El salón continúa iluminado por la luz cálida de los candelabros. La música sigue envolviendo el ambiente, las risas y conversaciones llenan los espacios mientras las parejas giran en la pista de baile. Todo parece normal, pero para Alejandro nada lo es.Desde que terminó el primer baile con Eleonora, su cuerpo se siente inquieto, su mente atrapada en una maraña de pensamientos y deseos que no debería albergar. Quiere volver a tomarla entre sus brazos, pero lucha contra sí mismo.No puede darse ese lujo.No todavía.Eleonora, por su parte, siente la misma tensión. Su piel aún recuerda el roce de sus manos, la presión de su agarre, la forma en que sus ojos se oscurecieron con un sentimiento que ella reconoce demasiado bien.Pero no puede quedarse ahí de pie, esperando que él la busque.Así que hace lo que mejor sabe hacer: buscar una salida.Con pasos elegantes y medidos, se aleja de la pista y se dirige a la Reina Madre. El aire a su alrededor se siente más liviano cuando se encuentra
El viento frío de la mañana sacude las banderas en lo alto del castillo cuando Eleonora cruza los pasillos en dirección al gran salón de reuniones. Su vestido azul oscuro ondea con cada paso firme que da, su porte regio es digno de una reina.La noche anterior, la reina madre la convocó en privado.—Alejandro va a necesitar de nosotras —dice con una seriedad que pocas veces muestra—. En la reunión de mañana, los buitres querrán atacarlo.Eleonora la observa con atención.—¿Por qué esta vez?La reina madre entrecierra los ojos.—Porque su ambición no tiene límites. Francisco de Gálvez, sobrino lejano de mi esposo, quiere disputar el trono para su hijo. Alega que, dado que Alejandro aún no ha dado un heredero y su hijo sí tiene una esposa dispuesta a concebir, el linaje real estaría más asegurado con él.Eleonora siente una punzada de indignación.—¿Qué tan peligroso es?—Más de lo que parece —responde la reina madre—. Si el Parlamento se inclina a su favor, aunque Alejandro sea el rey,
El eco de las botas de Alejandro resuena en el suelo de mármol mientras se dirige a la sala de guerra. Un mensajero llegó hace apenas una hora, empapado en sudor y con el rostro desencajado. La noticia no puede esperar.Cuando entra en la sala, encuentra a varios de sus consejeros y comandantes en pie, con semblantes tensos.—Majestad —dice uno de los hombres, inclinando la cabeza—. Tenemos noticias preocupantes de la frontera este.Alejandro frunce el ceño y se cruza de brazos.—Habla.—Las tropas de Baltazar han comenzado a moverse hacia nuestros territorios. No han atacado aún, pero han establecido campamentos en zonas que nos pertenecen. Alegan que ese territorio nunca nos perteneció realmente y que les corresponde por derecho.Alejandro aprieta los dientes. Baltazar siempre ha sido un problema, pero nunca se habían atrevido a desafiar el poder real de forma tan descarada.—¿Qué tan grande es su ejército?—Cerca de quinientos hombres, señor.—Nos están provocando —gruñe el rey—. S
La noche es oscura, apenas iluminada por la luna menguante. Alejandro avanza con su escuadrón, atentos a cualquier sonido entre la maleza. El aire es frío y denso, cargado de la humedad del bosque. Entonces, un crujido. Un silbido.—¡Emboscada! —grita uno de los soldados cuando las primeras flechas cortan el aire.Los caballos relinchan, algunos guerreros caen. Alejandro se agacha instintivamente y guía a su montura en una maniobra rápida para evitar ser un blanco fácil. La confusión se apodera del grupo por un instante, pero él no pierde el control.—¡A tierra! ¡Defiéndanse! —ordena mientras desenvaina su espada.Los atacantes surgen de entre los árboles, sombras fugaces que se mueven con agilidad. Van armados con espadas y lanzas, vestidos con ropajes oscuros. No son simples bandidos; esto es un ataque coordinado.Alejandro salta de su caballo justo a tiempo para evitar una lanza dirigida a su pecho. Gira sobre sí mismo y con un golpe certero atraviesa el abdomen del agresor. Un seg
Las puertas del gran salón del castillo se abren con un estruendo, resonando en las paredes de piedra. Eleonora avanza con paso firme, su vestido azul oscuro ondeando detrás de ella como una sombra imponente. Hoy no es una reina consorte. Hoy es una soberana exigiendo respuestas.Los miembros del parlamento están ya reunidos alrededor de la larga mesa de roble, sus rostros reflejan sorpresa y molestia ante la convocatoria inesperada. No la esperaban. Creían que podrían seguir actuando en las sombras hasta el regreso del rey.Eleonora no les da tiempo de reaccionar.—He convocado esta reunión para esclarecer los atropellos que se han cometido contra el pueblo —su voz resuena con autoridad, pero sin gritos—. He sido informada de que los aldeanos han sido despojados de sus cosechas y riquezas por soldados que dicen actuar en nombre de la corona.Los hombres intercambian miradas. Fingida confusión.—Majestad… —habla primero el duque Ferenc, un hombre de avanzada edad—. Es terrible escucha
En una sala privada, lejos de oídos indiscretos, un grupo de miembros del Parlamento se reúne con rostros tensos y miradas calculadoras. El ambiente está cargado de indignación y conspiración. Han pasado días desde que Eleonora los enfrentó con su exigencia de devolver lo que habían arrebatado al pueblo, y ahora se ven forzados a responder. —¡Esto es inaceptable! —vocifera uno de los hombres, golpeando la mesa con el puño cerrado—. ¡Esa mujer no tiene derecho a darnos órdenes! ¡Es una afrenta contra el orden divino! Un murmullo de aprobación recorre la habitación. Otro parlamentario, un hombre de cabello ralo y voz nasal, se inclina hacia adelante con una sonrisa mordaz. —¿Orden divino dices? —se burla—. ¡La voluntad de Dios, mis calzones! Las miradas se vuelven hacia él, expectantes. —Una de las doncellas del castillo es sobrina de mi esposa —continúa con tono triunfal—. Y me ha contado un secreto que cambiará el curso de esta farsa de reinado. Hace una pausa dramática an
Alejandro y su tropa retoman el camino. La brisa de la madrugada es fría, y el cielo, teñido de tonos violáceos y anaranjados, anuncia un día despejado. Sin embargo, la tranquilidad del paisaje contrasta con la tensión que se respira en el grupo. El Rey cabalga al frente, con la vista fija en el horizonte. Su armadura, aunque ligera para el viaje, resplandece con los primeros rayos del sol. A su lado, el comandante Fernández, un veterano con cicatrices de múltiples batallas, le informa sobre el progreso del trayecto. —Si el clima se mantiene favorable, podríamos recuperar un día de los que perdimos en el camino —dice el comandante—. Pero aún hay zonas que no conocemos del todo bien. Alejandro asiente sin apartar la mirada del sendero. —No podemos arriesgarnos a otra emboscada. Anoche perdimos dos hombres y varios más resultaron heridos. Debemos mantenernos alerta. A sus espaldas, los soldados cabalgan en formación. Algunos conversan en voz baja, otros revisan sus armas o beben de
El viento helado silba entre los árboles mientras Alejandro y su ejército avanzan con cautela por el estrecho sendero del bosque. La luna, oculta tras gruesas nubes, apenas ilumina el camino, y la única certeza que tienen es que más adelante los espera el enemigo. Uno de los exploradores regresa al galope, su respiración agitada por la carrera. —Majestad, los hemos avistado —informa con voz tensa—. Se han fortificado en la colina y nos esperan. Están preparados. Alejandro aprieta la mandíbula. Lo habían anticipado. Aquel grupo no era una patrulla desorganizada; habían previsto su llegada y los aguardaban con estrategia. —¿Cuántos son? —pregunta con calma, aunque la tensión se refleja en su mirada. —Al menos el doble de los nuestros, mi señor —responde el explorador—. Y han colocado obstáculos en el sendero. Alejandro evalúa la situación rápidamente. Podrían rodearlos, pero eso implicaría adentrarse más en el bosque y arriesgarse a otra emboscada. Podrían atacar de frente, pero e