Helios cerró la puerta tras de sí, y el suave clic resonó en la habitación como una señal. La atmósfera estaba cargada de expectativa, el aire denso con el aroma de las velas y el deseo acumulado entre ellos. Apenas sus ojos se posaron en Herseis, una oleada de calor le recorrió el cuerpo. La vio de pie, esperando, su figura delineada por el encaje negro que cubría su piel dorada. El brillo tenue de las velas resaltaba cada curva, cada contorno de su cuerpo tonificado, y el deseo en Helios creció de inmediato. Su respiración se aceleró imperceptiblemente, pero mantuvo la compostura, con su mirada fija en ella. No había a nada ni a nadie más que admirar, solo a su hermosa esposa de cabello rizado.Herseis lo miraba con una mezcla de anhelo y confianza renovada. Sabía exactamente lo que provocaba en él, cómo su mirada la devoraba sin necesidad de palabras. El traje de lencería que había escogido no era solo para seducirlo, sino también para recordarse a sí misma que estaba en control. E
Helios, ya en bóxer, la atrajo hacia sí una vez más, esta vez con más urgencia, pero sin perder la ternura. Sus manos recorrieron el encaje que cubría el cuerpo de Herseis, acariciando cada curva, sintiendo cómo su piel se estremecía bajo su tacto. No quería apresurarse. Quería disfrutar cada segundo, cada caricia, cada beso. La ropa, los juguetes, todo estaba perfectamente planeado, pero lo que más deseaba en ese momento era disfrutar del cuerpo de Herseis tal como estaba: hermosa, fuerte, deseosa de él.La sala estaba en penumbra, iluminada solo por la suave luz que se filtraba desde las ventanas altas de la mansión. El aire estaba cargado de expectativa, como una corriente invisible que recorría el espacio, uniendo a Helios y Herseis en un silencio que no necesitaba palabras. Él se mantenía de pie, con una elegancia natural que hacía que incluso la quietud pareciera un acto de poder. Ella, por el contrario, se movía con gracia felina, deslizándose sobre el sofá de cuero oscuro que
Herseis, recostada sobre el sofá, disfrutaba del calor del cuerpo de Helios sobre ella, no como una presión abrumadora, sino como un abrazo que contenía todo el poder del universo. Había en él algo firme, un control absoluto que siempre se mantenía presente, incluso en sus momentos más vulnerables. A su lado, se sentía protegida, deseada, pero también libre. Y en esa libertad, su deseo florecía, como un fuego latente que se avivaba con cada roce de su piel contra la suya.Sus manos se encontraron, entrelazándose como si fuesen dos líneas que finalmente convergían. Un toque que no solo era físico, sino algo más, algo más profundo, que traspasaba la carne y se adentraba en los rincones de sus almas. Sentían el pulso compartido, como si sus corazones hubieran encontrado el mismo ritmo, acelerado, desbordante, y a la vez pacífico. Era en ese momento cuando ambos comprendían que se pertenecían mutuamente, sin necesidad de palabras.Helios, con su carácter siempre controlado, era ahora un v
Así, los días pasaban. Seguían las recetas de los nutricionistas, medicamentos y hacían ejercicio. Se enfocaban en su trabajo y se trataban con formalidad y se distanciaban en público, pero en privado y al llegar a la mansión, se entregaban a la pasión que los motivaba. Helios llamó a Herseis al edificio principal de Astral Group.Herseis entró en la sala de juntas del edificio principal de Astral Group, el corazón palpitante de la corporación donde había trabajado tantos años. Vestía un elegante traje de pantalón negro y blusa blanca, con su cabello rizado cuidadosamente arreglado. A pesar de la gravedad de la ocasión, su mente no podía evitar retroceder a aquellos momentos en los que Helios y ella se entregaban en la intimidad de la mansión. Pero aquí, en este entorno frío y corporativo, no había espacio para esas emociones. Aquí, eran jefe y empleada, y debían mantener su profesionalismo en todo momento.Helios la esperaba al otro lado de la mesa, rodeado de los miembros de la jun
Helios para celebrar, mandó a recoger a Herseis al penthouse en un helicóptero.El sonido del helicóptero cortaba el aire mientras Herseis miraba por la ventana. La ciudad, iluminada por luces nocturnas, se extendía como un manto brillante debajo de ella. No podía evitar sentir una mezcla de asombro y confusión. Helios había planeado este gesto extravagante para celebrar su nombramiento como gerente del Banco Leona, y aunque estaba acostumbrada a su naturaleza detallista y generosa, esto superaba cualquier expectativa.Desde las alturas, la ciudad parecía insignificante. Los problemas que una vez la agobiaron se desvanecieron como puntos lejanos entre las luces. Su mirada, sin embargo, no podía desprenderse del reflejo en el cristal: una mujer que, a pesar de todo lo que había pasado, se había reinventado. Helios había sido instrumental en esa transformación. Cuando había pensado en abandonarlo y rendirse, ante todo, él había aparecido. Ahora, volaba por encima de todo lo que alguna v
Esa mañana había comenzado como cualquier otra, pero Herseis sentía una sensación de vacío que, lejos de ser ocasional, se había vuelto su fiel compañera. Su corazón ya no latía con aquella vibrante ilusión que la impulsaba a intentarlo una y otra vez. Era como si cada esfuerzo fallido hubiera robado un poco de esa vitalidad que una vez creyó eterna. Pero aun así, ese día parecía transcurrir sin incidentes mayores, al menos hasta el desayuno con Helios. Justo al llevarse la taza a los labios, un mareo súbito la hizo titubear y terminó yendo al baño a vomitar. Mientras se limpiaba la boca, una vaga esperanza se encendió en algún rincón remoto de su mente, solo para extinguirse de inmediato. "Es solo el estrés", se dijo, obligándose a apagar esa chispa. No podía permitirse soñar otra vez.Después del desayuno, besó a Helios y se dirigió al Banco Leona, donde trabajaba como gerente. Su rutina diaria le daba una especie de consuelo; le permitiría perderse en los números, en los clientes,
El olor del lugar era una mezcla de desinfectante y algo vagamente metálico, penetró sus sentidos y le provocó un nudo en el estómago, como si el aire enrarecido cargara consigo una pesada incertidumbre. Dentro, el médico estaba de pie con una hoja en la mano, mirando con un rostro cuya neutralidad la desconcertaba. La enfermera permanecía justo detrás de él, observando en silencio. Era una escena que podría haber pasado desapercibida para cualquiera, pero para Herseis era la encarnación de sus más profundos temores y deseos. Ese instante le pareció eterno, como si cada segundo pesara más de lo que su corazón pudiera soportar.Sus ojos se fijaron en la hoja, en el pliegue que se formaba entre los dedos del médico mientras la sostenía, y no pudo evitar pensar que su vida entera podría estar escrita ahí, en esas palabras que aún no le eran reveladas. Su mente comenzaba a divagar en una espiral de posibilidades, a la vez ansiosa y aterrada, y cada latido de su corazón retumbaba con fuerz
—Felicitaciones, señora Hedley. Han pasado dos años y me complace informarle que usted está embarazada —dijo el médico.Herseis estaba sola, porque no quería incomodar a Helios sobre un falso positivo. Se quedó perpleja y anonadada, sin saber cómo reaccionar. Las palabras que había escuchado apenas unos segundos antes flotaban en el aire, como si su cerebro se negara a procesarlas. "Felicitaciones, señora Hedley. Está embarazada". El eco de esa frase reverberaba en su mente, mientras ella intentaba asimilar su significado. ¿Embarazada? ¿Ella? Después de años de recibir diagnósticos negativos y de casi perder la esperanza, ¿ahora la vida le brindaría este milagro?Se quedó inmóvil en la silla, con la mirada perdida en el escritorio del médico. Era como si el tiempo se hubiera detenido. El médico continuaba hablando, pero sus palabras se volvieron un murmullo lejano. No podía concentrarse en nada más que en esa única verdad que acababa de descubrir: estaba embarazada.Los últimos dos añ