Me despedí de la joven, la cual estaba muy agradecida. Sus ojos azules lo reflejaban y sus palabras también. Salí del supermercado con las bolsas en mano, miré el estacionamiento en busca de un taxi y en su lugar encontré a Austin en un coche, en la parte trasera, con la ventanilla abajo. Ladeé la cabeza y él solo abrió la puerta. No salió, esperaba que entrara. Y para mí desgracia, eso hice. Las bolsas me pesaban. Me monté a su lado.―Un caballero se hubiera ofrecido ayudarme a cargar las bolsas ―Me crucé de brazos y dejé las bolsas en el medio, como un muro entre nosotros. ―Tenía pensado hacerlo. Pero luego recordé de lo capaz que eres. Hizo el ademán de besarme la mano, pero no sé lo permití. ―¿Cuánto hace que estás aquí?―Hace media hora, le pedí a Kevin y Enrique que me trajeran. Volteé a ver a los asientos del frente y ahí estaban. Me saludaron con timidez, supongo que porque su “jefe” estaba presente. ―Entonces, ¿ustedes llevaban vigilándome desde que salí de la casa y
Abrí los ojos y me costó distinguir lo que era real y lo que no. Se sintió tan vivido, mi corazón, las emociones, el miedo de ser encontrada. El miedo a mi… a mi padre. ¿Yo le tenía miedo? Mantuve mis manos en alto, detallándolas. Eran las mismas manos que sostenían la maleta, las mismas que sostenían el celular con el que hablé con mi amiga. No entendía lo que pasaba, lo que mi mente reprodujo como una cinta de vídeo rayada. ¿Esto era parte de aquello que olvidé? Pero, ¿como hice para olvidar tantos momentos? Intenté acomodar mis ideas. Uno: estaba en uno de los hoteles de la familia de Austin.Dos: estaba huyendo de mi padre. Tres: le tenía un miedo mortal a mi padre. Cuatro: Austin decía la verdad. Si nos conocíamos. Pero, ¿por qué estaba huyendo de mi padre? ¿Qué me hizo escapar del país? Las imágenes volvieron adueñarse de mi mente. Pero, esta vez era diferente. No era un sueño, era como si estuviera invadiendo mi cerebro, abriéndose paso entre mis recuerdos e insertán
En el hospital me colocaron una intravenosa. ¿Para qué? No sé. Pero es como una rutina. Estuvimos como una hora en una habitación, esperando los análisis de sangre y una tomografía. Justo los exámenes que Austin quería que me hicieran. Le explicamos lo sucedido al doctor y ahora simplemente estábamos viéndonos mutuamente. Ah, claro. Me inyectaron algo para las náuseas y los mareos, además de darme un analgésico para el dolor de cabeza. Ahora sí me encontraba como nueva. El único problema: el sueño. Solo Dios sabía que hora de la madrugada eran. Austin también tenía sueño, bostezó un par de veces, pero cada vez que le preguntaba lo negaba. Yo estaba acostada en la camilla y él sentado en la misma, al lado de mi estómago. La puerta se abrió, pero no era el doctor de antes. Era Logan, el director del hospital, amigo de Austin y la persona que me quitó el Xuat. El Xuat… El medicamento que me recetó un doctor de confianza de mi padre… Y yo estaba huyendo de mi padre hace años… U
El cielo seguía oscuro y el clima estaba cien veces más frío, lo que reafirmaba que era de madrugada. ―Llévanos a la Casa Madre ―Le pidió Austin al chófer. ―¿Qué? ¡No! Yo quiero ir a mi casa a dormir. ―Vas a dormir en mi casa hasta que te recuperes ―demandó―. No puedes estar sola si vas a estar sufriendo ataques.―¡No fue un ataque! Solo un dolor repentino que se va tan rápido como llega. ¿Qué importa si estás conmigo o no? No es como si pudieras hacer algo si estás acompañándome. Los doctores no pueden, tú menos. Solo tengo que esperar que se me pase. El auto arrancó. ―Lléveme a mi casa ―terminé de decir. ―No, sigue la ruta ―Le exigió Austin. ―¡Que me lleve a mi casa o detenga el coche!―¡Sigue conduciendo! ―ordenó. Vi el momento exacto en que la cordura del chófer se quebró. Detuvo el coche de golpe y soltó un gruñido desesperado y frustrante. Salió del coche azotando la puerta y se alejó unos metros de nosotros, hasta que ya no pudimos oír sus gritos. Nos quedamos ob
Tres días. Pasaron tres días y Austin no se disculpó. Y si esperaba que yo lo hiciera, pues, se jodió. Yo puedo ir a dónde quiera y no le debo pedir permiso. No era mi dueño. Era incómodo, cada vez que tocaba el timbre por las noches. Yo lo dejaba pasar y él se inventaba cualquier tarea por realizar hasta que llegara la hora de dormir. Cada quien hacía sus cosas por su lado. Teníamos que seguir nuestro trato. El mismo trato que él llamó “infantil”. No nos hablábamos, no teníamos sexo y cada vez que estábamos en la misma estancia, automáticamente poníamos gestos de malhumorados. Nuestra rutina diaria. Esa noche me había metido a la cama temprano y dispuesto a dormir. Austin se echó bruscamente de su lado de la cama. ¿Y si lo mandaba a dormir al sofá? Ninguno dijo nada. Yo estaba de lado, viendo al closet. Hice el esfuerzo por dormirme, pero sentía una pesadez en el ambiente y una presión que no me dejaban conciliar el sueño. Pasaron los minutos y pese al silencioso ambiente, l
Amaneció. Amaneció y las cosas estaban tan raras. Un desayuno estaba en la mesita de noche al lado de mi cama. El olor a café me abrumaba. El ambiente se sentía… ligero. Me levanté y cepille mis dientes. Me arreglé y dispuse a comer el desayuno misteriosamente servido. No había ni rastro de Austin. Su lado de la cama estaba bien acomodado y frío. Me tomé mi tiempo comiendo ya que no quería encontrarme con él después de bueno, ya saben… Aún podía sentir una incomodidad en mi entrepierna luego de ser abierta. Me tomé mi ácido fólico y mi sulfato ferroso para combatir la anemia. Salí y encontré mi sala vuelta un asco. Un tornado pasó por aquí y nadie me avisó. Había papeles en el sofá, la mesita de centro, el piso; todo revuelto. Austin estaba en el piso, con una computadora en mano y una taza de café al lado, papeles estaban esparcidos a su alrededor. ―Buenos días, Kari. ¿Cómo amaneciste? Sus palabras me tomaron desprevenida. ¡Me estaba hablando! ¡Me llamó Kari! Ni siquier
Austin me llevaba a rastra tras la sección de empleados. ―¿Qué diablos te pasa? Tropecé, pero sus reflejos fueron más rápido e impidió que chocara contra el suelo. Antes de que pudiera culparlo por mi posible caída o agradecerle por impedirla, me cargó. Me montó sobre su hombro como si fuese un saco de papas. ―¡Austin! Dios mío. ¡Bájame! No me hizo caso y me sacó del supermercado. Lo golpeé en la espalda y no reaccionó. No me respondía. ―Llévenos a esta dirección. Esas palabras no fueron dirigidas a mí. Era un taxi. Le entregó una tarjeta. Me introdujo al taxi como si nada. Ambos íbamos en la parte trasera. ―¿Qué diablos te pasa? ¡No puedes hacer eso, imbécil! ¡Es mi decisión, no tuya! ―despotriqué contra él―. Quiero bajarme. El taxista me miró y estuvo a punto de orillarse, pero Austin le soltó más de quinientos dólares sobre el regazo. Eso lo hizo seguir en movimiento. Apreté los dientes y enterré mis uñas en las palmas de mis manos. Austin podía usar su posición, di
El impacto fue directo a mi ya lastimada espalda y rebotó en mi cabeza. Por un segundo, no sentí nada, luego el dolor se extendió por mis extremidades y sentí la sangre helada. Ruido… había mucho ruido. No sé en que momento los bomberos llegaron. Las sirenas se oigan tan cerca. Intenté levantarme, pero algo me punzada la piel en distintas zonas al realizar el más mínimo movimiento. Solo me quedé viendo el cielo mientras virutas de cenizas caían sobre mí. Tosía, pero no por las cenizas, aún sentía los pulmones inundados de humo y la garganta rasposa.―¡Encontré un herido! Alguien gritaba. La cabeza me empezó a dar vueltas. Me dieron ganas de vomitar. Sin importarme los pinchazos que mi cuerpo recibía, me moví de lado y vomité. ―¡Señorita, señorita! ¿Se encuentra bien? ¿Puede oírme? Un rostro desconocido se me plantó de frente. Tenía traje de bombero. Lo veía como si estuviese hablando desde otra dimensión. ―Voy a cerrar los ojos un rato. ¿Está bien? ―Le dije como si nada. C