Helios la llevó con su familia y la presentó a su madre Hariella Hansen, su padre Hermes Darner, su melliza Hera Hansen y a sus otros dos hermanos Hebe Hansen y Hermes Darner.—Ella es Herseis Hedley, asistente de gerencia en el banco Leona —dijo Helios con tono apacible.Herseis apenas podía creer lo que estaba viviendo. Allí, frente a ella, estaba la familia más poderosa y deslumbrante que jamás había conocido, una familia que no solo era influyente, sino también increíblemente bella. Los Hansen Darner se veían como si hubieran salido de una revista de alta sociedad, pero con algo más, algo que los hacía parecer casi sobrenaturales. Todos compartían esa perfección casi irreal: el cabello dorado, los ojos azules brillantes, una piel impecable, rasgos que exudaban poder y prestigio. Era como si cada uno de ellos hubiese sido esculpido con la precisión de una obra maestra. Salvo Hermes, que tenía el cabello como su padre.El corazón de Herseis palpitaba más rápido de lo que podía contr
Herseis inhaló profundamente, obligándose a calmar sus nervios. Miró a Helios, que seguía a su lado, inquebrantable. Tal vez, solo tal vez, él podría ser el sol que iluminara sus días más oscuros, y su lugar en ese brillante mundo no estaría determinado por lo que los demás pensaran de ella, sino por lo que él sentía. Estaba frente a la familia más poderosa y deslumbrante que jamás había conocido, pero, curiosamente, no sentía el desprecio o la condescendencia que había esperado. Hariella Hansen, la matriarca de la familia, la magnate irradiaba una presencia imponente, llena de arrogancia y una confianza que podría intimidar a cualquiera, pero no le resultaba antipática. Al contrario, esa seguridad y franqueza en su personalidad, lejos de incomodarla, la fascinaban. Hariella era una mujer que sabía lo que valía y no pedía disculpas por ello. Era perfecta en su egocentrismo, como una reina que aceptaba su trono sin cuestionamientos, porque el mundo mismo había sido moldeado para ella.
Eleanor Whitmore y los Grey miraban la reunión de Herseis con los Hansen Darner. Sabían quienes eran ellos y entendían que no debían ofenderlos, porque las consecuencias podían ser severas.—Esa es Hariella Hansen. La magnate —dijo el señor Whitmore—. Es mejor enemistarnos con ellos.—¿Qué hace ella con alguien como ellos? Ellos son de la realeza y Herseis una simple cajera, incapaz de concebir —dijo Eleanor.William permanecía aún en shock por haber descubierto la identidad del dueño del conglomerado de bancos y el CEO del grupo Astral.Edán Grey observaba desde la distancia, sus ojos fijos en la escena que se desarrollaba ante él. La imagen de Herseis, rodeada por la familia Hansen Darner, era como un golpe invisible, algo que lo sacudía profundamente y lo dejaba perplejo. ¿Cómo había llegado ella a estar en ese círculo? En su mente, Herseis siempre había sido alguien común, una mujer sencilla, sin mucho brillo, sin atributos destacables. Para él, su vida había sido una constante su
Hermes se había mantenido mirando a aquella mujer que su hijo les había presentado. De alguna manera ese rostro le parecía haberlo visto antes. ¿Cuándo? Su mente hacía el escaneo en su memoria.—Usted se me hace conocida —dijo Hermes, luego de haberla detallado—. Creo haberla visto antes.—Sí, en el centro comercial, hace muchos años —dijo Herseis con afabilidad.—Eso explica su familiaridad —dijo Hermes. Era a la que su hijo siendo un niño había ayudado en la tienda de ropa. Así que se habían encontrado de nuevo.—Bueno, es hora de retomar el trabajo —dijo Helios de forma serena—. Me encargaré de algunos asuntos y Herseis también. Nos reuniremos después.Helios caminaba al lado de Herseis con una calma calculada, manteniendo la distancia y la formalidad que su entorno exigía, pero, en su interior, todo era un torbellino de emociones contenidas. A cada paso que daba junto a ella, sentía una especie de tirón en su pecho, un impulso de romper todas las barreras que habían impuesto para
Herseis ahora experimentaba una creciente en su libido. Había momentos en los que el autocontrol se le hacía difícil, y este era uno de ellos. Quería agradecerle por todo lo que había hecho, por haber intervenido de manera tan decisiva cuando los Whitmore y Edán intentaban humillarla. Sabía que Helios no lo había hecho solo porque fuera su jefe; lo había hecho porque se preocupaba por ella, porque la quería a su lado. Pero ¿cómo podía agradecerle aquí, rodeada de tantas miradas curiosas y juzgadoras? Había muchas cosas que quería hacer con él, cosas que no podía decir en voz alta en ese espacio público.Se mordió el labio, intentando mantener la compostura. Si fuera un lugar más privado, pensó, imaginándose a sí misma y a Helios en uno de esos momentos furtivos en los que podían soltarse y ser ellos mismos, lejos de las miradas inquisitivas. Lo deseaba de una manera que no había deseado a ningún hombre antes. No era solo el hecho de que fuera joven y atractivo; había algo más profundo
Un lujoso auto azabache se estacionó frente a un imperioso edificio. Un hombre con atuendo de chofer fue el primero en bajarse y luego una linda muchacha con ropa de secretaria.Ambos se colocaron al costado de la puerta trasera del vehículo. El chofer fue el encargado de abrir la puerta de manera sutil, como si estuviera por recibir a una reina de la edad media. Entonces, de manera espléndida, una esbelta pierna fue lo primero en mostrarse, cuyo tacón negro de aguja, se afirmó de modo firme en el asfalto. Así, como una poderosa soberana, que descendía de su carruaje real. Así, una espléndida mujer se manifestó con lentitud.Ella abandonó el coche con glamour y distinción. Tenía puesto en su cabeza un sombrero Hepbrum oscuro con un velo que tapaba la parte superior de su rostro, sol dejando ver la parte de su boca y fina barbilla. En su negra pupila se reflejó la maravillosa arquitectura empresarial que le pertenecía a ella.Hariella Hansen era conocida como La magnate. Era arrogante,
El sonido del elevador lo hizo volver a la realidad a un tímido muchacho. Había quedado absorto en sus pensamientos mientras lo esperaba. Al fin había bajado, pues el edificio era gigante, tenía más de cien niveles y le habían indicado que debía ir al piso setenta. Las puertas plateadas se abrieron a los lados, y arriba, en una pantalla tecnológica, aparecía ahora el número uno, en color rojo. Los nervios se apoderaron de él, porque después que diera un paso hacia adentro, ya no habría vuelta atrás, pero no perdería la calma. Respiró profundo por la nariz y lo soltó todo por la boca.Hermes Darner era un joven de veinticuatro años, recién egresado de la universidad por haber terminado no un grado, sino ya, a su corta edad, un posgrado en administración de empresas. Se había preparado para esta entrevista, había una vacante en el puesto de gerente de finanzas y en esa área él destacaba lo suficiente para tomar la iniciativa de presentarse en la empresa manufacturera de alimentos que, do
Las puertas se cerraron y dentro del sitio hubo un silencio que pareció ser eterno, mientras que el elevador empezó a subir.Hermes miraba a Hariella con disimulo por el rabillo del ojo, podía verle la piel blanca, libre de manchas y el cabello rubio le parecía brillar como si fueran mechones de oro. Ella era tan hermosa y elegante. Jamás en su vida podría llegar a estar con alguien como ella, mucho menos con su introvertida personalidad que no lo ayudaban demasiado.Hariella recibió un portafolio de parte de Lena y se puso a verlos. Hermes se percató y con eso había encontrado una excusa para romper el hielo.—¿Se presentará a la entrevista, para la vacante de finanzas? —preguntó Hermes, mirando hacia el frente en la pantalla donde iban apareciendo diferentes números.Lena arrugó el entrecejo y tragó un poco de saliva; sabía que a Hariella no le gustaba ser interrumpida y menos que le dirigieran la palabra sin que ella otorgara el permiso para hacerlo. Se quedó atónita mirando a su se