Dante
Mis dedos se cierran alrededor del respaldo de la silla con fuerza, mis ojos fijos en Elena mientras se aleja. Hay algo en ella que me intriga, algo que me desafía de una manera que no puedo ignorar. Cada intento suyo por escapar, cada palabra rebelde que sale de su boca, solo alimenta el fuego que crece dentro de mí. Ella quiere huir, pero aún no sabe que en este mundo, huir no es una opción.
Es una lección que voy a enseñarle, y de la manera más clara posible.
Me levanto lentamente de mi asiento, caminando hacia ella con pasos medidos. No tengo prisa. No necesito correr. Ella sabe lo que viene, y aunque no lo admite, algo en su mirada me dice que lo sabe. Se tensa, sus músculos rígidos como si estuviera esperando lo peor. Y lo está.
"Elena", digo en voz baja, mi tono es firme pero controlado. "Quisiste huir, ¿verdad?"
Elena gira sobre sus talones, sus ojos desafiantes, pero hay un destello de algo más. ¿Miedo? ¿Ansiedad? No, no es miedo. Es algo más peligroso. Es la resistencia, el orgullo, la necesidad de no rendirse. La miro con intensidad. Si alguien ha estado acostumbrada a pelear por su libertad, esa es ella.
"Lo intenté", responde, su voz temblando ligeramente, pero sus labios curvándose en una ligera sonrisa. Como si lo que acaba de hacer la haya liberado, cuando en realidad acaba de cavar su propia tumba.
Me acerco un paso más, y la escucho respirar, su pecho levantándose con cada inhalación. Está nerviosa, lo sé. Su corazón late con rapidez. Puedo oírlo, incluso por encima del sonido de mi propia respiración. Lo que no sabe es que eso es precisamente lo que quiero.
"¿Sabes lo que pasa cuando alguien rompe las reglas aquí?" le pregunto, mi voz grave, más un susurro que una amenaza. "Hay consecuencias."
Ella no responde de inmediato. Pero sé que está pensándolo. Le gusta desafiarme. Le gusta ponerme a prueba. Pero me subestima si cree que será tan fácil para ella.
"¿Qué piensas que voy a hacer?" le pregunto, aunque la respuesta está clara. Ella me desafió, y ahora le toca pagar el precio.
Ella da un paso atrás, aunque su mirada sigue fija en la mía. Está atrapada en mi dominio, y lo sabe. Pero no se rinde. No todavía.
"¿Crees que me voy a dejar dominar tan fácilmente?", dice con arrogancia, y por un momento, la veo tan desafiante como cuando entró por primera vez en esta mansión.
"Lo harás", contesto. No hay duda en mi voz. "Porque no tienes otra opción."
La tenso con mi mirada mientras la acerco a mí, mi presencia envolviéndola. Estoy tan cerca que puedo oler su perfume, algo suave y dulce, como si estuviera condenada a perderse en este lugar. En mí.
Es un juego que he jugado antes, pero con ella es diferente. Elena tiene algo que los demás no tienen. Su resistencia es su mayor debilidad y su mayor fortaleza. Pero hoy, esa debilidad va a ser su perdición.
En un movimiento rápido, la coloco de espaldas contra la mesa, mi cuerpo presionando el suyo con fuerza, pero sin dejar que el contacto sea más de lo necesario. Solo lo suficiente para hacerle saber que estoy en control.
"Escúchame bien", digo, mi voz baja, casi peligrosa. "Te voy a enseñar una lección, Elena. Y no será fácil."
Siento su cuerpo tensarse, como una cuerda que se está estirando al límite. La resistencia es evidente, pero su respiración se hace más pesada, más profunda. Está luchando consigo misma, y esa lucha es lo que más me excita. No la forzaré a nada que no quiera, pero le haré entender que este es mi mundo. Y aquí, yo soy la única regla que importa.
"¿Vas a pelear contra mí todo el tiempo?", le pregunto, mi boca tan cerca de su oído que puedo sentir su piel temblar. "Porque si es así, esta va a ser una guerra mucho más larga de lo que piensas."
Puedo ver el destello de desafío en sus ojos, el fuego que nunca se apaga. Y aunque intento mantener mi autocontrol, hay algo dentro de mí que se sacude ante ella. Algo que no quiero reconocer, pero que no puedo ignorar.
La quiero.
Pero debo controlarme. No puedo ceder. No quiero ceder.
"Te lo voy a hacer entender", le susurro mientras mi mano sube lentamente por su brazo, deteniéndose en su muñeca. "Porque aquí no hay escapatoria, Elena."
No me importa cuán fuerte sea, cuánto intente rebelarse, porque lo que no sabe es que ya está atrapada. Y yo no planeo dejarla ir.
Es un reto, sí. Pero me gustan los retos. Y ella es el más grande de todos.
Elena no comprende aún que no puede escapar. Cada vez que intenta huir, el destino la arrastra de nuevo hacia mí. Esta vez, no la dejaré escapar. He sido paciente, sí, pero ahora es momento de que aprenda que su voluntad no tiene cabida en este juego. Y este castigo será solo el principio.
No la miro directamente, pero la siento cada vez más cerca, como una fuerza irresistible que amenaza con desbordar el control que tanto me ha costado mantener. Elena no tiene ni idea de lo que está por venir, y no tiene idea de lo que puedo hacer con ella. He dejado claro que ella es mía, pero no, ella sigue intentando desafiarme, como si tuviera alguna posibilidad.
—Estás equivocada si crees que puedes jugar con esto sin consecuencias, Elena. —Mi voz es baja, controlada, un susurro que ella puede sentir como un peso en el aire.
Elena se detiene por un momento, sus ojos ardiendo con algo que no logro identificar. Tal vez es enojo. Tal vez miedo. Quizás un poco de ambos. Pero en sus ojos hay algo más: un desafío. No puedo dejarlo pasar. Se lo he dejado claro varias veces, y cada vez que ella desafía mi control, más crece la necesidad de que entienda lo que significa pertenecer a alguien como yo.
—¿Consecuencias? —Su risa, desafiante, rompe el silencio entre nosotros. —Te equivocas, Dante. Yo no estoy aquí para seguir tus reglas.
Me acerco lentamente, con cada paso el espacio entre nosotros se estrecha, hasta que casi puedo sentir su respiración agitándose en el aire. Mi pulso se acelera, pero no en la forma que ella cree. Es el tipo de tensión que alimenta el juego, que despierta lo que siempre he intentado mantener enterrado. La diferencia entre nosotros es clara: yo soy el que controla. Y hoy, me aseguraré de que lo entienda.
No la toco, pero la sensación de poder sobre ella crece, como un veneno en mi piel. Elena se atreve a mirarme a los ojos, pero yo sé que la batalla ha comenzado, y soy yo quien tiene la ventaja. Cierro los dedos alrededor de su muñeca, la agarro con firmeza, pero no de manera dolorosa. Es un recordatorio. Un recordatorio de quién manda aquí.
—Tienes mucho que aprender —le digo con voz baja, pero cargada de significado.
Elena se tensa, como si fuera a luchar, pero no puede. Y eso es lo que la hace aún más atractiva. La desafío con mi mirada, sosteniéndola en silencio mientras veo cómo el pánico comienza a asentarse en sus ojos, pero también esa chispa de rebeldía que sigue viva. Es una lucha interna que no me cansaré de observar. Porque en el fondo, sé que le gusta este juego tanto como a mí.
—No tienes que hacer esto. —Su voz tiembla, pero es claro que está más enfadada que asustada.
Quiero verla ceder. Quiero verla rendirse. Pero algo dentro de mí me dice que no será tan fácil, y eso, de alguna manera, lo hace más interesante. Me acerco aún más, mi rostro a unos pocos centímetros del suyo. La puedo oler, oler el miedo que se mezcla con algo mucho más potente: deseo.
—¿No tienes miedo? —le pregunto, aunque la respuesta es obvia. Claro que tiene miedo. Pero también tiene algo más, algo que la hace desafiarme. Eso es lo que me tiene atrapado, y lo sé. Porque en su resistencia, en su desafío, es donde está la verdadera tentación.
Elena me mira fijamente, desafiándome de nuevo. Pero esta vez, veo algo más en su mirada. Un fuego que no había visto antes. Tal vez esta guerra no será tan fácil de ganar. Me prometo a mí mismo que no cederé. No puedo. Ella no puede ser más que mi prisionera. Mi lección tendrá que ser más dura, más directa.
—No has visto nada aún, Elena —susurro en su oído, sin dejar de mirarla. Su piel tiembla ante mi cercanía. Ella lo sabe. Yo lo sé.
Ahora, más que nunca, estoy decidido a enseñarle lo que significa pertenecerme. No será fácil, pero nada que valga la pena lo es.
ElenaEl odio es una fuerza peligrosa. Lo sé bien. Lo siento en cada fibra de mi ser cada vez que sus ojos fríos me miran. Dante, el hombre que me arrastró a su mundo, que me metió en la jaula de oro de su mansión, donde todo es lujo, pero nada es realmente mío. Me prometí a mí misma que no me rendiría, que jamás permitiría que me doblegara, aunque su influencia se cierne sobre mí con cada paso que doy.Mi respiración se acelera al pensar en él. Es imposible no estar consciente de su presencia, de cómo se mueve por su propio reino, como si todo en él le perteneciera, incluso a mí. Lo odio, y me detesto por la frágil verdad que sus ojos me han hecho reconocer: no s&
ElenaEl mundo no se cae de golpe. Se desploma en pedazos pequeños, silenciosos, hasta que de pronto te das cuenta de que todo lo que conocías ha desaparecido.—Lo siento, Elena. No hay otra opción.La voz de mi padre se quiebra, pero no es suficiente para que lo perdone. Estoy demasiado ocupada tratando de controlar la sensación de vacío en mi estómago, ese abismo oscuro que se abre bajo mis pies cuando escucho la verdad.—Me estás vendiendo. —Las palabras salen en un susurro, frías y sin vida, como si no las hubiera dicho yo.—Es la única manera de salvarnos.Mis manos tiemblan sobre mi regazo, y un nudo sofocante me aprieta la garganta. Siempre he sabido que la familia Moretti tiene deudas, que la vida de lujo que llevábamos era solo un castillo de naipes a punto de derrumbarse. Pero nunca imaginé que mi propio padre me convertiría en el pago.No me da detalles, pero no los necesito. Todos saben quién es Dante Salvatore. El hombre al que nadie desafía. El líder de la mafia que gob
DanteElena está de pie en el balcón, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada fija en la oscuridad. No intento hacer ruido cuando entro, pero lo siente. Su espalda se tensa, sus hombros se elevan apenas.Es como un animal salvaje, recién capturado. Hermosa, desafiante y llena de un orgullo inútil que solo le traerá problemas.Me apoyo contra el marco de la puerta y cruzo los brazos.—No estás pensando en saltar, ¿verdad?Ella gira la cabeza lentamente, como si le molestara que la interrumpiera en sus pensamientos. Sus ojos oscuros brillan bajo la luz de la luna, desafiantes, llenos de una ira que aún no ha aprendido a esconder.—Depende —responde con voz neutral—. ¿Qué tan alto crees que es?Sonrío.—Suficiente para romperte un par de huesos.—Tal vez valga la pena.La idea me molesta más de lo que debería.—No bromees con eso.Elena me sostiene la mirada, pero esta vez no dice nada. Quizás porque en el fondo sabe que lo digo en serio.No la traje aquí para que se me escape
ElenaLa mansión es una obra maestra de la opulencia. Cada rincón grita riqueza, desde los candelabros de cristal que cuelgan en el techo hasta los suelos de mármol tan pulidos que podría ver mi reflejo en ellos. Pero no me dejo engañar. Todo este lujo no es más que una jaula disfrazada de paraíso.Camino lentamente por los pasillos, con la sensación constante de ser observada. Sé que Dante me vigila, incluso cuando no está presente. Hay cámaras, guardias estratégicamente ubicados, puertas cerradas con códigos que no conozco. No me lo ha dicho abiertamente, pero el mensaje es claro: no hay escapatoria.Me detengo frente a una de las enormes ventanas. La vista es impresionante. Más allá de los jardines impecablemente diseñados, se extiende una vasta propiedad rodeada de altos muros. Y más allá de esos muros… la libertad.Mi mano se apoya en el vidrio frío.Debo salir de aquí.—Bonita vista, ¿no?Me giro de inmediato.Frente a mí, apoyado contra la pared con una sonrisa arrogante, está