Donovan —¿Donde carajos está Sofía? —mi pregunta provoca eco en las paredes cuando voy a la salida del lugar. Me importa un pepino los cuerpos que hay en el piso, ninguno para mí vale más que a quien busco. —No lo sé, señor. Solo la vi subirse a un vehículo con el... —Maldit0s los dos. No pueden ni siquiera moverse solos— escupo abriendo la puerta para ir a buscarla. Al parecer no puedo tener ni un minuto de calma porque todo lo arruinan. El hijo de perra de Ronald dejó un maldit0 ejército para que me asesinara. Cincuenta putos millones para quién lograra hacerlo y ni ese incentivo volvió inmortal a su gente. Todos están bajo mis botas, con los intestinos afuera, aunque eso no me genera tranquilidad. Piso el acelerador con mi gente siguiéndome. La policía se oye acercándose y ni los miro yendo por lo que quiero. Me importa un puto saco de estiércol que vengan por quién causó esa masacre. No tengo tiempo para ellos. Intento llamarla y nada me funciona. No puede ser verdad
Donovan.Grace sigue observando la pantalla, pero yo no puedo apartar la vista de esa maldit@. —¿Lo sabías? —su tono es neutral, pero la pregunta me jode. —No. Pero no me sorprende —mi voz es una navaja oxidada. Es como si la piel me ardiera, como si cada músculo se tensara hasta el punto de reventar. Abigail. Una ansiedad absurdamente fuerte me embarga. Veo que se va con ellos y la maldigo. Maldigo tener a alguien con quien pueden joderme. Maldigo sentir que estoy contra el tiempo, pero maldigo más ver que, en efecto, la pista fue usada para sacarla de la ciudad minutos antes de que yo llegara. Golpeo la mesa con el puño. Ni siquiera me doy cuenta de que Grace se sobresalta. No me importa. —Voy a reventarla —mascullo, más para mí que para ella. —¿Y qué harás con Ronald? —Darle un paseo entre las vísceras de su hermana. Mis dedos tamborilean sobre la mesa, lleno mi vaso de licor, un líquido que pierde su efecto, porque el simple odio se adueña de mí. La imagen de
Donovan. Dudo en si ir o enviar a alguien solamente, pero no quiero fallas, así que solo pido que los hombres que quedan me acompañen yendo al sitio de la alarma, piso el acelerador para evitar que se escapen. No me interesa simular sutileza, saben dónde están y que robarme es la peor estupidez que pueden cometer. Desde que bajo, encajo el cargador a mi arma yendo por el primero que veo cargando una de los maletines con parte de mis municiones. De un balazo lo mando al suelo con el cráneo roto, apuntado al siguiente que se esconde, pero de nada le vale cuando los hombres entran por todos lados. Una sombra se mueve en el fondo y sé que pretende escapar, dándome así la ruta por dónde el resto va, por lo que me importa una mierd@ su vida, dejándolo para mis hombres. Me devuelvo al vehículo, ensamblando las partes del rifle de largo alcance con el cual rodeo, sin dejar de ver por la mira por calor. Me muevo con rapidez, piso con cuidado en el suelo arenoso e inestable para ir por q
Donovan. Desde que llego a la estación de policía veo todo con sospecha. Ya sé lo que sigue, como tampoco se me hace extraño que todo lo hagan con rapidez. Se aseguran que no tenga una bala incrustada y me curan en pocos minutos. Al menos la vez anterior disimularon mejor antes de entregarme a los guardias, los mismos que me hicieron la vida más miserable cuando pisé la prisión. Esta vez solo observo cada detalle y recuerdo quién la controla. El olor nauseabundo me regresa a esos días interminables y a esas noches de penumbra, en donde quería arrancar mi cabeza o darme un tiro para acabar con el infierno que cubría mis pensamientos. —Entra— señala el guardia que adentro de la celda me quita las esposas. —Sabes cómo se manejan las cosas aquí, no tengo que decirlo. —Las cosas siempre cambian— declaro para mí mismo. Las peleas para divertir a los amigos del director del reclusorio. Las visitas sorpresa en las noches para los pobres desgraciados que no les queda más alternativa q
Sofía Castel. “¿Qué voy a hacer?”La pregunta se repite en mi cabeza una y otra vez mientras conduzco. Con cada palabra del médico, las opciones se multiplican.Pensé que la prueba estaba defectuosa, pero los análisis no mienten. Lo confirman en lugar de descartar.Donovan no quiere hijos. Lo ha dicho muchas veces. Al menos no ahora, por eso nos hemos cuidado… excepto esa vez.¡Por Dios! ¿Qué voy a hacer?Sus palabras calcinan mi mente con cada metro recorrido. A medida que pasan los segundos, lo siento más mío. Descubro ese deseo de conocerlo y, solo de imaginar que tiene sus ojos o los míos, lo quiero ver.Aún recuerdo el día en que lo conocí en aquella cafetería. Nuestro primer encuentro me hizo pensar que siempre odiaría a la arrogancia personificada que tenía frente a mí. Sin embargo, bastaron solo un par de meses para que esas miradas, tan características de él, despertaran en mí el deseo de descubrir qué secretos ocultaba su silencio.Donovan Hunt, conocido como el Dragón. Un
Sofía Castel. Al bajar los escalones, Phoenix sostiene una taza con café entre las manos, cambia el gesto tenso en cuánto me ve. —¿No es tarde para que salgas? —pregunta mirando su reloj.—Elisa quiere que pase la noche con ella. Hace mucho no voy. —miento.—Pues dile a Elisa también puede ingresar a esta casa. No sólo en la suya se pueden quedar—, deja la taza sobre una mesita. —Si tienes unos minutos quiero que hablemos sobre algo.—¿Ahora? —se me está yendo el tiempo.—Puede ser mañana, si tienes prisa. —comprende. Me da un beso en la frente y pasa de largo. Es un manipulador que sabe cómo actuar para crear culpa en alguien y que haga lo que quiere. —¿De qué se trata? —lo alcanzó en la puerta. Mira arriba de las escaleras y sonríe entrando conmigo. —Tengo diez minutos.Se sienta atrás de su escritorio, sacando un folder negro que abre.—Tienes veintidós años. Sabes cómo llegaste a esta casa. —se refiere a mi adopción. —Sin embargo; debes comprender que has sido una Castel desde
Donovan Hunt “Sofía asesinó a su padre, señor. El clan está bajo ataque.” La garganta me arde al leer las mismas palabras una y otra vez. Algo me impulsa a comprobarlo porque odio las maldit@s mentiras. Pero al intentar salir lo que veo me hace empujar la puerta y cubrirme antes de que la ráfaga de balas arrase con ella. Nunca pensé que esto me pasaría. Probablemente fui ingenuo al creer que una traición nunca llegaría a mi vida. Pero cuando veo a Ronald bajar de su auto con varios sujetos rodeando mi casa, sé que es el momento de actuar. Saco las armas y me preparo antes de abrir la puerta que conecta con el pasillo hacia las escaleras. Me muevo hacia la ventana, en donde escucho las sirenas de las patrullas a lo lejos. Hay varios autos y de cada uno descienden al menos cuatro tipos con armas. Estoy rodeado. Sé que si no salgo muerto, lo haré con esposas. —Necesito que guardes algo por mí. —hablo al tipo al otro lado de la línea que acepta, dando a entender que puede intuir lo
Sofia.La repulsión que siento por mí misma me hace pasar grandes tragos de licor, cuidando de que nadie me vea. Los recuerdos me invaden, pero ya no hay lágrimas. Quizá se debe a que vacié mi alma.Soy físicamente igual, puedo verlo en el reflejo frente a mí, pero ya no me reconozco. Cuatro años han pasado desde esa noche. Tres años, dos meses y diecisiete días desde que crucé la salida de esa cueva debido al acuerdo que hice con Abraham Myers para casarme con su hijo. Estoy fuera, pero no soy libre y tal vez, nunca lo sea. —Levanta la cabeza. Mis ojos se clavan en el dueño de esa voz. —Cinco minutos te pedí. —Vierto todo el licor del vaso en mi boca, antes de volver a mi postura. —¿No puedes vivir ese tiempo sin mí? Me cuelgo del brazo de Dylan, adoptando mi cara más enamorada. Dentro del salón nos esperan sus padres y los socios de la familia, entre los que me sumerjo cómo la pieza de colección que soy para ellos. Me repugnan todos; la forma en que se ríen, como hablan, sus