Trina Quintero.Sus labios se estrellaron contra los míos con una intensidad que me dejó sin aliento. Por un momento, me quedé paralizada, sorprendida por la repentina acción. Pero luego, algo dentro de mí se encendió. Una mezcla de deseo y peligro que me hizo responder al beso con igual fervor.Sus manos se deslizaron por mi espalda, atrayéndome más cerca. Podía sentir el calor de su cuerpo, el aroma de su colonia mezclándose con el perfume de las flores del jardín. Era embriagador, peligroso y completamente irresistible.Mis dedos se enredaron en su cabello, sintiendo su suavidad mientras profundizaba el beso. Una parte de mi mente gritaba que esto estaba mal, que apenas conocía a este hombre, que podría ser peligroso. Pero otra parte, una parte más salvaje y temeraria, quería más.Finalmente, nos separamos, ambos jadeando ligeramente. Los ojos de Dominic brillaban en la penumbra, una mezcla de deseo y algo más oscuro que no pude identificar.—Eso fue... inesperado —logré decir, tra
Trina Quintero. —¿Te gustó el paseo? —preguntó, sus ojos brillando con una mezcla de diversión y algo más profundo que no pude descifrar.—Fue... increíble —admití, sin poder contener la sonrisa que se extendía por mi rostro. —Nunca había hecho algo así.Dominic se acercó, su mano rozando suavemente mi mejilla. —Hay muchas cosas que nunca has hecho, Trina. Pero eso puede cambiar y yo estoy dispuesta a enseñártelas.Su toque envió escalofríos por mi columna, y por un momento, me perdí en sus ojos. Había algo en ellos, una promesa de aventura, de peligro, de pasión... y no pude evitar sentirme atraída.—¿Qué quieres decir? —, pregunté, mi voz apenas un susurro.Dominic sonrió, una sonrisa que era a la vez seductora y peligrosa. —Quiero mostrarte un mundo que nunca has conocido, Trina. Un mundo donde puedes ser quien realmente eres, sin las expectativas de tu familia, sin las restricciones que te mantienen prisionera, aunque no te rodeen barrotes —pronunció en un susurro. Sus palabras
Izan Quintero.La noche estaba en calma cuando llegamos a casa, pero algo en mi interior no lo estaba. Mientras subía las escaleras hacia mi estudio, la imagen de ese tal Dominic Ivankov seguía dando vueltas en mi cabeza. Había algo en él que no encajaba, algo que me hacía querer mantener a Trina lo más lejos posible de él.Me dejé caer en la silla frente a mi escritorio, tamborileando los dedos sobre la madera pulida mientras mi mente trataba de juntar las piezas. No había sido una coincidencia que ese hombre estuviera tan cerca de mi hermana. Nada en nuestra vida era coincidencia.El sonido de pasos fuertes interrumpió mis pensamientos. Levanté la vista justo cuando Dante entraba a la habitación, cerrando la puerta con un golpe firme. Su expresión, una mezcla de frustración y alerta, confirmo que no era el único con preocupaciones.—¿Vas a decirme qué diablos estaba pasando esta noche o tengo que adivinar? —preguntó, cruzándose de brazos.Suspiré, pasándome una mano por el cabello.
DominicLa lluvia golpeaba contra los amplios ventanales de la habitación del hotel, marcando un ritmo acompasado que resonaba como los latidos de un corazón roto. Me quedé mirando fijamente el vaso de whisky que reposaba sobre el escritorio, el ámbar líquido reflejando la luz tenue de la habitación. Pero mis pensamientos estaban lejos de este lugar, atrapados en un rincón oscuro del pasado que nunca logré borrar por completo.Trina. Su nombre era un susurro constante en mi mente, una melodía que oscilaba entre la dulzura y la condena. Recordarla como era entonces, una niña de ojos grandes, llenos de miedo y esperanza, siempre lograba revolver algo en mi interior.Apenas tenía cinco años cuando la vi por primera vez, acurrucada en la cama, con miedo; sus manos pequeñas temblaban mientras sujetaban con fuerza la colcha.“—¿Estás bien? —le pregunté, ignorando el miedo que me estrujaba el pecho.Sus ojos se alzaron hacia mí, llenos de esperanza. Me miró como si yo fuera su salvador, yo
TrinaEl eco de las palabras de Dominic Ivankov seguía resonando en mi mente, acompañado por la intensidad de su mirada y la forma en que su voz se deslizaba entre mis pensamientos. Me había prometido algo más allá de la monotonía de mi vida, un mundo donde podría ser libre de las cadenas de mi apellido. Y, por más absurdo que sonara, una parte de mí quería creerle.Me recosté en la cama, mirando el techo de mi habitación en la mansión de los Quintero. Mis hermanos habían reforzado la seguridad después de descubrir que Dominic había patrocinado la gala. La reacción de Izan fue inmediata, estaba estresado.—¡Maldita sea! Quiero más guardias, más vigilancia en la mansión y más les vale que lo hagan bien —gritó.Al oírlo, no pude evitar hacer una mueca de disgusto, porque sus palabras se traducían en más restricciones y menos libertad para mí y, como para que no me quedara duda, se giró hacia mí.—Ese hombre no se acercará a ti otra vez, Trina —había sentenciado Izan la noche anterior.
DominicAl final terminé enviando un mensaje, pero como ella no me respondió, decidí llamarla. Apreté el botón de llamada y llevé el teléfono a su oído. El sonido del tono retumbó en la habitación. Cada tono que resonaba en mi oído era como un latido acompasado, marcado por la anticipación. Finalmente, su voz suave y melódica cruzó la línea, envolviéndome con una calidez que era a la vez familiar y desconcertante.“¿Dominic?” La sorpresa en su tono era palpable, como si no hubiera esperado oírme tan pronto.—Trina —respondí, permitiendo que mi voz se suavizara lo suficiente para parecer sincera, pero conservando ese filo característico que siempre llevaba conmigo—. Espero no estar interrumpiendo algo importante.“No, en absoluto”, replicó ella, aunque detecté un leve matiz de duda en su respuesta “Solo estaba… descansando”.Sonreí para mí mismo, imaginándola en su habitación, rodeada de la seguridad que creía inquebrantable. Esa falsa sensación pronto se desmoronaría.—Pensé que quiz
DominicEl motor rugió bajo mis pies, una bestia desatada mientras atravesábamos las calles de la ciudad. Los brazos de Trina se envolvían alrededor de mi cintura, su agarre apretando con cada giro brusco que doy. En los espejos laterales, las luces brillantes de Manhattan se van quedando atrás, tragadas por la oscuridad invasora del Bronx.Siento su corazón latiendo contra mi espalda, a un ritmo entrecortado y yo estaba disfrutando de su miedo.Aceleré, aunque no lo suficiente para asustarla, pero sí lo bastante para recordarme a mí mismo quién era y por qué hacía esto.La motocicleta abrazó cada curva como un amante, respondiendo a todas mis órdenes. Su rugido se fundía con el murmullo de la ciudad a nuestras espaldas. La brisa nocturna llevaba consigo el aroma del asfalto mojado y el eco distante de bocinas, pero yo solo prestaba atención a ella aferrada a mi espalda.Se agarraba a mí, su calor contrastando con la frialdad de mi piel. Sus manos temblaron ligeramente contra mi cint
Trina.Cuando vi a los hombres bajar armados, el miedo me recorrió la espalda como un sudor frío. Los latidos de mi corazón se aceleraron y eché mi cuerpo hacia atrás, conteniendo mis ganas de salir corriendo. El aire nocturno, que minutos antes me acariciaba la piel con frescura, se volvió espeso, denso, como si la oscuridad misma me envolviera en un abrazo cruel.Los hombres se acercaron en formación, como depredadores que han encontrado su presa. Sentí mis pies, hundiéndose levemente en la arena, el cuerpo rígido, temblando ante la inminencia de algo que no lograba comprender del todo.Dominic se paró frente a mí y los hombres se detuvieron a pocos metros de nosotros.Uno de ellos sonrió, una sonrisa que no alcanzó sus ojos.—Ivankov —repitió el hombre con una sonrisa torcida—. Parece que encontramos algo interesante esta noche.Mi corazón latió con violencia, como si quisiera abrirse paso a través de mi pecho y huir por su cuenta. Miré a Dominic con los ojos abiertos, buscando r