—Ella miró a Isabella, con su delicada cara de hermosura incomparable. Luego observó su figura esbelta y le resultó difícil imaginar que, como decía Benito, ella pudiera cortar a alguien de un solo tajo.Se acordó de lo que había dicho y hecho en el banquete de cumpleaños de la Gran Princesa, y preguntó: —¿No tienes miedo de que la Gran Princesa tome represalias por lo que hiciste aquel día?—Solo un tigre de papel, ¿por qué habría de temerle yo? —respondió Isabella con calma.La Reina Madre Leonor añadió con frialdad: —Tu juventud es mucha por lo que no conoces sus métodos. Tiene muchas maneras de actuar a escondidas, ellas son rastreras y te harán sufrir.—Si nos ataca por la espalda, le devolveremos el zarpazo. Actuamos con rectitud y no le debemos nada a nadie. No le temo ni a sus acciones abiertas ni a sus intrigas. Además, ella tiene demasiados secretos, y cuando alguien tiene un punto débil, es fácil pues de manejar —respondió Isabella mientras hacía un gesto con la mano, rompi
Después de salir del palacio, Isabella subió a la carroza y, se dirigió directo a donde la Gran Princesa. Tenía previsto ir allí desde hace mucho antes, solo que la convocatoria al palacio la había retrasado.Sin embargo, el retraso no importaba. Pasado el mediodía, la Gran Princesa ya habría terminado su siesta y estaría llena de energía, sin lugar a dudas lista para todo lo que pudiera venir.En los últimos días, Isabella había estado organizando el almacén, ordenando todo lo que había traído de donde los Vogel. Algunos artículos que se podían vender, se vendieron, mientras que otros, que fueron difíciles de ser vendidos, se apilaron en un rincón.Como iba a casarse con Benito, no podía usar esos objetos como dote, así que, tras organizar el almacén, Félix debía hacer una lista de lo que aún necesitaba adquirir.Entre los objetos desordenados, Isabella encontró el regalito de castidad que la Gran Princesa le había enviado. Era un trabajo exquisito, tallado con esmero y hecho de mader
Isabella levantó la mirada, observando el rostro colérico de la señora. Con el rabillo del ojo vio cómo una criada se adelantaba para interponerse entre ellas, gritando: —¡Alguien que salve a la ama!Isabella esbozó una sonrisa. —Gran Princesa, no hace falta hacer semejante alboroto, solo he venido a devolver lo que le pertenece.La mirada de la Gran Princesa se posó en el arco de castidad que Isabella sostenía en sus manos, y su expresión se oscureció de inmediato. ¿Aún entonces lo conservaba? ¿No debería haberlo roto en un arrebato de furia al recibirlo? Aquella vez solo había oído rumores, pero no imaginaba que en verdad lo guardara.El capitán de los guardias llegó con sus hombres dispuesto a irrumpir, pero la Gran Princesa ordenó con voz firme: —¡Retírense y quédense ustedes en la entrada!Ese objeto solo lo conocían sus allegados. Hablar de él era una cosa, pero no podía permitir que lo vieran, especialmente los guardias, quienes solían ser indiscretos, y después de unas copas,
En el salón imperial, el criado Tomás entró para informar: —Majestad, la Gran Princesa ha venido al palacio, dice que quiere verlo.El Rey levantó la cabeza de la montaña de archivos que tenía en su escritorio y, soltando la pluma, se frotó las sienes. —¿Dijo de qué se trata?El criado Tomás con cautela le contesto: —No lo dijo, pero se ve que está que hecha humos.El Rey dejó escapar una risa. —Mi tía siempre ha sido imponente. Cada vez que viene al palacio por las festividades, se comporta como la figura autoritaria que es, pero rara vez me busca personalmente. Al fin y al cabo, ¿qué asunto hay que ella no pueda resolver por sí misma? Debe ser por lo sucedido en el banquete.Había escuchado lo del banquete, aunque no sabía si tenía todos los detalles. Pero después de tantos días, ¿todavía sería por eso que venía al palacio?—Hazla pasar —ordenó.El criado Tomás dudó un momento y dijo: —La Gran Princesa le ha pedido que vaya usted a recibirla, y también ha llamado a la Reina Madre Leo
La Gran Princesa pronunció entre dientes: —¡Isabella!Al escuchar ese nombre, la Reina Madre Leonor bajó un poco la cabeza y sus ojos empezaron a moverse nerviosos. Ella había mandado a alguien a seguir a Isabella para ver si realmente había ido a la casa de la Gran Princesa, pero la persona aún no había regresado a informar cuando la Gran Princesa ya había llegado al palacio y la había llamado también.Viendo la furia de la Gran Princesa, la Reina Madre Leonor no necesitaba escuchar el informe; estaba segura de que Isabella había ido a la casa de la princesa y le había dicho cosas muy duras, aunque seguramente también muy satisfactorias.¿Qué habría dicho? Que pudo hacer enfurecer tanto a la vieja arpía, quien nunca antes había visto entrar al palacio para buscar que el Rey interviniera a su favor.La Reina Madre se malhumoro. —¿Isabella? ¿Qué ha hecho? ¿Por qué deseas que el Rey la castigue?La Gran Princesa exclamó con enojo: —¡Se atrevió a irrumpir en mi casa y a insultarme la muy
El Rey levantó una mano y dijo: —Tía, por favor cálmese. Que Isabella haya irrumpido en su hogar y la haya insultado no es apropiado y carece de la dignidad de una dama noble. Pero, ¿qué fue lo que le dijo? ¿Hay testigos? Si lo cuenta, yo tomaré cartas en el asunto. En cuanto a la acusación de difamación sobre el arco de castidad, ordenaré que se investigue. Si resulta ser una calumnia contra usted, también la castigaré.—¿Testigos? Los hay de sobra. Todo el personal puede dar testimonio. Ella entró directamente, los guardias no pudieron detenerla. Y en cuanto a sus insultos, los presentes también los oyeron —respondió la Gran Princesa.Hizo una pausa y añadió: —En cuanto a investigar lo del arco, es innecesario. Si se hace una investigación pública, se armará un gran escándalo. El pueblo, en su ignorancia, al ver que el gobierno investiga, lo tomará por cierto. Aunque al final se demuestre que yo no hice tal cosa, será difícil limpiar mi nombre.La Reina Madre intervino con impacienci
Al ver cómo el rostro de la Gran Princesa se puso de todos los colores, la Reina Leonor sintió un placer indescriptible. Por fin había llegado el momento en que ella probara el sabor de la derrota.Aunque la Reina Leonor no entendía por qué no se podía condenar a Isabella por un crimen de lesa majestad, ya que esa acusación era bastante grave, la Gran Princesa se quedó callada, lo que indicaba que quizás no quería continuar con la acusación.El motivo detrás de todo esto era algo que necesitaría preguntar a su hermana más tarde, pero eso no le impedía disfrutar viendo la cara de la señora roja de la rabia.Finalmente, ella se marchó, furiosa. Dicha visita al palacio le hizo darse cuenta de que Isabella actuaba con tanta audacia porque tenía el respaldo de la Reina Leonor y del Rey, no solo de Benito.No era de extrañar que fuera entonces tan insolente.Cuando la Gran Princesa se fue, el Rey se llevó una mano a la frente y suspiró: —Parece que la historia del arco de castidad es despué
En Casa Alta, la lámpara frente al pasillo reflejaba las finas figuras de papel en el enrejado de la ventana y los proyectaba por todas las paredes de la mansión como bestias gigantes. Isabella Díaz de Vivar se sentó de manos cruzadas en la amplia silla de respaldo redondo de roble, la sencilla ropa que llevaba envolvía su esbelto y atractivo cuerpo.Levantó la mirada y observó al caballero frente a ella, su esposo con quien se había casado hace poco, pero a quien había tenido que esperar durante un largo y tortuoso año. La armadura a medio usar de Theobald Vogel aun yacía majestuosa en sus hombros, con firmeza, pero con una pizca de disculpa en su hermoso rostro dijo.—La voluntad de matrimonio ya ha sido otorgada y sellada, y Desislava Maiquez de cualquier manera será mi esposa.Isabella se volvió a cruzar de brazos, sus ojos estaban oscuros y solo le preguntó con gran sospecha.—La reina una vez dijo que, la general Desislava era un modelo a seguir para otras mujeres, ¿pero acaso se