Esas palabras, un juego entre ellos, siempre llevaban consigo un tono de sumisión placentera, un guiño a la dinámica de poder que compartían en privado, pero que solo ellos comprendían del todo. El título de “joven señor” era más que una referencia a su posición en la empresa o a su juventud; era un recordatorio de su conexión profunda, de la confianza que Herseis depositaba completamente en él.Helios captó el matiz de su sonrisa, de sus palabras, y su propia expresión se suavizó, apenas perceptible, pero lo suficiente para que Herseis notara el pequeño destello en sus ojos. Aquella era una de las cosas que más la atraían de él: su capacidad para comprenderla sin necesidad de muchas palabras. Incluso en un momento tan tenso, él podía devolverle la confianza solo con esa mirada. Y aunque estaba rodeada de miradas acusadoras y de murmullos inquisitivos, en ese preciso instante, Helios era todo lo que importaba.Mientras él se volvía lentamente hacia William, Herseis lo observaba con ad
Esa tranquilidad y calma inquietante, solo acentuaba el poder que emanaba de él. William lo miraba, ya no como un rival ni como un joven imprudente, sino como un dios que podía decidir su destino. El sudor comenzaba a empapar la camisa de William bajo el saco caro que llevaba puesto, su postura se volvía tensa, rígida. Sus piernas apenas lo sostenían, y por un segundo temió que sus rodillas cedieran y cayera de rodillas, como lo había exigido de Herseis minutos antes. La ironía de la situación le pesaba como una carga imposible de soportar.Intentó abrir la boca para disculparse, pero sentía un nudo en la garganta, uno que no podía deshacer. Su respiración se volvió errática, corta, como si el aire fuera insuficiente. "Helios Darner", el nombre volvió a retumbar en su cabeza, y con él, la certeza de que su vida estaba ahora en manos de ese hombre. Sabía que una sola palabra de Helios podría acabar con su carrera, arruinar su reputación y dejarlo en la ruina. Y lo peor de todo era que
Su vista se volvió a encontrar con la de Herseis, y en ese breve instante, todo lo demás desapareció. El ruido de la tienda, las miradas curiosas de los presentes, incluso la familia Whitmore y Edán Gray se desvanecieron. Solo quedaban ellos dos, conectados por algo mucho más profundo que cualquier humillación pasada. En ella vio la gratitud, pero también la vulnerabilidad. Lo supo con certeza: ella era su razón de ser. Ya no solo era atracción física o un deseo de pasajero; lo que sentía por Herseis había crecido en algo más, algo que lo consumía por completo. Quería protegerla, pero más que eso, quería ser el hombre que la pudiera sentir plena, amada, segura. La había conocido siendo un niño y le había parecido linda. Cada uno había hecho eso vida y se había vuelto a encontrar de adultos. Ahora, ese chico universitario le seguía pareciendo bella, aún más hermosa y la edad no era un impedimento para consumar su pasión.Le bastaría con un solo gesto, una simple palabra, para destruir
Helios la llevó con su familia y la presentó a su madre Hariella Hansen, su padre Hermes Darner, su melliza Hera Hansen y a sus otros dos hermanos Hebe Hansen y Hermes Darner.—Ella es Herseis Hedley, asistente de gerencia en el banco Leona —dijo Helios con tono apacible.Herseis apenas podía creer lo que estaba viviendo. Allí, frente a ella, estaba la familia más poderosa y deslumbrante que jamás había conocido, una familia que no solo era influyente, sino también increíblemente bella. Los Hansen Darner se veían como si hubieran salido de una revista de alta sociedad, pero con algo más, algo que los hacía parecer casi sobrenaturales. Todos compartían esa perfección casi irreal: el cabello dorado, los ojos azules brillantes, una piel impecable, rasgos que exudaban poder y prestigio. Era como si cada uno de ellos hubiese sido esculpido con la precisión de una obra maestra. Salvo Hermes, que tenía el cabello como su padre.El corazón de Herseis palpitaba más rápido de lo que podía contr
Herseis inhaló profundamente, obligándose a calmar sus nervios. Miró a Helios, que seguía a su lado, inquebrantable. Tal vez, solo tal vez, él podría ser el sol que iluminara sus días más oscuros, y su lugar en ese brillante mundo no estaría determinado por lo que los demás pensaran de ella, sino por lo que él sentía. Estaba frente a la familia más poderosa y deslumbrante que jamás había conocido, pero, curiosamente, no sentía el desprecio o la condescendencia que había esperado. Hariella Hansen, la matriarca de la familia, la magnate irradiaba una presencia imponente, llena de arrogancia y una confianza que podría intimidar a cualquiera, pero no le resultaba antipática. Al contrario, esa seguridad y franqueza en su personalidad, lejos de incomodarla, la fascinaban. Hariella era una mujer que sabía lo que valía y no pedía disculpas por ello. Era perfecta en su egocentrismo, como una reina que aceptaba su trono sin cuestionamientos, porque el mundo mismo había sido moldeado para ella.
Eleanor Whitmore y los Grey miraban la reunión de Herseis con los Hansen Darner. Sabían quienes eran ellos y entendían que no debían ofenderlos, porque las consecuencias podían ser severas.—Esa es Hariella Hansen. La magnate —dijo el señor Whitmore—. Es mejor enemistarnos con ellos.—¿Qué hace ella con alguien como ellos? Ellos son de la realeza y Herseis una simple cajera, incapaz de concebir —dijo Eleanor.William permanecía aún en shock por haber descubierto la identidad del dueño del conglomerado de bancos y el CEO del grupo Astral.Edán Grey observaba desde la distancia, sus ojos fijos en la escena que se desarrollaba ante él. La imagen de Herseis, rodeada por la familia Hansen Darner, era como un golpe invisible, algo que lo sacudía profundamente y lo dejaba perplejo. ¿Cómo había llegado ella a estar en ese círculo? En su mente, Herseis siempre había sido alguien común, una mujer sencilla, sin mucho brillo, sin atributos destacables. Para él, su vida había sido una constante su
Hermes se había mantenido mirando a aquella mujer que su hijo les había presentado. De alguna manera ese rostro le parecía haberlo visto antes. ¿Cuándo? Su mente hacía el escaneo en su memoria.—Usted se me hace conocida —dijo Hermes, luego de haberla detallado—. Creo haberla visto antes.—Sí, en el centro comercial, hace muchos años —dijo Herseis con afabilidad.—Eso explica su familiaridad —dijo Hermes. Era a la que su hijo siendo un niño había ayudado en la tienda de ropa. Así que se habían encontrado de nuevo.—Bueno, es hora de retomar el trabajo —dijo Helios de forma serena—. Me encargaré de algunos asuntos y Herseis también. Nos reuniremos después.Helios caminaba al lado de Herseis con una calma calculada, manteniendo la distancia y la formalidad que su entorno exigía, pero, en su interior, todo era un torbellino de emociones contenidas. A cada paso que daba junto a ella, sentía una especie de tirón en su pecho, un impulso de romper todas las barreras que habían impuesto para
Herseis ahora experimentaba una creciente en su libido. Había momentos en los que el autocontrol se le hacía difícil, y este era uno de ellos. Quería agradecerle por todo lo que había hecho, por haber intervenido de manera tan decisiva cuando los Whitmore y Edán intentaban humillarla. Sabía que Helios no lo había hecho solo porque fuera su jefe; lo había hecho porque se preocupaba por ella, porque la quería a su lado. Pero ¿cómo podía agradecerle aquí, rodeada de tantas miradas curiosas y juzgadoras? Había muchas cosas que quería hacer con él, cosas que no podía decir en voz alta en ese espacio público.Se mordió el labio, intentando mantener la compostura. Si fuera un lugar más privado, pensó, imaginándose a sí misma y a Helios en uno de esos momentos furtivos en los que podían soltarse y ser ellos mismos, lejos de las miradas inquisitivas. Lo deseaba de una manera que no había deseado a ningún hombre antes. No era solo el hecho de que fuera joven y atractivo; había algo más profundo