Para llegar a hacer lo que esperaba como pensaba hacerlo, necesitaba que ella estuviera dispuesta a colaborar, esa mañana, Herman estaba observando desde su despacho por las persianas plegables de su oficina. Separó un poco las ranuras entre dos de ellas con los dedos para observar hacia donde estaba trabajando Agnes, estaba encimada en lo que hacía, concentrada como siempre que la veía sin que ella lo notara, podía vigilar a sus empleados de vez en cuando y estos nunca notaban que los veía. Volvió a su escritorio y se sentó a pensar por un momento, recordando la conversación con ella en la noche anterior. Convencer a Agnes no sería sencillo. Tendrían que aprender a tomarse cariño para estar de acuerdo, él estaba dispuesto a aprenderlo con tal de que las cosas salieran bien encaminadas. Sin embargo, entre más lo imponía, más rebelde se ponía ella. —Menuda esposa la que me he ido a buscar, es como un enjambre de hormigas encerrado en una pequeña caja de fósforos. —Intentó reír de l
Al darse cuenta de lo que pensó, meneó alarmada la cabeza para despejar de su mente el rumbo que estaban tomando sus pensamientos. «¿Qué demonios acabo de pensar?, debo estar perdiendo mi juicio» No olvidaba que aún estaba enojada con él, seguía molesta y si era capaz de seguirle hablando, era solo por cosas del trabajo y no tenía opción alguna, no podía desatender sus labores de secretaria por muy enfadada que estuviera con él. —Antes de que sigan con sus suposiciones les digo esto, no estoy molesta por que no haya una luna de miel, no me importa una luna de miel y menos me interesa que en un principio no haya habido una. ¿Estamos? Así que dejen de estar haciendo más incómodo mi día por el tema —sentenció con notorio mal humor, su desagrado la estaba haciendo enojar con esa conversación y con ellas. —Oh, bueno… Qué pena, porque si necesitaban estar a solas te iba a sugerir que podían tener unos minutos en privado en el elevador o en la sala del conserje donde guardan las escobas.
Habían dado las siete de la noche para el momento en que Agnes recibió una llamada, se había sentado a ver televisión, recostada de lado en su sofá después de haber cenado. Cuando se dio cuenta que la estaban llamando, tomó el teléfono para contestar.—Diga.—Agnes, ¿cómo te va? ¿Estás libre esta noche? —La voz femenina al otro lado de la llamada le hizo cambiar el ceño fruncido por una mirada más calmada.—Ah, hola Helen, ¿cómo has estado? —contestó mientras se levantaba por un vaso con agua en la cocina—. Algo así, estoy de vacaciones y no tengo compromisos para hoy, ¿por qué preguntas?Dejó el teléfono presionado entre su hombro y el oído mientras abría el grifo para llenar el vaso y luego se recostaba de la mesa junto a ella, apoyando la espalda para escuchar mientras daba un sorbo.—Asuntos matrimoniales —respondió, haciendo que Agnes escupiera de forma súbita el agua que tenía en la boca.—¿Qué has dicho? —tosió antes de recuperarse estando alarmada.—¿Qué fue eso?, ¿qué te pasó
—¿Quiere saber lo que opino? —habló arrastrando la voz con cierta altanería, su cara demostraba que estaba ebria, su actitud terca solo era alentada por eso—, usted es un pesado. —¿Un pesado? —Elevó una ceja con desconcierto, contrariado. —Sí, es un pesado. Quiere jalarme de aquí para allá y así me quiere mangonear como si yo le perteneciera. —Si no lo olvidas soy al que le debes respeto porque estamos casados, por eso tengo el derecho a “ser un pesado” si te encuentro borracha como justo ahora. —La presión en su voz hacía entender el esfuerzo que estaba haciendo por reprimir su enfado, el enojo que sentía hacía que tuviera un espasmo agitado en las cejas sobre el ojo derecho. —Vaya esposo, esposo de cartón querrá decir, he tenido más contacto íntimo con mi ropa interior que con usted. —Él abrió ampliamente sus ojos con desconcierto en silencio—. Si eso le duele puede agarrar su hombría y largarse. Herman alzó las cejas asombrado, ella lo estaba desafiando, pero era más que solo
No tenía ninguna razón para arrepentirse de lo que había dicho, si había algo de lo que habría de sentir vergüenza era de que lo hubiera hecho mientras estaba borracha, pero nada de lo que había recriminado era falso, ella no estaba obligada a ceder ante él, ni a ser la esposa devota y sumisa que lo obedecería como si fuera una posesión más. Afianzada de la idea de su enojo, se levantó de la cama para salir, pensaba irse a casa. Había amanecido y se quería ir de allí, pero antes de marcharse no quería hacerlo sin expresarle su queja a él. Estaba enfadada por haberla sacado de ahí a la fuerza y llevarla con él en contra de su voluntad. Tenía que aclarar eso con él, no se la podía llevar así a la fuerza, estaban casados, pero no estaban juntos. No le pertenecía a él. No era suya. —Si cree que me puede tratar como si fuera una muñeca de trapo se equivoca —murmuró con voz amarga. Al llegar a la puerta y girar el picaporte para abrirla, sintió un punzante ardor breve en sus ojos al ver
—No pensará… —Se acalambró y sus mejillas adquirieron el color de una doncella en cuanto pensó en lo que se refería, o al menos en lo que ella suponía se estaba refiriendo. Tenía las piernas temblando y se daba cuenta de que sus manos también estaban inquietas, estaba concentrada en las ideas que había pensado a raíz de eso, tanto que no se percató de el instante en que él se presentaba. El sonido de una carpeta que era dejada caer y se estampaba sobre la mesa justo delante de ella la fue lo que la alertó, causando un sobresalto. Ella se asustó, lo tenía en su espalda y no se había dado cuenta de que estaba ahí. Había interrumpido sus pensamientos, solo lo miró con agitación y él en cambio mostraba su mismo aire de recelo, con la misma mirada de reproche antes de inclinarse a abrir la carpeta, dejando ver el documento. —Ahora..., hablemos de lo de anoche —sentenció. Tomó el contrato y comenzó a pasar página tras página, buscando una en específico. Agnes estaba abrumada y no le dab
Herman la había llevado a su casa poco después de haberle expuesto sus planes de llevarla con él a Italia. No le dio derecho a objetar, ni tampoco le permitió tiempo de tardanza, irían solo para que fuera a buscar sus maletas y tras recoger sus cosas saldrían hacia el aeropuerto.Agnes maldijo su suerte en cuanto bajó del auto de su jefe, el auto elegante, la forma en que ella iba vestida con el mismo atuendo de la noche anterior, además de que su jefe bajó poco después de ella para ponerle una mano en la cintura, hizo que llamara la atención de su vecina, sintió espanto y a la vez enfado.«Esa maldita vieja chismosa ya me vio» pensó con resentimiento, sabía que tenía la costumbre de hablar de más y ni ella se salvaba, algunas veces ocasionaba que fuera el motivo de atención y pláticas indeseadas.Su jefe no le dio oportunidad a seguir pensando demasiado y la encaminó hacia la casa, ella iba a paso retrasado, casi con timidez y de manera sumisa al ser guiada por él.Una vez dentro, la
Solo esa mañana había despertado en la casa de su jefe, y ahora se encontraba a una larga distancia muy lejos de la suya, sus pensamientos fueron interrumpidos en cuanto él la sujetó por el hombro para atraerla y envolvió el brazo por encima de ella. —Ella es mi esposa, talvez le tome algunos días acostumbrarse, pero después le caerá bien estar aquí. Agnes lo volteó a ver y no emitió palabra en respuesta, solo vio de reojo luego de eso a la dueña de la casa. Había estado tan abstraída que no tenía idea de qué estaban hablando antes de que la introdujera a la conversación. La dueña del lugar, la señora Philips, era una mujer de unos cuarenta y algo más, con el cabello negro hasta la altura de los hombros y la piel morena un poco bronceada, llevaba anteojos de molde redondo y vestía un suéter y pantalón de color claro. Tras ver a Agnes, le giró la mirada a Herman para responder. —No se preocupe, le aseguro que los atenderán bien. Las damas de la limpieza se han ido a casa a estas ho