Tarde, pero aquí lo tienen. Lamento no estar tan activa, no me he sentido muy bien. Gracias por leer y comentar. Muaaak.
MarinaLas palabras de Fedrico están repitiendose en mi mente como un mantra mientras lo veo.Él va a ayudarme, va a encontrar a Daniel.Ni siquiera lo pienso antes de abrazarlo con fuerza, o intentarlo ya que dentro de un auto es incomodo, cuándo me alejo lo miro a los ojos y trato de proyectar todo mi agradecimiento cuándo le digo:—Gracias.Las lágrimas me corren por las mejillas sin que pueda detenerlas. No sé si confiar en él es un error, pero es lo único que tengo.Él me mira fijamente.—¿Hay algo más que deba saber? Cualquier cosa por pequeña que te parezca puede servir y este es el momento para decirla.Lo pienso por unos segundos pero honestamente no se me ocurre más nada. Ya le he dicho de la deuda, del trato con Salvador y de las llamadas y mensajes. Eso es todo.Y honestamente espero que no haya nada más, porque no creo que pueda aguantarlo.—No —respondo rápido. Tal vez demasiado.—Marina…—No. Por ahora no.Él asiente, pero su mirada me dice que no me cree del todo. No im
SalvadorDesde que recibí ese maldito mensaje, no he podido pensar en otra cosa. "¿Y si estuve equivocados todo este tiempo?" Esa pregunta me carcome el cerebro.}Pero las evidencias son claras, ahí está el hermano de Marina, Daniel, envuelto en todo. Están las transacciones.Los giros de dinero, la conversación haciéndose pasar por inversionistas. Todo. Él es el culpable, el estafador.Pero entonces, porque ya no se siente tan correcto, tan certero como antes.Dios mio siento que estoy envejeciendo años con todo este desastre.Me encierro en mi estudio y enciendo la computadora, decidido a hacer algo que llevo todo el día evitando: Revisar la investigación de Marina.Después de haber recibido el mensaje, le pedí a Alex wue me buscara todo lo que pudiera de los hermanos Del Valle, y aunque este me dijo que necesitaría tiempo, ya me llegó un adelanto y no lo he abierto.—Vamos, joder. Si quiero respuestas tengo que revisarlo—me digo, antes de abrir el archivo.Lo abro, esperando encont
MarinaEste es el desayuno más tenso de la historia.Salvador y Renata están sentados en el comedor mientras les sirvo la comida y ninguno de los dos ha dicho una sola palabra.Ya no se si la rabia es conmigo o es entre ellos, pero lo que sí sé es que la tensión podría cortarse perfectamente con un cuchillo.Es una locura.Estoy a punto de huir hacia la cocina y evitar que en cualquier momento paguen lo que sea que les pasa conmigo cuándo sucede.El sonido seco de la puerta principal estrellándose contra la pared nos hace a todos girar la cabeza al unísono. Estoy terminando de servir el café cuando el estruendo me paraliza. Mis ojos se encuentran con los de Salvador, luego con los de Renata, que frunce el ceño y frunce los labios con desagrado. No pasó ni un segundo más cuando la figura imponente de un hombre mayor irrumpe en la cocina como un huracán.El abuelo de Salvador.—¡¿Cuándo demonios pensabas decirme lo que está pasando?! —ruge el anciano, su rostro rojo de furia, sus ojos
SalvadorLa pantalla del celular aún brilla sobre la mesa. El mensaje de Alex resuena en mi mente como una alarma constante.“El hacker encontró una conexión. Necesito que vengas ahora.”Me levanto de golpe. Ofuscado aún por toda la discusión con mi abuelo. Y, sin embargo, no es eso lo que más me pesa. Es Marina. Su cuerpo encorvado, su expresión herida, la manera en que se interpuso entre nosotros sin titubear. Esa imagen me persigue.Me visto rápido. Mientras abro los botones del abrigo, la cabeza me da vueltas. ¿Qué demonios me está pasando?“Si esto no me lleva a la rata, no sé qué más hacer. Estoy cansado de no saber en quién confiar.”Todavía siento el ardor en la mejilla. No por el golpe del abuelo, sino por la furia contenida, por todo lo que no dije... y por lo que dije. Marina. Su nombre vuelve a cruzarse como una lanza en mis pensamientos. Esa mujer...Camino por la habitación con los puños cerrados, pero el sonido del celular vibrando sobre la mesa me hace girar. Pantalla i
MarinaCamino por el sendero de grava que lleva al extremo del jardín. Federico me espera apoyado contra la verja de hierro. Lleva unas gafas oscuras aunque ya casi no hay sol. No sé si me fastidia su actitud relajada o si la envidio.—Pensé que no ibas a venir —dice, sin moverse.—No tenía otra opción.—digo y estoy por agregar algo más cuando él me interrumpoe.—¿Qué demonios te ha pasado en el rostro?No puedo evitar hacer una mueca porque de hecho e intentado cubrir la marca morada pero sigue viendose.—He tenido un accidente—es todo lo que digo, pero por la forma en que me ve, no me cree.—Claro, un accidente con el puño de alguien.Dejando salir un resoplido decido simplificar las cosas.—Tu abuelo llegó ayer, peleó con Salvador, él fue… horrible, es un hombre horrible y se fueron a las manos, yo solo tuve la brillante idea de atravesarme, pero no es nada.Federico me mira sin poder creer una palabra. Su cara es una mueca de horror pura, antes de dejar salir una maldición.—Marin
Salvador"Haz lo que quieras, Montenegro."Esa frase me persigue mientras subo las escaleras con el estómago revuelto. Cada palabra retumba en mi cabeza como si Marina me la hubiera susurrado justo al oído una y otra vez. Camino directo al estudio, pero al llegar, no soy capaz de quedarme. Me ahoga.Entro a mi habitación, cierro la puerta con un golpe seco y suelto un gruñido que rebota contra las paredes. Me sirvo una copa de whisky, la llevo a los labios, pero no la bebo. La dejo sobre el buró y empiezo a caminar de un lado a otro, como un puto león enjaulado.No entiendo nada. No entiendo por qué siento esto. No es solo deseo. Es rabia. Es frustración. Es esa maldita necesidad de volver a buscarla, de escuchar su voz, incluso cuando me está desafiando. Incluso cuando me está volviendo loco.Marina. Marina con sus respuestas cortantes. Con esa mirada que parece verlo todo. Con ese aire de mujer que ha vivido demasiado para lo joven que es. Me jode. Me jode que me importe.Lanzo la co
MarinaLa frase queda suspendida en el aire como una bomba de tiempo:—Haz lo que quieras, Montenegro.Salvador no dice nada. Su mirada arde, intensa, desbordada. Luego da un paso atrás, gira sobre sus talones y se marcha sin una sola palabra. Escucho sus pasos subir por la escalera hasta desaparecer.IDIOTA. IDIOTA. MIL VECES IDIOTA.¿Cómo demonios se me ha ocurrido decirle tremenda estupidez?Es que no entiendo qué demonios es lo que me está pasando, lo que debía hacer fue mandarlo a volar, decirle que a mi no me iba a besar, que prefiero que me mate, pero entonces eso sería una mentira.Estoy jodida.Termino todo lo que estoy haciendo a la velocidad de la luz y prácticamente corro hacia mi habitación.Cierro la puerta con el corazón en la garganta. Pero las horas pasan y no logro dormir. Me revuelvo en la cama, paso las manos por el rostro, me cubro los ojos, intento respirar. Nada funciona. Hasta que oigo el golpeteo en la puerta. Golpes secos, apurados. Me levanto de un salto, de
SalvadorLa cocina huele a café recién hecho y pan tostado, pero no logra suavizar la tensión que se arrastra como una sombra. Estoy sentado en silencio, con los dedos rodeando una taza que ya se ha enfriado, observando a Marina mientras se mueve con una eficiencia distante. Cada uno de sus pasos es preciso, medido. No hay torpeza, pero tampoco calidez.Me ignora.Me está haciendo la ley del hielo como si fueramos adolecentes.Y no puedo culparla.Desde el incidente con mi abuelo, todo cambió. No solo fue la bofetada. Fue su voz, su defensa, su decisión de ponerse entre él y yo, cuando nadie más lo ha hecho jamás. Y luego, el beso. Esa maldita locura a medianoche. No sé qué fue peor: besarla o que ella me haya rechazado.—Marina—la llamo, pero ella no se gira, por el contrario puedo notar que se endereza en su lugar.—Ya casi está listo el desayuno, señor Montenegro.Nunca, ni en un millón de años, pensé que fuera a molestarme tanto que me llamara de esa forma, pero lo hace.Lo hace y