―Le hicimos unos análisis de sangre y dio positivo. Podemos hacerle un eco para confirmarlo ―ofreció el doctor. Me negué. Miré a Austin y se encontraba en completo silencio, contemplando la pared. ―¡Yo no estoy embarazada! ―Aseguré. ―¿Puede saber cuántas semanas tiene el bebé? ―Interrumpió Austin con preocupación. Temía que el bebé fuese de Williams. Caminó en línea recta, de un lado de la habitación a otro. Alternaba su mirada entre el doctor, mi rostro y mi vientre. Cómo si fuese un enigma. ―Sí, pero necesito realizarle la ecografía para ello ―informó el doctor. Austin posó su mirada en mí y luego en mi vientre. ―Te vas hacer la ecografía.―¡No! Porque yo no estoy embarazada ―hablé con firmeza. Esto debe ser un falso positivo. Seguro quien realizó los estudios me confundió con otra paciente. O el doctor cogió los resultados de otra mujer. ―Revise bien el nombre. Debe decir: Karina Call ―añadí. El doctor estuvo a nada de entornar los ojos, mas se resistió. Con cansan
El rostro de Austin no decía mucho, era un papel en blanco. Sus ojos jamás se encontraron con los míos, estaban fijos en un punto cualquiera del piso. Eso solo me ponía más nerviosa. ―Y… ¿entonces? El doctor suspiró. ―Los resultados son los mismos. El GCH está elevado, es un posible signo de embarazo. ―¿Posible? ¿Qué otra cosa podría significar? Voy a salir de este hospital con más dudas que respuestas. ―Un tumor ―habló con normalidad. Austin fijó sus ojos en mí, con horror. Tragó saliva y se cambió de postura. ―Doctor, ¿qué carajos está diciendo? ¡Ella no va a tener ningún tumor! Primero me dice que podría tener trillizos, ¿y ahora esto? Abrí los ojos hasta más no poder. ―Tri… ¿Qué? ―grité. Austin parpadeó, como si se hubiera dado cuenta del error que cometió.―¡Ni siquiera sabe si estoy embarazada! ¿Cómo carajos van a saber si son trillizos? El doctor hizo gestos con sus manos, indicando que nos calmemos. Pero eso logró enfadarme más. ―¡Oh, Dios mío! ¡Es tu culpa!
Pasé mis manos sobre mi estómago mientras me admiraba en el espejo. Me coloqué de costado para ver mi gordura, pero nada. Estaba plana. Levanté el vestido por encima de mi abdomen. No sentía nada, no me veía diferente. Fui cambiando de posición, intentando ver algo que indicara el fruto creciente en mi vientre. La puerta se abrió y entró Austin. Sus ojos fueron directamente a mi piel descubierta. Me bajé el vestido con prisa, pero era muy tarde, ya vio mis bragas. Carraspeó y desvió la mirada. No con educación, sino como si no le atrajera el verme. ―La policía está aquí; quieren hablar contigo. ―Ya voy ―respondí a secas. Alisé mi vestido, solo para tener algo que hacer y así evitar hacer contacto visual. ―Y quiero hablar con ellos a solas ―exigí. Abrió y cerró la boca. Ladeó con la cabeza y respiró profundo, buscando paz. No respondió, pero sus gestos de impaciencia eran lo mejor que me pasó en el día. Cerró la puerta sin decir más. En minutos me reuní con los policías en
―El empresario Williams White, se ha comprometido con la hija del conglomerado Smith; Meredy Smith. Lo han anunciado a través de una entrevista y han invitado a todos, incluida la prensa, a la celebración de su fiesta de compromiso que se llevará a cabo este fin de semana. Pero se deben estar preguntando, ¿el señor Williams White no tenía una señora White? Pues, a escondidas del ojo público se ha divorciado de la hija del Imperio Call. ¿Por qué se han divorciado? Si quieres saber nuestras teorías, sigan leyendo ―narré con rabia para mí misma. Rompí el papel a la mitad, esa mitad se Volvió dos, que siguieron a tres y terminaron siendo un docena. La sangre me hervía y sin poder contenerlo más, grité. ―¡Esos hijos de puta! Ni siquiera fueron capaces de colocar mi nombre. Me redujeron a la “hija de”, “la señora White”. ¡Soy Karina! Me llamo Karina. ―Señora Call, ¿sucedió algo? Apareció una sirvienta en la habitación, vio los papeles rotos sobre la comida y luego a mí. ―Oh, mierda ―
―¿Cuándo nos casaremos? ―pregunté a pesar de haber sido yo la que colocó la condición. ―Mañana ―respondió mientras acariciaba la piel de mi estómago. Sus piernas estaban enredadas con las mías, mi cabeza descansaba en su brazo y mi cabello estaba esparcido por doquier. Nuestros cuerpos desnudos estaban en contacto. Austin besaba mi mejilla repetidas veces. Fue delicado, dulce, a diferencia de otras veces, no se dejó guiar por sus instintos carnales. Estaba embarazada y herida, se aseguró en todo momento de no tocar mi espalda ni de afincarse en ella. Me trató con una gentileza digna de los poemas románticos que se contaban en la época victoriana. ―Pero que sea en privado. Solo nosotros dos y los testigos. ―Por supuesto. O, ¿acaso crees que voy a organizar una ceremonia en menos de un día? Esto no es una película, querida ―Luego de decir esas palabras, levantó las cejas, intrigado―. ¿Tienes pensado en alguien para que sean tus testigos? Lo analicé. Buscaba rostros, nombres, pe
Las palmas de mis manos sudaban y mis pies no se detenían. Los tacones repicaban con cada paso que daba, iba de un extremo de la habitación al otro. Mi vestido blanco era estilo cóctel, me llegaba por encima de las rodillas; sencillo. La parte superior se podría decir que era la más detallada, no tenía mangas, solo una tirita de cada lado que hacía la ilusión de que ayudaba a sostener el vestido, el escote era pronunciado sin llegar a lo vulgar y las telas se cruzaban entre si.Celebraríamos la boda en casa, solo nosotros, los testigos y los empleados. Ah, claro y el juez.Tocaron la puerta de manera sutil, pero estaba tan nerviosa que fue suficiente para hacerme brincar.―Adelante.Enrique abrió la puerta, mas no pasó.―Ya es la hora, señorita.Avancé y tomé el brazo del mayor, é
La solidez con la que mi rostro impactó era cálida, como el fuego. Se separé de un brinco y me encontré con un Austin estupefacto. Lo recorrí con la mirada, estaba descalzo, sin camisa y con solo unos pantalones ligeros. Pero lo más importante es que estaba ileso.―Austin, ¡Dios! ¿Estás bien? ―hablé sobresaltada. La adrenalina fue escapando de mi cuerpo y pude sentir como mi sangre circulaba por mis venas, estaba caliente.Frunció el ceño ante mi actitud, desconcertado.―Karina, ¿qué ocurre?Por su gesto preocupado, no me gustaría saber la imagen que estaba trasmitiendo en estos momentos y la impresión que tendría mi rostro.―La casa… se está incendiando… ―Por la tranquilidad de Austin ya no sabía que tan cierto era.El
Estaba en mi habitación, y no me refiero a la habitación de Austin, sino a la de la casa de mi padre. Usaba un vestido color crema, uno que recordaba muy bien.Tocaron la puerta y no me dieron tiempo a responder, la persona pasó. Cabello rubio ondulado, piel tostada, un ramo de flores blancas en sus manos. Williams. Un Williams más joven y carismático.―Gracias por aceptar nuestro compromiso ―Sus ojos irradiaban felicidad, amor―. Prometo cuidarte y protegerte, darte tu lugar como mi esposa. Jamás te faltará nada y te lo daré todo. Te prometo que serás feliz.Me ofreció las flores y yo las tomé.Todo era tal y como lo recordaba. Pero se sentía tan raro, como si fuera una simulación. Ya que esta fue la única vez que Williams me dedicó esos ojos tan dulces y cálidos. Como si fuese una fantasía.