TrinaEl eco de las palabras de Dominic Ivankov seguía resonando en mi mente, acompañado por la intensidad de su mirada y la forma en que su voz se deslizaba entre mis pensamientos. Me había prometido algo más allá de la monotonía de mi vida, un mundo donde podría ser libre de las cadenas de mi apellido. Y, por más absurdo que sonara, una parte de mí quería creerle.Me recosté en la cama, mirando el techo de mi habitación en la mansión de los Quintero. Mis hermanos habían reforzado la seguridad después de descubrir que Dominic había patrocinado la gala. La reacción de Izan fue inmediata, estaba estresado.—¡Maldita sea! Quiero más guardias, más vigilancia en la mansión y más les vale que lo hagan bien —gritó.Al oírlo, no pude evitar hacer una mueca de disgusto, porque sus palabras se traducían en más restricciones y menos libertad para mí y, como para que no me quedara duda, se giró hacia mí.—Ese hombre no se acercará a ti otra vez, Trina —había sentenciado Izan la noche anterior.
DominicAl final terminé enviando un mensaje, pero como ella no me respondió, decidí llamarla. Apreté el botón de llamada y llevé el teléfono a su oído. El sonido del tono retumbó en la habitación. Cada tono que resonaba en mi oído era como un latido acompasado, marcado por la anticipación. Finalmente, su voz suave y melódica cruzó la línea, envolviéndome con una calidez que era a la vez familiar y desconcertante.“¿Dominic?” La sorpresa en su tono era palpable, como si no hubiera esperado oírme tan pronto.—Trina —respondí, permitiendo que mi voz se suavizara lo suficiente para parecer sincera, pero conservando ese filo característico que siempre llevaba conmigo—. Espero no estar interrumpiendo algo importante.“No, en absoluto”, replicó ella, aunque detecté un leve matiz de duda en su respuesta “Solo estaba… descansando”.Sonreí para mí mismo, imaginándola en su habitación, rodeada de la seguridad que creía inquebrantable. Esa falsa sensación pronto se desmoronaría.—Pensé que quiz
DominicEl motor rugió bajo mis pies, una bestia desatada mientras atravesábamos las calles de la ciudad. Los brazos de Trina se envolvían alrededor de mi cintura, su agarre apretando con cada giro brusco que doy. En los espejos laterales, las luces brillantes de Manhattan se van quedando atrás, tragadas por la oscuridad invasora del Bronx.Siento su corazón latiendo contra mi espalda, a un ritmo entrecortado y yo estaba disfrutando de su miedo.Aceleré, aunque no lo suficiente para asustarla, pero sí lo bastante para recordarme a mí mismo quién era y por qué hacía esto.La motocicleta abrazó cada curva como un amante, respondiendo a todas mis órdenes. Su rugido se fundía con el murmullo de la ciudad a nuestras espaldas. La brisa nocturna llevaba consigo el aroma del asfalto mojado y el eco distante de bocinas, pero yo solo prestaba atención a ella aferrada a mi espalda.Se agarraba a mí, su calor contrastando con la frialdad de mi piel. Sus manos temblaron ligeramente contra mi cint
Trina.Cuando vi a los hombres bajar armados, el miedo me recorrió la espalda como un sudor frío. Los latidos de mi corazón se aceleraron y eché mi cuerpo hacia atrás, conteniendo mis ganas de salir corriendo. El aire nocturno, que minutos antes me acariciaba la piel con frescura, se volvió espeso, denso, como si la oscuridad misma me envolviera en un abrazo cruel.Los hombres se acercaron en formación, como depredadores que han encontrado su presa. Sentí mis pies, hundiéndose levemente en la arena, el cuerpo rígido, temblando ante la inminencia de algo que no lograba comprender del todo.Dominic se paró frente a mí y los hombres se detuvieron a pocos metros de nosotros.Uno de ellos sonrió, una sonrisa que no alcanzó sus ojos.—Ivankov —repitió el hombre con una sonrisa torcida—. Parece que encontramos algo interesante esta noche.Mi corazón latió con violencia, como si quisiera abrirse paso a través de mi pecho y huir por su cuenta. Miré a Dominic con los ojos abiertos, buscando r
DominicEl motor de la furgoneta rugía, un eco que vibraba en mi pecho con una cadencia casi hipnótica. Dentro del vehículo, el aire era espeso, impregnado con el miedo latente de Trina, un aroma tan familiar para mí como lo era la pólvora o la sangre.Ella estaba junto a mí, su respiración errática y su cuerpo rígido. Se había quedado callada después de preguntarme si sabía que eso iba a pasar.Podía sentir la forma en que su mente trabajaba frenéticamente, intentando descifrar el caos en el que se había sumergido.Se aferraba a la pared de la furgoneta con los dedos crispados, el vaivén del vehículo, haciendo que su cuerpo chocara contra el mío con cada curva brusca. Y, sin embargo, no era eso lo que la aterrorizaba. Era yo. Era la incertidumbre.Giré apenas la cabeza, observándola con el rabillo del ojo. Me di cuenta de que me miraba con sospecha. Sus labios estaban entreabiertos, sus mejillas lívidas por el miedo, pero sus ojos… sus ojos estaban ardiendo. Trina Quintero era una m
TrinaEl frío fue lo primero que sentí.Era un frío seco, crudo, el tipo de frío que se metía bajo la piel y trepaba por los huesos, filtrándose hasta en los tuétanos, era desagradable. Abrí los ojos con dificultad, parpadeando en la penumbra de la habitación.La luz era escasa, provenía de una pequeña bombilla colgando del techo, oscilando levemente con la corriente de aire que se filtraba por las rendijas de las paredes. Intenté moverme, pero mi cuerpo protestó con un dolor sordo. Un dolor punzante en la mejilla me recordó lo que había pasado.El golpe. La furgoneta. La desesperación.Mi respiración se entrecortó y mi mirada recorrió la habitación con prisa. No era un dormitorio. No era un hotel. ¡Era un maldit0 galpón!Las paredes de metal estaban oxidadas en algunas partes y el suelo de concreto despedía un olor a humedad y encierro. No había ventanas visibles, solo una puerta de acero en la esquina, cerrada.Me senté con esfuerzo en el piso, sentí un ligero mareo y me llevé una m
IzanLa sensación de que algo estaba mal me golpeó de lleno en el pecho.Era un instinto primitivo, un murmullo en mi sangre que se retorcía como una advertencia.Llevaba toda la noche investigando, revisando archivos, contactos, tratando de descifrar qué carajos estaba ocurriendo con ese tal Dominic Ivankov.Pero con cada nueva pieza que encontraba, otra se deslizaba de entre mis dedos, haciéndome sentir como si estuviera persiguiendo sombras.Era como un fantasma, alguien con demasiadas conexiones, demasiados lazos sucios. Sabía que no era cualquier hombre de negocios que jugaba en este mundo. Era algo más. Algo peor, mi instinto me lo gritaba y si algo había aprendido en esta vida era seguir mis corazonadas.Cerré el informe de mi computadora de golpe, frotándome las sienes con furia contenida. La habitación estaba en completo silencio, salvo por el tic tac del maldit0 reloj de la pared que marcaba cada segundo como una sentencia.Algo no estaba bien.Me levanté bruscamente de la s
DanteLa llamada se cortó, pero la tensión permaneció colgada en el aire como el filo de un cuchillo.Sentí el peso del teléfono en mi mano, pero más pesado era el nudo que se formaba en mi pecho. Mi mandíbula estaba rígida, mis músculos tensos, y mi mente se llenaba de imágenes sombrías que no quería imaginar.“Trina, sola en la ciudad, Trina, vulnerable, Trina en manos equivocadas”.Maldit0 infierno.La desesperación se apoderaba de mí. Trina, aunque sanguíneamente era mi prima, para mí se trataba de mi hermana. Ella no era cualquiera, no era solo una Quintero Armone. Era el tesoro más grande de nuestra familia, la única mujer entre nosotros, la única que había sido criada con la menor cantidad de sombras posibles.Desde que éramos niños, la habíamos protegido con uñas y dientes. No queríamos que la oscuridad de nuestro mundo la tocara, no queríamos que supiera lo que significaba vivir con el miedo incrustado en la piel. Ella era luz. Nuestra luz y por ella éramos capaces de hacer l