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La mansión de Raúl Montalvo seguía llena de vida esa noche. Las luces doradas del salón resplandecían, reflejándose en los cristales de las ventanas, y la música suave se mezclaba con las risas de los invitados. Natalia se sentía como una extranjera en ese mundo de lujo, como una pieza que no encajaba en un tablero de ajedrez en el que los demás jugaban con reglas que ella apenas entendía.

Estaba parada en una de las esquinas del gran salón, observando todo en silencio. Eduardo había regresado a su lugar en la fiesta, intercambiando palabras con algunos de los hombres más poderosos del país. Raúl, por su parte, parecía ser el centro de atención, su figura imponente rodeada por una multitud que lo admiraba sin saber lo que realmente era. Natalia lo miraba desde la distancia, sintiendo cómo la ira y la confusión se mezclaban en su interior. Todo lo que había creído sobre su pasado estaba a punto de desmoronarse, y las piezas del rompecabezas que él había manipulado durante años comenzab
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