que tapaba la parte superior de su rostro, sol dejando ver la parte de su boca y fina barbilla. En su negra pupila se reflejó la maravillosa arquitectura empresarial que le pertenecía a ella.Hariella Hansen era conocida como La magnate. Era arrogante,
El sonido del elevador lo hizo volver a la realidad a un tímido muchacho. Había quedado absorto en sus pensamientos mientras lo esperaba. Al fin había bajado, pues el edificio era gigante, tenía más de cien niveles y le habían indicado que debía ir al piso setenta. Las puertas plateadas se abrieron a los lados, y arriba, en una pantalla tecnológica, aparecía ahora el número uno, en color rojo. Los nervios se apoderaron de él, porque después que diera un paso hacia adentro, ya no habría vuelta atrás, pero no perdería la calma. Respiró profundo por la nariz y lo soltó todo por la boca.Hermes Darner era un joven de veinticuatro años, recién egresado de la universidad por haber terminado no un grado, sino ya, a su corta edad, un posgrado en administración de empresas. Se había preparado para esta entrevista, había una vacante en el puesto de gerente de finanzas y en esa área él destacaba lo suficiente para tomar la iniciativa de presentarse en la empresa manufacturera de alimentos que, do
Las puertas se cerraron y dentro del sitio hubo un silencio que pareció ser eterno, mientras que el elevador empezó a subir.Hermes miraba a Hariella con disimulo por el rabillo del ojo, podía verle la piel blanca, libre de manchas y el cabello rubio le parecía brillar como si fueran mechones de oro. Ella era tan hermosa y elegante. Jamás en su vida podría llegar a estar con alguien como ella, mucho menos con su introvertida personalidad que no lo ayudaban demasiado.Hariella recibió un portafolio de parte de Lena y se puso a verlos. Hermes se percató y con eso había encontrado una excusa para romper el hielo.—¿Se presentará a la entrevista, para la vacante de finanzas? —preguntó Hermes, mirando hacia el frente en la pantalla donde iban apareciendo diferentes números.Lena arrugó el entrecejo y tragó un poco de saliva; sabía que a Hariella no le gustaba ser interrumpida y menos que le dirigieran la palabra sin que ella otorgara el permiso para hacerlo. Se quedó atónita mirando a su se
Las puertas se cerraron y las dos quedaron de nuevo en silencio y en tranquilidad.Hariella había disfrutado de la conversación con el muchacho y hasta entonces se percató de que no se habían presentado y no había llegado a descubrir el nombre de ese hombre con el que había hablado hace pocos segundos, pero eso podría solucionarse. Hace mucho que nadie le hablaba con esa confianza, debido a su cargo, las charlas siempre eran estrictas y puntuales.—¿Crees que sea alguien bueno? —interrogó Hariella a su secretaria Lena, quebrando la armonía en la que habían quedado.Lena lo pensó antes de responder, podría estar fingiendo a la vez que en verdad no conocía la identidad de su jefa. La pregunta se había convertido en un auténtico dilema, no tenía pruebas ni la certeza que, aquel joven estaba mintiendo y no podía ir por el mundo acusando a todos los hombres que se acercaran a Hariella de estafadores o farsantes. Tendría que averiguarlo primero antes de dar un veredicto acusatorio en contra