Después de sus días de descanso, Mayra regresó al hospital con la misma actitud de siempre, mentalmente preparada y decidida a ignorar cualquier agravio o comentario hiriente que pudiera provenir de Anderson. Las paredes blancas del corredor principal le dieron la bienvenida mientras avanzaba, respirando el característico aroma a desinfectante que impregnaba cada rincón del edificio sanitario. El reloj marcaba las siete en punto de la mañana cuando cruzó las puertas automáticas, con su uniforme perfectamente planchado y su cabello recogido en un moño, decidida a enfocarse exclusivamente en sus responsabilidades médicas y en la atención que merecían sus pacientes, dejando de lado cualquier asunto personal que pudiera interferir con su desempeño profesional. Los últimos acontecimientos habían dejado una huella en su espíritu, pero su vocación médica permanecía intacta como un faro que guiaba sus pasos en medio de la tormenta emocional que representaba trabajar diariamente bajo la
Marina rechazó la ayuda de Gael. Lo hizo para evitar tener problemas con Sebastián, quien odiaba verla con él con una intensidad que rayaba en lo obsesivo. La simple visión de Gael cerca de Marina despertaba en Sebastián una furia incontenible que se manifestaba en miradas gélidas y comentarios mordaces que perforaban el alma de Marina.Las pocas veces que Sebastián los había visto juntos, aunque fuera en situaciones completamente inocentes, Sebastián se había comportado de una forma nada inusual. Por ellos, prefería realizar sus diseños sola. Prefirió encerrarse tardes enteras hasta la hora que Sebastián regresaba, en el estudio, un espacio que se había convertido tanto en su refugio como en su prisión voluntaria. Allí, rodeada del olor a pintura y tantos materiales, podía respirar con cierta libertad mientras sus dedos danzaban sobre el lienzo para recrear los diseños que habían sido cruelmente destruidos por sus compañeros de universidad.La habían dejado de molestar, no po
Anderson subió al coche con una angustia que le oprimía el pecho como un puño invisible.Sus manos temblaban ligeramente mientras introducía la llave en el contacto. Salió del estacionamiento con la intención de buscar a su hermano, cobrarle lo que hizo, aquella traición que había destrozado su matrimonio y sembrado la semilla de un rencor que crecía día tras día como una enredadera venenosa en su interior.Tenía planeado después de confrontar a Pablo y Mario, buscar a Mayra y pedirle perdón por todo, por cada palabra hiriente, por cada acusación injusta, por haberla juzgado sin escuchar su versión de los hechos que ahora, después de cinco años, comenzaba a ver con mayor claridad. No obstante, apenas aceleró para salir a la vía principal, sintió que algo andaba mal; los frenos le fallaron, respondiendo con un vacío aterrador cuando pisó el pedal.Su coche no pudo detenerse y se cruzó en la calle principal, justo cuando un camión de carga pesada avanzaba a toda velocidad. El i
Tras días agotadores de cuidados intensivos a Anderson, donde las horas parecían estirarse, Mayra se proponía a abandonar el edificio médico, sintiendo el cansancio como una manta de plomo. Sus ojos, enrojecidos por la falta de sueño y las lágrimas silenciosas que había derramado en la soledad de los pasillos vacíos, apenas podían mantenerse abiertos mientras arrastraba sus pasos por el corredor principal. La preocupación por la salud de Anderson había consumido cada partícula de su energía, dejándola completamente exhausta física y emocionalmente. Sin embargo, justo cuando divisaba la salida que prometía un breve respiro de aquella pesadilla, fue interceptada en el pasillo por dos oficiales que se plantaron frente a ella.—Señorita Pérez, debe acompañarnos inmediatamente a la delegación —anunció uno de ellos con voz autoritaria que resonó en el pasillo, atrayendo miradas curiosas de enfermeras y visitantes que pasaban cerca del incómodo encuentro.—¿Yo? —completamente desconc
Un hombre que fue detenido como sospechoso del manoseo al coche de Anderson, declaró que Mayra Pérez lo contrató para aquel trabajo. Sus palabras, pronunciadas resonaron en la sala de interrogatorios mientras los oficiales tomaban notas de cada detalle que pudiera incriminar a la mujer. Incluso, cuando se la presentaron junto a otras detenidas mediante un procedimiento estándar de reconocimiento, a través de un cristal polarizado donde solo él podía verla mientras ella permanecía ignorante de su escrutinio, señaló a Mayra sin titubeos como principal gestora de atentar contra la vida de Anderson Valencia, —¿Cuánto te están pagando para difamar a una mujer inocente? —Cuestionó Sebastián con voz ronca mientras se acercaba amenazante a ese hombre cuyo rostro denotaba temor. Sus pasos retumbaban en el suelo de aquel recinto policial.—Nadie me está pagando, caballero, simplemente estoy manifestando lo que en verdad ocurrió. Esa mujer que usted parece defender…La grande mano de Seb
Por petición de Mayra, Marina se había quedado al cuidado de Anderson, lo que despertó los celos irracionales de Sebastián, porque no toleraba, bajo ninguna circunstancia concebible, que nadie más que no fuera él, fuese cuidado por su esposa. La situación le resultaba insoportable, como una espina clavada en lo más profundo de su ser. Estaba tan molesto e interiormente perturbado con ella, que decidió salir a tomar un café para intentar aplacar la frustración y la rabia que le generaba la decisión de su esposa de quedarse al cuidado de ese hombre, cuando no era nada suyo, ni familiar, ni amigo de años, simplemente el ex de la mejor amiga. Las calles parecían un laberinto mientras caminaba sin rumbo fijo, pensando en cómo había llegado a este punto, cuestionándose en qué momento ella se convirtió en el centro de su vida. Estuvo un instante en la cafetería, hasta que decidió salir de ese sitio y regresar al hospital.Al regresar, después de una ausencia considerable, encontró u
En el auto, Marina agarró con delicadeza las manos cálidas de Sebastián que tocaban su rostro sonrojado, el cual había sido maltratado por la fuerte presión de Pablo minutos atrás. La marca rojiza en su mejilla izquierda comenzaba a tornarse morada. Pero ella no sentía dolor físico en ese momento, porque su pecho agitado se había reconfortado viendo cómo su esposo, aquel hombre que había jurado odiarla hasta el último día de su vida, la defendía con fiereza de aquel patán despreciable que había osado lastimarla. La sensación de seguridad que la envolvía ahora era como un manto cálido que disipaba cualquier malestar corporal, transformándolo en una calma que solo aparecía cuando se sentía verdaderamente protegida entre sus brazos, los mismos que momentos antes habían sido instrumentos de justicia contra Pablo.Por un segundo fugaz e intenso sintió pavor de cómo Sebastián golpeaba con violencia desmedida a ese hombre, como un animal salvaje liberado de sus cadenas, golpeando una
Sebastián Arteaga ingresó a la habitación de Marina de Arteaga, su esposa, mientras la luz del atardecer se filtraba por las cortinas de seda blanca.Llevaban dos años casados, pero nunca había estado a solas con ella en la habitación, menos con ella envuelta en una toalla que dejaba ver sus hombros delicados.Un exquisito y misterioso aroma a jazmín y vainilla se apoderó de las fosas nasales de Sebastián, una fragancia que hizo sentir un inexplicable calor recorrer su cuerpo.Marina, con una dulce sonrisa en sus labios rosados, le invitó a pasar, pero él, firme en su posición junto al marco de la puerta de roble tallado, negó mientras extendía la carpeta de cuero marrón que sostenía.—El abuelo ha muerto, por lo tanto, ya no podemos seguir casados —ante esas palabras crueles y cortantes, el corazón de Marina se apretó como si una mano invisible lo estrujara— Quiero que firmes el divorcio, que tomes tu parte de la herencia y desaparezcas de mi vida para siempre —cada palabra pronuncia