Henry sintió un leve escalofrío recorrer su cuerpo. Ya había notado a la mujer antes, esa figura imponente acompañada de escoltas y la pequeña niña que había tocado el piano con él. No había sabido quién era entonces, pero ahora conocía su nombre. La frialdad en su porte y la forma en que su presencia dominaba el espacio lo había dejado intrigado. Su respiración se volvía más controlada. Algo en esa mujer lo desafiaba de una manera que no podía comprender completamente. Sabía que estaba por enfrentarse a alguien peligroso, pero lo hacía con la misma formalidad y calma con la que manejaba sus negocios.Aquella tenía el cabello oscuro, cuidadosamente recogido, y unos ojos igualmente oscuros, pero tan afilados como una navaja. Su mirada era penetrante, como si cada movimiento de su entorno estuviera siendo calculado al instante.Al intercambiar miradas, sintió un impacto inmediato, como si el aire se volviera más denso entre ellos. Hell desprendía un aura siniestra, fría, y había una per
Al llegar a una zona de descanso, Henry guio a la niña y a los escoltas hacia una mesa donde les sirvieron helado. La escena parecía casi normal, si no fuera por la presencia dominante de Hell y la sombría quietud de la niña. Henry se sentía en medio de un escenario cuidadosamente coreografiado, donde cualquier movimiento en falso podría tener consecuencias graves.En ese momento, Hell rompió el silencio. Su voz, firme y tajante, cortó el aire.—¿A qué se dedica, señor Drake? —preguntó ella sin rodeos, sus oscuros ojos fijos en él, como si estuviera examinando cada gesto, cada respuesta.Henry tomó aire, tratando de mantener la compostura, sabiendo que cualquier palabra equivocada podría ser usada en su contra.—Trabajo en inversiones y negocios internacionales —respondió con calma, pero notó que ella no parecía interesada en lo más mínimo. Hell no buscaba una conversación superficial. Quería algo más directo, algo que solo ella entendía completamente.—Yo soy mafiosa —dijo Hell de ma
—¿Quién era aquella mujer a la que defendiste? Herseis Hedley —preguntó Hera con suavidad, colocándose a su lado. Aunque su tono era tranquilo, había una curiosidad latente en su voz. Sabía que algo importante había ocurrido en ese encuentro, algo más allá de una simple intervención.Helios respiró hondo, sabiendo que no podía ocultar la verdad a su melliza. No importaba cuán cuidadoso fuera, Hera siempre encontraba la manera de ver más allá de sus palabras, de sus acciones. Compartían un vínculo tan fuerte que mentirle sería inútil.—A ti no puedo engañarte, ni ocultártelo —dijo, girando su cuerpo ligeramente hacia ella, con una mezcla de resignación y alivio—. Ella es mi esposa. Nos casamos por lo civil.El rostro de Hera no cambió inmediatamente, pero Helios pudo sentir la sorpresa que emanaba de ella, un cambio sutil en su energía, casi imperceptible para los demás, pero inconfundible para él.—Era una cajera en el banco Leona —continuó, sin detenerse, queriendo explicarle todo de
A su lado, Herseis se movía con una gracia contenida, vestida con un traje sobrio pero elegante que realzaba su figura madura y serena. Los tacones resonaban con suavidad sobre el suelo de mármol, y su rostro mostraba una profesionalidad impenetrable, perfecta para el entorno en el que se encontraban. Era la asistente del CEO, un rol que asumía con toda la seriedad del mundo, y sabía que debía mantener la distancia. Aun así, cada vez que Helios la miraba, lo hacía con una intensidad que ningún otro podía notar.Habían acordado ser estrictamente profesionales en público. Nadie sabía de su relación secreta; no había miradas prolongadas, ni sonrisas privadas. Todo estaba medido y calculado, un acuerdo silencioso entre ambos. Pero, a pesar de esa fachada de formalidad, Helios no podía dejar de observarla. Cada movimiento de Herseis, cada palabra que pronunciaba cuando interactuaba con otros invitados, lo atraía más. Había algo en la forma en que ella se movía, como si su sola presencia tr
Herseis se encontró en el amplio vestidor de la mansión, observando su reflejo en el espejo mientras terminaba de prepararse para la noche que la esperaba. El brillo suave de la lámpara de pie iluminaba su figura, destacando los detalles de su cuerpo tonificado y esbelto. La transformación en su físico era algo que la llenaba de una satisfacción silenciosa. Gracias a la rutina de ejercicios y la alimentación equilibrada que había adoptado en los últimos meses, su figura había cambiado de forma considerable.Su abdomen estaba firme, sus piernas más definidas, y sus brazos mostraban una sutil pero evidente tonificación. Todo en su cuerpo irradiaba una nueva vitalidad, una energía renovada que ella misma no recordaba haber sentido en años. Se sintió más joven, más fuerte, más viva, y, sobre todo, más segura de sí misma. Helios había tenido mucho que ver con ese cambio, no solo porque había motivado su transformación física, sino porque también había encendido en ella una nueva pasión por
Helios cerró la puerta tras de sí, y el suave clic resonó en la habitación como una señal. La atmósfera estaba cargada de expectativa, el aire denso con el aroma de las velas y el deseo acumulado entre ellos. Apenas sus ojos se posaron en Herseis, una oleada de calor le recorrió el cuerpo. La vio de pie, esperando, su figura delineada por el encaje negro que cubría su piel dorada. El brillo tenue de las velas resaltaba cada curva, cada contorno de su cuerpo tonificado, y el deseo en Helios creció de inmediato. Su respiración se aceleró imperceptiblemente, pero mantuvo la compostura, con su mirada fija en ella. No había a nada ni a nadie más que admirar, solo a su hermosa esposa de cabello rizado.Herseis lo miraba con una mezcla de anhelo y confianza renovada. Sabía exactamente lo que provocaba en él, cómo su mirada la devoraba sin necesidad de palabras. El traje de lencería que había escogido no era solo para seducirlo, sino también para recordarse a sí misma que estaba en control. E
Helios, ya en bóxer, la atrajo hacia sí una vez más, esta vez con más urgencia, pero sin perder la ternura. Sus manos recorrieron el encaje que cubría el cuerpo de Herseis, acariciando cada curva, sintiendo cómo su piel se estremecía bajo su tacto. No quería apresurarse. Quería disfrutar cada segundo, cada caricia, cada beso. La ropa, los juguetes, todo estaba perfectamente planeado, pero lo que más deseaba en ese momento era disfrutar del cuerpo de Herseis tal como estaba: hermosa, fuerte, deseosa de él.La sala estaba en penumbra, iluminada solo por la suave luz que se filtraba desde las ventanas altas de la mansión. El aire estaba cargado de expectativa, como una corriente invisible que recorría el espacio, uniendo a Helios y Herseis en un silencio que no necesitaba palabras. Él se mantenía de pie, con una elegancia natural que hacía que incluso la quietud pareciera un acto de poder. Ella, por el contrario, se movía con gracia felina, deslizándose sobre el sofá de cuero oscuro que
Herseis, recostada sobre el sofá, disfrutaba del calor del cuerpo de Helios sobre ella, no como una presión abrumadora, sino como un abrazo que contenía todo el poder del universo. Había en él algo firme, un control absoluto que siempre se mantenía presente, incluso en sus momentos más vulnerables. A su lado, se sentía protegida, deseada, pero también libre. Y en esa libertad, su deseo florecía, como un fuego latente que se avivaba con cada roce de su piel contra la suya.Sus manos se encontraron, entrelazándose como si fuesen dos líneas que finalmente convergían. Un toque que no solo era físico, sino algo más, algo más profundo, que traspasaba la carne y se adentraba en los rincones de sus almas. Sentían el pulso compartido, como si sus corazones hubieran encontrado el mismo ritmo, acelerado, desbordante, y a la vez pacífico. Era en ese momento cuando ambos comprendían que se pertenecían mutuamente, sin necesidad de palabras.Helios, con su carácter siempre controlado, era ahora un v