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La tensión en el aire era palpable. Natalia podía sentir cómo el peso de la presencia de Raúl se intensificaba con cada segundo que pasaba en esa estancia decorada con elegancia, pero que para ella representaba el centro de su tormento. La habitación, de paredes cubiertas por paneles de madera oscura y techos altos que amplificaban cada sonido, parecía un laberinto de secretos guardados por décadas. A su alrededor, el ruido de la fiesta continuaba sin cesar, pero ella ya no podía concentrarse en las conversaciones triviales ni en las risas de los invitados. Su mente estaba ocupada en algo mucho más importante, mucho más peligroso.

Raúl la observaba fijamente. Su sonrisa era fría, calculadora. Como siempre, se había mantenido impecable, su traje oscuro perfectamente ajustado, su cabello cuidadosamente peinado hacia atrás, y sus ojos, aquellos ojos que antes de conocer la verdad le parecían llenos de poder y control, ahora le resultaban inquietantes. El mismo hombre que había destruyó s
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