El eco de las botas de Alejandro resuena en el suelo de mármol mientras se dirige a la sala de guerra. Un mensajero llegó hace apenas una hora, empapado en sudor y con el rostro desencajado. La noticia no puede esperar.Cuando entra en la sala, encuentra a varios de sus consejeros y comandantes en pie, con semblantes tensos.—Majestad —dice uno de los hombres, inclinando la cabeza—. Tenemos noticias preocupantes de la frontera este.Alejandro frunce el ceño y se cruza de brazos.—Habla.—Las tropas de Baltazar han comenzado a moverse hacia nuestros territorios. No han atacado aún, pero han establecido campamentos en zonas que nos pertenecen. Alegan que ese territorio nunca nos perteneció realmente y que les corresponde por derecho.Alejandro aprieta los dientes. Baltazar siempre ha sido un problema, pero nunca se habían atrevido a desafiar el poder real de forma tan descarada.—¿Qué tan grande es su ejército?—Cerca de quinientos hombres, señor.—Nos están provocando —gruñe el rey—. S
La noche es oscura, apenas iluminada por la luna menguante. Alejandro avanza con su escuadrón, atentos a cualquier sonido entre la maleza. El aire es frío y denso, cargado de la humedad del bosque. Entonces, un crujido. Un silbido.—¡Emboscada! —grita uno de los soldados cuando las primeras flechas cortan el aire.Los caballos relinchan, algunos guerreros caen. Alejandro se agacha instintivamente y guía a su montura en una maniobra rápida para evitar ser un blanco fácil. La confusión se apodera del grupo por un instante, pero él no pierde el control.—¡A tierra! ¡Defiéndanse! —ordena mientras desenvaina su espada.Los atacantes surgen de entre los árboles, sombras fugaces que se mueven con agilidad. Van armados con espadas y lanzas, vestidos con ropajes oscuros. No son simples bandidos; esto es un ataque coordinado.Alejandro salta de su caballo justo a tiempo para evitar una lanza dirigida a su pecho. Gira sobre sí mismo y con un golpe certero atraviesa el abdomen del agresor. Un seg
Las puertas del gran salón del castillo se abren con un estruendo, resonando en las paredes de piedra. Eleonora avanza con paso firme, su vestido azul oscuro ondeando detrás de ella como una sombra imponente. Hoy no es una reina consorte. Hoy es una soberana exigiendo respuestas.Los miembros del parlamento están ya reunidos alrededor de la larga mesa de roble, sus rostros reflejan sorpresa y molestia ante la convocatoria inesperada. No la esperaban. Creían que podrían seguir actuando en las sombras hasta el regreso del rey.Eleonora no les da tiempo de reaccionar.—He convocado esta reunión para esclarecer los atropellos que se han cometido contra el pueblo —su voz resuena con autoridad, pero sin gritos—. He sido informada de que los aldeanos han sido despojados de sus cosechas y riquezas por soldados que dicen actuar en nombre de la corona.Los hombres intercambian miradas. Fingida confusión.—Majestad… —habla primero el duque Ferenc, un hombre de avanzada edad—. Es terrible escucha
En una sala privada, lejos de oídos indiscretos, un grupo de miembros del Parlamento se reúne con rostros tensos y miradas calculadoras. El ambiente está cargado de indignación y conspiración. Han pasado días desde que Eleonora los enfrentó con su exigencia de devolver lo que habían arrebatado al pueblo, y ahora se ven forzados a responder. —¡Esto es inaceptable! —vocifera uno de los hombres, golpeando la mesa con el puño cerrado—. ¡Esa mujer no tiene derecho a darnos órdenes! ¡Es una afrenta contra el orden divino! Un murmullo de aprobación recorre la habitación. Otro parlamentario, un hombre de cabello ralo y voz nasal, se inclina hacia adelante con una sonrisa mordaz. —¿Orden divino dices? —se burla—. ¡La voluntad de Dios, mis calzones! Las miradas se vuelven hacia él, expectantes. —Una de las doncellas del castillo es sobrina de mi esposa —continúa con tono triunfal—. Y me ha contado un secreto que cambiará el curso de esta farsa de reinado. Hace una pausa dramática an
Alejandro y su tropa retoman el camino. La brisa de la madrugada es fría, y el cielo, teñido de tonos violáceos y anaranjados, anuncia un día despejado. Sin embargo, la tranquilidad del paisaje contrasta con la tensión que se respira en el grupo. El Rey cabalga al frente, con la vista fija en el horizonte. Su armadura, aunque ligera para el viaje, resplandece con los primeros rayos del sol. A su lado, el comandante Fernández, un veterano con cicatrices de múltiples batallas, le informa sobre el progreso del trayecto. —Si el clima se mantiene favorable, podríamos recuperar un día de los que perdimos en el camino —dice el comandante—. Pero aún hay zonas que no conocemos del todo bien. Alejandro asiente sin apartar la mirada del sendero. —No podemos arriesgarnos a otra emboscada. Anoche perdimos dos hombres y varios más resultaron heridos. Debemos mantenernos alerta. A sus espaldas, los soldados cabalgan en formación. Algunos conversan en voz baja, otros revisan sus armas o beben de
El viento helado silba entre los árboles mientras Alejandro y su ejército avanzan con cautela por el estrecho sendero del bosque. La luna, oculta tras gruesas nubes, apenas ilumina el camino, y la única certeza que tienen es que más adelante los espera el enemigo. Uno de los exploradores regresa al galope, su respiración agitada por la carrera. —Majestad, los hemos avistado —informa con voz tensa—. Se han fortificado en la colina y nos esperan. Están preparados. Alejandro aprieta la mandíbula. Lo habían anticipado. Aquel grupo no era una patrulla desorganizada; habían previsto su llegada y los aguardaban con estrategia. —¿Cuántos son? —pregunta con calma, aunque la tensión se refleja en su mirada. —Al menos el doble de los nuestros, mi señor —responde el explorador—. Y han colocado obstáculos en el sendero. Alejandro evalúa la situación rápidamente. Podrían rodearlos, pero eso implicaría adentrarse más en el bosque y arriesgarse a otra emboscada. Podrían atacar de frente, pero e
Mientras Alejandro se debatía entre la vida y la muerte, en el palacio, Eleonora vivía su propia agonía. *La noche anterior* El viento sopla con fuerza esta noche, haciendo crujir las ventanas del palacio. Las velas parpadean con nerviosismo, proyectando el sentir de la reina. Eleonora camina inquieta por su habitación, incapaz de encontrar reposo. Un mal presentimiento la consume. Desde que Alejandro partió, ha pasado muchas noches en vela, preocupada por él. Pero esta angustia es diferente, más punzante, más cruel. Siente como si algo invisible le oprimiera el pecho, como si el aire mismo se negara a entrar en sus pulmones. Se abraza a sí misma, intentando calmar los temblores que la recorren. —Majestad… —Julie, su doncella de confianza, la observa con preocupación—. Por favor, tratad de descansar. No habéis dormido bien en semanas. —No puedo, Julie —susurra Eleonora con voz quebrada—. Algo está mal. Lo siento en mi alma. Se sienta en el borde de la cama y s
El sol se alza sobre el reino, pero la luz de la mañana no disipa la ansiedad de Eleonora. Desde que despertó, ha permanecido en el balcón de sus aposentos, observando el horizonte con el corazón encogido. La espera se ha vuelto insoportable; su cuerpo y su alma exigen respuestas. Los días han sido una tortura. Ha rezado hasta que sus labios se han secado, ha llorado hasta que sus ojos han ardido. Sabe que Alejandro es fuerte, que es un guerrero formidable, pero el temor de perderlo no la ha abandonado ni un solo instante. Un golpe en la puerta la hace girar de inmediato. Julie entra, su rostro iluminado por una sonrisa contenida. —Majestad… ha llegado un mensajero. Eleonora siente un vuelco en el pecho. Da un paso al frente, temiendo preguntar. —¿Qué noticias trae? Julie se apresura a acercarse, la emoción contenida en su mirada. —El rey… —sus ojos brillan—. Está bien y viene de regreso. El aire abandona los pulmones de Eleonora de golpe. Durante días ha vivido con la angusti