Meses después, Herseis fue a aquella tienda para bebés. El lugar estaba lleno de colores suaves y una atmósfera de ternura. Estanterías repletas de ropa diminuta, juguetes de peluche y accesorios encantadores para los recién nacidos. El aire olía a frescura y las conversaciones a su alrededor giraban en torno a pañales, cunas y futuros nombres. Caminaba entre los pasillos con una calma y seguridad que no habría imaginado tener meses atrás. Su vientre prominente y su postura erguida eran símbolos de su nueva vida, una que había tomado un giro inesperado pero dichoso.Mientras acariciaba una suave mantita de algodón, se escuchaban voces que rompieron la paz del momento. No le costó mucho reconocerlas. Las miradas curiosas y las risitas discretas de un grupo de mujeres conocidas se dirigieron hacia ella. Al frente, la líder del grupo, Sofía, con esa postura altiva y mirada que parecía examinar cada detalle de su vestimenta y semblante.—Herseis —dijo Sofía, con ese tono condescendiente q
Sofía y su grupo de amigas se quedaron observando cómo Herseis se alejaba, resguardada por los escoltas que, con pasos firmes y en formación, la escoltaban hacia la salida de la tienda. La imagen de Herseis, tan segura de sí misma, irradiando esa elegancia y aplomo que antes parecía imposible en ella, dejó a las mujeres en silencio por unos segundos, procesando lo que acababan de presenciar. La transformación era innegable. ¿Cómo había pasado de ser una mujer decaída, mal vestida, triste, infértil y seca a esta figura luminosa, ilustre, elegante y activa? Aquella vez solo había visto oscuridad y pesadumbre en ella, como un desierto lúgubre, incapaz de dar fruto. Ahora, por el contrario, se había convertido en un maravilloso jardín lleno de flores, animales, luz y vida. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal. Estaba asombrada y embelesada por el cambio tan drástico que Herseis había tenido.Sofía frunció el ceño, incómoda con la sensación de estar viendo algo que no entendía. La He
Al final de la reunión, cuando Herseis se despidió, las mujeres quedaron sumidas en un mar de especulaciones. Pero mientras ellas murmuraban entre sí, Herseis salió con la misma confianza con la que había llegado, sabiendo que su vida ahora pertenecía a un mundo mucho más alto del que ellas podían imaginar.Mientras los autos avanzaban por la carretera hacia la casa de sus padres, Herseis miraba por la ventana, sumida en una mezcla de nostalgia y tranquilidad. El paisaje que se extendía a su alrededor le era familiar, pero lo veía de una manera distinta. Todo parecía haber cambiado desde la última vez que había visitado a su familia. Ella había cambiado. Ya no era la misma mujer que solía llegar allí con una carga emocional y un vacío en el pecho. Ahora, llevaba consigo no solo la experiencia de un nuevo matrimonio, sino también una vida en su interior. Su vientre, aunque aún no tan pronunciado, le recordaba constantemente que su realidad había dado un giro inesperado y hermoso.Se de
El comedor de la familia Whitmore brillaba con la elegancia característica de su linaje. La vajilla de porcelana fina descansaba sobre un mantel de lino blanco, mientras que el suave murmullo de conversaciones se mezclaba con el tintineo de cubiertos sobre los platos. La luz del sol que entraba por las amplias ventanas iluminaba la sala, pero parecía que la atmósfera se había tensado con la noticia que circulaba por los labios de los presentes.La conversación comenzó con un comentario casual, apenas un rumor, pero bastó para captar la atención de todos los presentes.—¿Qué es lo que tanto comentan? —preguntó el señor Whitmore, un hombre de apariencia severa y modales impecables, que observaba el intercambio con una mezcla de curiosidad y desdén.—Se tenía entendido que Herseis era estéril. Pero se corre el rumor de que está embarazada —respondió la señora Grey, con su voz delicada, pero cargada de un dejo de asombro.El nombre de Herseis hizo que todos los ojos se volvieran hacia ell
Eleanor averiguó sobre el club del té. Abordó a Sofía para inscribirse. Su único propósito era ver y menospreciar a esa insípida mujer. Ahora se creía la gran cosa por ser gerente y por estar embarazada. Caminaba con la cabeza en alto, el porte altivo de siempre y la mirada calculadora que la caracterizaba. Aunque su ingreso al club del té fue planificado con meses de anticipación, su objetivo era simple y personal: enfrentarse a esa mujer insípida que, contra todos los pronósticos, se había atrevido a surgir en su ausencia. Herseis. Eleanor no podía evitar sentir desprecio por ella. ¿Gente? ¿Embarazada? Era ridículo pensar que esa mujer, a la que había dejado en ruinas, ahora se paseaba como si fuera la reina de la sociedad.El club del té de Sofía era conocido por ser un círculo selecto de mujeres de élite, donde solo se permitía el acceso a las damas con cierto linaje o relevancia en la sociedad. Eleanor siempre había sido consciente de su posición, pero ahora tenía una misión en m
Herseis miraba a Eleanor con una calma deliberada, cada palabra de la ingeniera era una pequeña daga envenenada, lanzada con destreza para provocar. Eleanor siempre había sido astuta, y su propósito era claro desde el momento en que había puesto un pastel en el salón de té. Pero Herseis no se dejaría afectar. Los años de sufrimiento, las luchas y la metamorfosis que había vivido la habían preparado para este tipo de confrontaciones. Eleanor podía intentar socavarla con sus insinuaciones y su frialdad, pero ya no tenía poder sobre ella.—¿Y esos escoltas, Herseis? Acaso, ¿tu marido es un criminal, mafioso o algo por el estilo? —preguntó Eleanor de manera altiva con semblante sagaz—. Tu esposo me causa curiosidad.Ella buscaba molestarla. Pero Herseis no reaccionó de inmediato. Sabía que cada respuesta debía ser cuidadosamente medida. Cualquier señal de nerviosismo, cualquier titubeo, y Eleanor lo explotaría sin dudar. Entonces, con una sonrisa serena, respondió.—Él es el hombre más bu
Helios Darner admiraba su oficina con una mezcla de satisfacción y pragmatismo. La luz natural que entraba por los amplios ventanales iluminaba las mesas, donde una serie de informes financieros, contratos y gráficos económicos aguardaban su atención. El ruido sordo de la ciudad quedaba amortiguado por las gruesas paredes del edificio, lo que generaba una atmósfera de calma productiva.A su lado, Henry Drake, su amigo y asesor personal, revisaba algunos documentos, evaluando con ojo experto cada cifra, cada proyección. Aunque Henry era un hombre con su propia empresa en Inglaterra, su implicación en el conglomerado bancario de Helios había sido valiosa. Su perspectiva europea le daba un ángulo distinto sobre las decisiones estratégicas, y Helios valoraba profundamente su juicio. Lo había mandado a llamar en ausencia de su secretario Evans Blake, que había decidido tener vacaciones.—¿Por qué me presentaste a esa mujer? —preguntó Henry, rompiendo el silencio sin levantar la vista de lo
Un lujoso auto azabache se estacionó frente a un imperioso edificio. Un hombre con atuendo de chofer fue el primero en bajarse y luego una linda muchacha con ropa de secretaria.Ambos se colocaron al costado de la puerta trasera del vehículo. El chofer fue el encargado de abrir la puerta de manera sutil, como si estuviera por recibir a una reina de la edad media. Entonces, de manera espléndida, una esbelta pierna fue lo primero en mostrarse, cuyo tacón negro de aguja, se afirmó de modo firme en el asfalto. Así, como una poderosa soberana, que descendía de su carruaje real. Así, una espléndida mujer se manifestó con lentitud.Ella abandonó el coche con glamour y distinción. Tenía puesto en su cabeza un sombrero Hepbrum oscuro con un velo que tapaba la parte superior de su rostro, sol dejando ver la parte de su boca y fina barbilla. En su negra pupila se reflejó la maravillosa arquitectura empresarial que le pertenecía a ella.Hariella Hansen era conocida como La magnate. Era arrogante,