El cielo seguía oscuro y el clima estaba cien veces más frío, lo que reafirmaba que era de madrugada. ―Llévanos a la Casa Madre ―Le pidió Austin al chófer. ―¿Qué? ¡No! Yo quiero ir a mi casa a dormir. ―Vas a dormir en mi casa hasta que te recuperes ―demandó―. No puedes estar sola si vas a estar sufriendo ataques.―¡No fue un ataque! Solo un dolor repentino que se va tan rápido como llega. ¿Qué importa si estás conmigo o no? No es como si pudieras hacer algo si estás acompañándome. Los doctores no pueden, tú menos. Solo tengo que esperar que se me pase. El auto arrancó. ―Lléveme a mi casa ―terminé de decir. ―No, sigue la ruta ―Le exigió Austin. ―¡Que me lleve a mi casa o detenga el coche!―¡Sigue conduciendo! ―ordenó. Vi el momento exacto en que la cordura del chófer se quebró. Detuvo el coche de golpe y soltó un gruñido desesperado y frustrante. Salió del coche azotando la puerta y se alejó unos metros de nosotros, hasta que ya no pudimos oír sus gritos. Nos quedamos ob
Tres días. Pasaron tres días y Austin no se disculpó. Y si esperaba que yo lo hiciera, pues, se jodió. Yo puedo ir a dónde quiera y no le debo pedir permiso. No era mi dueño. Era incómodo, cada vez que tocaba el timbre por las noches. Yo lo dejaba pasar y él se inventaba cualquier tarea por realizar hasta que llegara la hora de dormir. Cada quien hacía sus cosas por su lado. Teníamos que seguir nuestro trato. El mismo trato que él llamó “infantil”. No nos hablábamos, no teníamos sexo y cada vez que estábamos en la misma estancia, automáticamente poníamos gestos de malhumorados. Nuestra rutina diaria. Esa noche me había metido a la cama temprano y dispuesto a dormir. Austin se echó bruscamente de su lado de la cama. ¿Y si lo mandaba a dormir al sofá? Ninguno dijo nada. Yo estaba de lado, viendo al closet. Hice el esfuerzo por dormirme, pero sentía una pesadez en el ambiente y una presión que no me dejaban conciliar el sueño. Pasaron los minutos y pese al silencioso ambiente, l
Amaneció. Amaneció y las cosas estaban tan raras. Un desayuno estaba en la mesita de noche al lado de mi cama. El olor a café me abrumaba. El ambiente se sentía… ligero. Me levanté y cepille mis dientes. Me arreglé y dispuse a comer el desayuno misteriosamente servido. No había ni rastro de Austin. Su lado de la cama estaba bien acomodado y frío. Me tomé mi tiempo comiendo ya que no quería encontrarme con él después de bueno, ya saben… Aún podía sentir una incomodidad en mi entrepierna luego de ser abierta. Me tomé mi ácido fólico y mi sulfato ferroso para combatir la anemia. Salí y encontré mi sala vuelta un asco. Un tornado pasó por aquí y nadie me avisó. Había papeles en el sofá, la mesita de centro, el piso; todo revuelto. Austin estaba en el piso, con una computadora en mano y una taza de café al lado, papeles estaban esparcidos a su alrededor. ―Buenos días, Kari. ¿Cómo amaneciste? Sus palabras me tomaron desprevenida. ¡Me estaba hablando! ¡Me llamó Kari! Ni siquier
Austin me llevaba a rastra tras la sección de empleados. ―¿Qué diablos te pasa? Tropecé, pero sus reflejos fueron más rápido e impidió que chocara contra el suelo. Antes de que pudiera culparlo por mi posible caída o agradecerle por impedirla, me cargó. Me montó sobre su hombro como si fuese un saco de papas. ―¡Austin! Dios mío. ¡Bájame! No me hizo caso y me sacó del supermercado. Lo golpeé en la espalda y no reaccionó. No me respondía. ―Llévenos a esta dirección. Esas palabras no fueron dirigidas a mí. Era un taxi. Le entregó una tarjeta. Me introdujo al taxi como si nada. Ambos íbamos en la parte trasera. ―¿Qué diablos te pasa? ¡No puedes hacer eso, imbécil! ¡Es mi decisión, no tuya! ―despotriqué contra él―. Quiero bajarme. El taxista me miró y estuvo a punto de orillarse, pero Austin le soltó más de quinientos dólares sobre el regazo. Eso lo hizo seguir en movimiento. Apreté los dientes y enterré mis uñas en las palmas de mis manos. Austin podía usar su posición, di
El impacto fue directo a mi ya lastimada espalda y rebotó en mi cabeza. Por un segundo, no sentí nada, luego el dolor se extendió por mis extremidades y sentí la sangre helada. Ruido… había mucho ruido. No sé en que momento los bomberos llegaron. Las sirenas se oigan tan cerca. Intenté levantarme, pero algo me punzada la piel en distintas zonas al realizar el más mínimo movimiento. Solo me quedé viendo el cielo mientras virutas de cenizas caían sobre mí. Tosía, pero no por las cenizas, aún sentía los pulmones inundados de humo y la garganta rasposa.―¡Encontré un herido! Alguien gritaba. La cabeza me empezó a dar vueltas. Me dieron ganas de vomitar. Sin importarme los pinchazos que mi cuerpo recibía, me moví de lado y vomité. ―¡Señorita, señorita! ¿Se encuentra bien? ¿Puede oírme? Un rostro desconocido se me plantó de frente. Tenía traje de bombero. Lo veía como si estuviese hablando desde otra dimensión. ―Voy a cerrar los ojos un rato. ¿Está bien? ―Le dije como si nada. C
―Le hicimos unos análisis de sangre y dio positivo. Podemos hacerle un eco para confirmarlo ―ofreció el doctor. Me negué. Miré a Austin y se encontraba en completo silencio, contemplando la pared. ―¡Yo no estoy embarazada! ―Aseguré. ―¿Puede saber cuántas semanas tiene el bebé? ―Interrumpió Austin con preocupación. Temía que el bebé fuese de Williams. Caminó en línea recta, de un lado de la habitación a otro. Alternaba su mirada entre el doctor, mi rostro y mi vientre. Cómo si fuese un enigma. ―Sí, pero necesito realizarle la ecografía para ello ―informó el doctor. Austin posó su mirada en mí y luego en mi vientre. ―Te vas hacer la ecografía.―¡No! Porque yo no estoy embarazada ―hablé con firmeza. Esto debe ser un falso positivo. Seguro quien realizó los estudios me confundió con otra paciente. O el doctor cogió los resultados de otra mujer. ―Revise bien el nombre. Debe decir: Karina Call ―añadí. El doctor estuvo a nada de entornar los ojos, mas se resistió. Con cansan
El rostro de Austin no decía mucho, era un papel en blanco. Sus ojos jamás se encontraron con los míos, estaban fijos en un punto cualquiera del piso. Eso solo me ponía más nerviosa. ―Y… ¿entonces? El doctor suspiró. ―Los resultados son los mismos. El GCH está elevado, es un posible signo de embarazo. ―¿Posible? ¿Qué otra cosa podría significar? Voy a salir de este hospital con más dudas que respuestas. ―Un tumor ―habló con normalidad. Austin fijó sus ojos en mí, con horror. Tragó saliva y se cambió de postura. ―Doctor, ¿qué carajos está diciendo? ¡Ella no va a tener ningún tumor! Primero me dice que podría tener trillizos, ¿y ahora esto? Abrí los ojos hasta más no poder. ―Tri… ¿Qué? ―grité. Austin parpadeó, como si se hubiera dado cuenta del error que cometió.―¡Ni siquiera sabe si estoy embarazada! ¿Cómo carajos van a saber si son trillizos? El doctor hizo gestos con sus manos, indicando que nos calmemos. Pero eso logró enfadarme más. ―¡Oh, Dios mío! ¡Es tu culpa!
Pasé mis manos sobre mi estómago mientras me admiraba en el espejo. Me coloqué de costado para ver mi gordura, pero nada. Estaba plana. Levanté el vestido por encima de mi abdomen. No sentía nada, no me veía diferente. Fui cambiando de posición, intentando ver algo que indicara el fruto creciente en mi vientre. La puerta se abrió y entró Austin. Sus ojos fueron directamente a mi piel descubierta. Me bajé el vestido con prisa, pero era muy tarde, ya vio mis bragas. Carraspeó y desvió la mirada. No con educación, sino como si no le atrajera el verme. ―La policía está aquí; quieren hablar contigo. ―Ya voy ―respondí a secas. Alisé mi vestido, solo para tener algo que hacer y así evitar hacer contacto visual. ―Y quiero hablar con ellos a solas ―exigí. Abrió y cerró la boca. Ladeó con la cabeza y respiró profundo, buscando paz. No respondió, pero sus gestos de impaciencia eran lo mejor que me pasó en el día. Cerró la puerta sin decir más. En minutos me reuní con los policías en