Maxwell, visiblemente confundido, frunció el ceño y se aproximó apresuradamente hacia la glorieta, con pasos largos y decisivos. —¿Qué ha ocurrido? — preguntó Maxwell con severidad a medida que sus ojos claros le recorrían el rostro alterado. —Hoy es mi día de suerte, un príncipe dejó su trono para seguirme y he aquí al duque de los insoportables, quien también abandonó a su querida exesposa para venir a verme— dijo Valentina con mucho sarcasmo, arqueando las cejas y curvando los labios en una mueca irónica, aunque sus manos temblaban ligeramente. —Te he preguntado ¿Qué pasó? ¡Dime! — Insistió Maxwell con voz firme, acercándose aún más, casi invadiendo su espacio personal. Ella alzó la barbilla, orgullosa y desafiante. —Tú debes saberlo, porque los hombres como ustedes que tienen complejo de narcisista piensan que las mujeres como yo, solo ansiamos meternos a sus camas— le reclamó, alzando la voz y cruzando los brazos sobre su pecho, en un gesto defensivo. —Será mejor que hables
El sonido de su nombre interrumpiendo el silencio le hizo regresar a la realidad. Ella lo empujó como si de repente hubiera empezado a arder. Y él retrocedió jadeante, pasándose una mano por el cabello, sintiéndose frustrado, culpable y solo sintiendo que es por ella, y que esa sería la razón de sus desgracias. —Me besas de este modo, diciendo estar enamorada de mi hermano. Valentina alzó la mano, pero la detuvo, porque también se arrepintió de ese juego enfermizo al cual no le encontraba sentido y salió corriendo como alma que lleva el diablo. (...) En la comodidad de su cama, envuelta en sábanas suaves y con la tenue luz de la lámpara de mesa dibujando sombras en las paredes, Valentina no dejaba de rememorar el beso que le había dado Maxwell. Observaba el techo, perdiéndose en el diseño de yeso, mientras podía aún sentir la sensación que provocaron sus labios en los suyos. Simplemente, evocar esas sensaciones hacía que la sangre que fluía por sus venas se agitara; sentía ca
De pie en la entrada del estudio que se había convertido en el refugio de Maxwell, Ethan admiraba los libros apilados en las estanterías de caoba, y como la robusta mesa de madera que se erigía como el corazón de la habitación, y el acogedor sillón de lectura donde su padre solía leerle historias fantásticas, y la melancolía lo invadió por completo. Sin embargo, no permitió que sus emociones aturdieran sus pensamientos. En cambio, analizaba los aspectos de lo que suponía que Maxwell estaba a punto de decir, y sus cejas se fruncieron en concentración. Con un leve asentimiento, Maxwell lo invitó a sentarse, mientras sus dedos tamborileaban ligeramente en la superficie de la mesa. —Hermano, antes de seguir, necesito tu opinión en algo importante—le dijo Ethan con una voz temblorosa, pero firme al mismo tiempo. Maxwell asintió con confusión. Ethan se esforzó por esbozar una sonrisa natural, sintiendo cómo sus músculos faciales se tensaban en el esfuerzo. —Como sabes, Vale es mi pr
Maxwell recorrió la habitación con gesto firme. — No entiendo cómo un ladrón ha logrado burlar nuestra seguridad sin dejar rastro alguno. ¿Por qué no ha tocado la caja fuerte que hay detrás el cuadro? — cuestionó, estirando un dedo acusador hacia el lugar vacío en la pared. En un momento de pausa, Maxwell miró fijamente a cada uno de sus sirvientes, como si estuviera evaluándolos minuciosamente. Sus ojos recorrían sus rostros con inquisición, buscando respuestas en cada mirada evasiva o gesto nervioso. — La persona responsable no necesita revelarse — continuó severo pero firme. — Solo espero que devuelva lo que ha tomado. Podría hacerlo esta noche, y me comprometo a no empezar una investigación —. Sus palabras colmaron el espacio. — Hijo, confía en quienes han servido a nuestra familia con lealtad durante años. No deberías sospechar de ellos — le recordó Evelyn con suave autoridad, buscando calmar la agitación que reinaba en la estancia. — ¡Interroguen a la latina! Es demasiado o
Maxwell le echó un vistazo rápido al oscuro almacén abandonado, notando las vigas de hierro oxidadas y el polvo suspendido en el aire. —Ben, con qué tipo de personas te ha estado mezclando—murmuró antes de hacerle una señal a sus agentes para que lo siguieran. —Recuerden, no deben disparar a menos que se trate de salvaguardar nuestras vidas. Luego me encargaré de esto —les instruyó con autoridad, mientras empuñaba una pistola cromada. A lo lejos, bajo una tenue luz que apenas iluminaba sus facciones, Benjamín gritó con el rostro ensangrentado por los golpes que había recibido. —¡Hermano, ayúdame! —su voz salía desgarrada y desesperada. Se encontraba amordazado en el suelo, y con las manos atadas con una cuerda gruesa que le cortaba la circulación. Tres hombres con pinta de matones estaban parados a su lado, apuntando hacia Maxwell. El líder de los matones, de complexión robusta y con una cicatriz que le atravesaba la ceja derecha, sostenía el teléfono de Benjamín en la m
Valentina exhaló pesadamente una vez más. —Bien, guíame, como sabes, siempre me pierdo— rezongó, colocando una bata de seda sobre su pijama corto. Valentina fue guiada por un pasillo que ya conocía, y su curiosidad aumentaba con cada paso. —Adelante—le indicó la sirvienta, extendiendo su brazo derecho en señal muda para que entrara. —¡Espera! ¿No vendrás conmigo? ¿Por qué siento como si me enviaras a un matadero?— murmuró, viendo cómo la empleada se marchaba. Luego se enfocó en la puerta. —Según recuerdo, se necesita un ojo del fastidioso para abrir esta puerta. ¿Cómo se supone que entraré? Aunque no estaría mal sacarle un ojo— hablaba sola hasta que alguien carraspeó a su espalda y dio un salto de espanto. —Hazlo si puedes. Ella giró la cabeza ante aquellas palabras y lo miró a los ojos, pero al descender la vista a sus labios, empezó a retroceder, sintiendo que Maxwell estaba muy cerca. —Solo estaba bromeando… yo nunca le haría daño a una persona— intentó reír, per
Pero Valentina volvió a enredar los dedos entre sus mechones atrayéndolo hacia ella. —Ten en cuenta que tú empezaste y no has tomado —recalcó ella, pero obtuvo como respuesta un gruñido de satisfacción. Después, Maxwell le acunó la cara con las manos y le inclinó la cabeza en el ángulo perfecto para reclamar su boca en una descarnada demanda que la dejó sin aliento. Mientras la atormentaba con sus profundos y sensuales besos, a Valentina le fue imposible pensar en nada que no fuera sentir. Estaba tan dominada por él, que empezaron a fallarle las piernas. Pero Maxwell se adelantó y la alzó en el aire como si no pesara nada. Intentó sacar fuerzas de donde pudo, desesperada por tomar el control, pero no lo logró, sino que se rindió a él, enredando las piernas en su cintura. Maxwell apartó su boca de la de ella y la miró interrogante. La depositó en el suelo y acarició con una de sus fuertes y cálidas manos, la amplia extensión de piel que había desde el cuello hasta el nacimiento d
—Porque, viéndolo bien, tú ya no me necesitas. Los rumores sobre ti se calmaron, y yo solo necesitaba estar casada para obtener mi documentación; no deberíamos mentir durante dos años — le explicó Valentina cabizbaja. —Solo con este matrimonio puedo mantener mi fachada —. Ethan se acercó a ella y le agarró las manos. —Vale, gracias a ti tengo un poco más de libertad y no quiero perder eso. Ethan hizo una pausa ante de explicarle: —En cuanto a la documentación, te informo que mi abogado ha dicho que nuestro matrimonio es muy reciente. Como han ocurrido muchos matrimonios por negocios, el gobierno impuso una ley. Para empezar con tu legalización, hay que esperar seis meses. Valentina apartó sus manos de la de él y se cubrió la boca, mientras las lágrimas se deslizaban por sus mejillas. —¿Seis meses? Ethan, pensé que sería más rápido. Mi hija y mi madre están en peligro… lo sabes. Pídele a tu abogado que haga algo más — le suplicó angustiada. (…) En cambio, Maxwell, que se sentía