Herseis inhaló profundamente, obligándose a calmar sus nervios. Miró a Helios, que seguía a su lado, inquebrantable. Tal vez, solo tal vez, él podría ser el sol que iluminara sus días más oscuros, y su lugar en ese brillante mundo no estaría determinado por lo que los demás pensaran de ella, sino por lo que él sentía. Estaba frente a la familia más poderosa y deslumbrante que jamás había conocido, pero, curiosamente, no sentía el desprecio o la condescendencia que había esperado. Hariella Hansen, la matriarca de la familia, la magnate irradiaba una presencia imponente, llena de arrogancia y una confianza que podría intimidar a cualquiera, pero no le resultaba antipática. Al contrario, esa seguridad y franqueza en su personalidad, lejos de incomodarla, la fascinaban. Hariella era una mujer que sabía lo que valía y no pedía disculpas por ello. Era perfecta en su egocentrismo, como una reina que aceptaba su trono sin cuestionamientos, porque el mundo mismo había sido moldeado para ella.
Eleanor Whitmore y los Grey miraban la reunión de Herseis con los Hansen Darner. Sabían quienes eran ellos y entendían que no debían ofenderlos, porque las consecuencias podían ser severas.—Esa es Hariella Hansen. La magnate —dijo el señor Whitmore—. Es mejor enemistarnos con ellos.—¿Qué hace ella con alguien como ellos? Ellos son de la realeza y Herseis una simple cajera, incapaz de concebir —dijo Eleanor.William permanecía aún en shock por haber descubierto la identidad del dueño del conglomerado de bancos y el CEO del grupo Astral.Edán Grey observaba desde la distancia, sus ojos fijos en la escena que se desarrollaba ante él. La imagen de Herseis, rodeada por la familia Hansen Darner, era como un golpe invisible, algo que lo sacudía profundamente y lo dejaba perplejo. ¿Cómo había llegado ella a estar en ese círculo? En su mente, Herseis siempre había sido alguien común, una mujer sencilla, sin mucho brillo, sin atributos destacables. Para él, su vida había sido una constante su
Hermes se había mantenido mirando a aquella mujer que su hijo les había presentado. De alguna manera ese rostro le parecía haberlo visto antes. ¿Cuándo? Su mente hacía el escaneo en su memoria.—Usted se me hace conocida —dijo Hermes, luego de haberla detallado—. Creo haberla visto antes.—Sí, en el centro comercial, hace muchos años —dijo Herseis con afabilidad.—Eso explica su familiaridad —dijo Hermes. Era a la que su hijo siendo un niño había ayudado en la tienda de ropa. Así que se habían encontrado de nuevo.—Bueno, es hora de retomar el trabajo —dijo Helios de forma serena—. Me encargaré de algunos asuntos y Herseis también. Nos reuniremos después.Helios caminaba al lado de Herseis con una calma calculada, manteniendo la distancia y la formalidad que su entorno exigía, pero, en su interior, todo era un torbellino de emociones contenidas. A cada paso que daba junto a ella, sentía una especie de tirón en su pecho, un impulso de romper todas las barreras que habían impuesto para
Herseis ahora experimentaba una creciente en su libido. Había momentos en los que el autocontrol se le hacía difícil, y este era uno de ellos. Quería agradecerle por todo lo que había hecho, por haber intervenido de manera tan decisiva cuando los Whitmore y Edán intentaban humillarla. Sabía que Helios no lo había hecho solo porque fuera su jefe; lo había hecho porque se preocupaba por ella, porque la quería a su lado. Pero ¿cómo podía agradecerle aquí, rodeada de tantas miradas curiosas y juzgadoras? Había muchas cosas que quería hacer con él, cosas que no podía decir en voz alta en ese espacio público.Se mordió el labio, intentando mantener la compostura. Si fuera un lugar más privado, pensó, imaginándose a sí misma y a Helios en uno de esos momentos furtivos en los que podían soltarse y ser ellos mismos, lejos de las miradas inquisitivas. Lo deseaba de una manera que no había deseado a ningún hombre antes. No era solo el hecho de que fuera joven y atractivo; había algo más profundo
Herseis quería agradecerle de la única manera que conocía. No podía hacerlo en este espacio público, pero eso no la detenía de imaginar lo que ocurriría cuando estuvieran a solas. Cuando no hubiera ojos mirándolos…Henry Drake había llegado al país por invitación de su amigo Helios; lo había estado esperando en la empresa, pero le había dicho que se adelantara y le diera la dirección del centro comercial de su hermana. Al llegar Henry, bajó del auto con la seguridad tranquila de quien está acostumbrado a moverse en ambientes lujosos, pero también con el ojo crítico de un extranjero en tierras nuevas. El edificio que tenía frente a él era imponente, reflejando no solo la riqueza sino también el estatus de la familia de su amigo Helios. Había venido a este país por su invitación, y aunque la idea era disfrutar de unos días relajados, sabía que, conociendo a Helios, los negocios siempre podían surgir en cualquier momento.Al entrar al centro comercial, su mirada recorrió el espacio con i
Henry sintió un leve escalofrío recorrer su cuerpo. Ya había notado a la mujer antes, esa figura imponente acompañada de escoltas y la pequeña niña que había tocado el piano con él. No había sabido quién era entonces, pero ahora conocía su nombre. La frialdad en su porte y la forma en que su presencia dominaba el espacio lo había dejado intrigado. Su respiración se volvía más controlada. Algo en esa mujer lo desafiaba de una manera que no podía comprender completamente. Sabía que estaba por enfrentarse a alguien peligroso, pero lo hacía con la misma formalidad y calma con la que manejaba sus negocios.Aquella tenía el cabello oscuro, cuidadosamente recogido, y unos ojos igualmente oscuros, pero tan afilados como una navaja. Su mirada era penetrante, como si cada movimiento de su entorno estuviera siendo calculado al instante.Al intercambiar miradas, sintió un impacto inmediato, como si el aire se volviera más denso entre ellos. Hell desprendía un aura siniestra, fría, y había una per
Al llegar a una zona de descanso, Henry guio a la niña y a los escoltas hacia una mesa donde les sirvieron helado. La escena parecía casi normal, si no fuera por la presencia dominante de Hell y la sombría quietud de la niña. Henry se sentía en medio de un escenario cuidadosamente coreografiado, donde cualquier movimiento en falso podría tener consecuencias graves.En ese momento, Hell rompió el silencio. Su voz, firme y tajante, cortó el aire.—¿A qué se dedica, señor Drake? —preguntó ella sin rodeos, sus oscuros ojos fijos en él, como si estuviera examinando cada gesto, cada respuesta.Henry tomó aire, tratando de mantener la compostura, sabiendo que cualquier palabra equivocada podría ser usada en su contra.—Trabajo en inversiones y negocios internacionales —respondió con calma, pero notó que ella no parecía interesada en lo más mínimo. Hell no buscaba una conversación superficial. Quería algo más directo, algo que solo ella entendía completamente.—Yo soy mafiosa —dijo Hell de ma
—¿Quién era aquella mujer a la que defendiste? Herseis Hedley —preguntó Hera con suavidad, colocándose a su lado. Aunque su tono era tranquilo, había una curiosidad latente en su voz. Sabía que algo importante había ocurrido en ese encuentro, algo más allá de una simple intervención.Helios respiró hondo, sabiendo que no podía ocultar la verdad a su melliza. No importaba cuán cuidadoso fuera, Hera siempre encontraba la manera de ver más allá de sus palabras, de sus acciones. Compartían un vínculo tan fuerte que mentirle sería inútil.—A ti no puedo engañarte, ni ocultártelo —dijo, girando su cuerpo ligeramente hacia ella, con una mezcla de resignación y alivio—. Ella es mi esposa. Nos casamos por lo civil.El rostro de Hera no cambió inmediatamente, pero Helios pudo sentir la sorpresa que emanaba de ella, un cambio sutil en su energía, casi imperceptible para los demás, pero inconfundible para él.—Era una cajera en el banco Leona —continuó, sin detenerse, queriendo explicarle todo de