RUPERTMINUTOS ANTESLa tensión en mi cuerpo no desaparece, estoy ardido, contrariado, por primera vez en la vida, no tengo el control de todo a mi alrededor, y eso me conduce a un desequilibrio, odio sentirme de este modo, porque la confusión nubla el buen juicio y no me puedo permitir ser un hombre débil. Una vez lo fui, nunca más volverá a pasar.—Si sigues con esa actitud de mierda, la vas a perder.Levanto la vista, Bryce está sentado delante de mí, bebiendo un trago.—Quién lo diría, tanto que hace unos días decías que no querías tener hijos, y ahora, tienes al primero.—Y único —rechino los molares—. No habrá más.Una sonrisa burlona se dibuja en sus labios y eso solo me pone de un humor pésimo.—Te dije que cuando conocieras a tu primer hijo, las cosas iban a cambiar, ahora eres padre, de Mateo, ni siquiera se tiene que hacer una prueba de ADN, ambos son como dos gotas de agua —se pone de pie—. ¿Qué hay con Debby Hill? Desde mi panorama, tienes un bebé con la Hill equivocada,
NARRADOR OMNISCIENTELa habitación de Minerva Hill era un caos de cristales rotos, muebles desordenados y cortinas arrancadas de sus amarres, ondeando desmayadas como banderas vencidas. Su respiración era un torrente incontrolable, un río embravecido que amenazaba con llevarla a la orilla del colapso. Sus manos temblaban mientras lanzaba al suelo una figura de porcelana que se estrelló en mil pedazos, cada fragmento rebotando como un eco de su rabia enloquecida.Su hija, Debby, se había equivocado por última vez, ella, a quien había visto como un obstáculo desde el primer momento en el que se dio cuenta de que no la amaba, había crecido dentro de ella por nueve meses, la parió, pero cuando tuvo seis años, se dio cuenta de una cosa; jamás sería lo que ella soñó en una niña. Decencia, elegancia. Clase.No, mientras las demás niñas pasaban tiempo con modistas, tratando de verse bien, su hija, jugaba en el parque llegando toda sucia de lodo y tierra. Debby siempre fue rebelde, decidida, y
DEBBYEl sonido del cierre de la maleta se arrastra como un eco que hace retumbar mi corazón en el pecho. Cada objeto que meto parece un trozo de vida que arrancaba a la fuerza, un pedazo de la rutina que había construido para protegerme, para mantener lejos las sombras del pasado. Miro la cuna donde Mateo, con su cabello dorado, juega feliz con el auto de juguete que Rupert le había dado. El brillo metálico del auto, tan elegante, tan desproporcionado para las manos de un bebé, me recuerda las palabras que Rupert me había dicho con una certeza que me erizó la piel, antes de dejarme en la residencia de Sebas.“Nada le hará falta nunca, a mi hijo”.Jodido cabrón. Pero yo le respondí con firmeza. No necesitaba su caridad, no después de todo. Me he esforzado por ser independiente, por demostrar que puedo mantenerme a flote sin su sombra proyectándose sobre mi vida. —Ya son las últimas, ¡por fin! —dice América al entrar, jadeando pero sonriendo. Sus ojos brillan con ese entusiasmo que so
DEBBY—Detente —logré articular. Empujo su pecho con ambas manos; sin embargo, no me suelta. Su agarre es duro, sólido, rodeando mi cintura como nunca lo ha hecho. Desde que nos conocimos, él siempre dijo que odiaba el contacto físico si no lo pedía, y ahora… esto. Mi pecho sube y baja debido al subidón de adrenalina que recorre mi torrente sanguíneo. Levanto la mirada y me encuentro con los ojos más verdes y gélidos que he visto en la vida. Como ya era de esperarse, no encuentro emoción alguna en él. —¿Qué es lo que piensas? —me acerca más a él. —En que no tienes alma —susurro sin pensar. Al darme cuenta de mi error, trago grueso—. Compórtate como el hombre casado que eres. Por favor. Siento que su mano se desliza por mi trasero; luego le sigue la otra y me deja en blanco por un par de segundos, agarra mis nalgas con posesión. —¿Dejas que Winston toque esto? —me apretuja. Abro los ojos como platos. —Estás casado con… —Débora —finaliza por mí—. Por conveniencia. —N
DEBBYNo puedo apartar mi mirada de Mateo, joder, no es porque sea su madre, o puede que sí, pero es hermoso, América tiene razón, me salen bien los bebés. Mi corazón se colisiona cuando sus ojos verdes se anclan en los míos al tiempo que me sonríe de un modo que me hace olvidar toda la mierda que me rodea.—Te amo tanto —beso sus mejillas, ocasionando que ría—. Eres el bebé más hermoso del universo.Vuelve a reír, detallo su atuendo, la duda de llevarlo a la casa que me vio crecer, me congela, no quiero que Minerva me le haga algo, mucho menos Débora, de hecho, no pienso dejar siquiera que lo miren más de la cuenta. Rupert es un hijo de puta por haber planeado todo esto. Son esta clase de momentos en los que pienso que siempre fue el hombre que no necesité.Mi móvil vuelve a timbrar por octava vez, de soslayo leo el nombre que parpadea y que pienso en bloquearlo, el padre de Mateo no tiene derecho a enfadarse, no después de que me clavara otro puñal por la espalda.—Tu papá es un ton
DEBBYLa sangre se desliza en una delgada línea desde mi mejilla hasta mi barbilla, tiñendo de rojo la pequeña toalla blanca con la que intento detenerla. El espejo del baño refleja mis ojos enrojecidos, rodeados de sombras que hablan de noches de insomnio y días de tensión ininterrumpida. El zumbido en mis oídos sigue, como si el eco del golpe resonara aún, mezclándose con la voz de mi padre y las miradas acusadoras de todos en el vestíbulo.¿Cómo he llegado a este punto, atrapada en una casa que es una prisión disfrazada de lujo? Es un sinsentido; cada paso que doy, cada decisión que tomo, parece empujarme hacia un abismo del que no sé cómo salir.El pomo de la puerta gira de repente, y antes de que pueda decir nada, Rupert entra, su rostro es una máscara de preocupación y furia contenida. Me doy la vuelta instintivamente, apretando la toalla contra mi mejilla, pero la indignación pronto toma el control.—¿Es que te has hecho costumbre entrar sin permiso? —espeto, con el pulso acele
RUPERTDespierto sintiendo que algo anda mal, algo se quiebra en mi pecho y la sensación de haber perdido una guerra, me invade. Maldita sea. Apenas abro los ojos, noto la silueta de alguien a mi lado, su respiración entrecortada y el dulce perfume que, en otro tiempo, deseé, me amargan el día. Antes se sentía bien tocar su piel desnuda por mi objetivo, pero no hoy. Hoy, el simple roce de su cuerpo contra el mío despierta una irritación que me muerde desde dentro.—¿Qué demonios haces aquí, Débora? —Mi voz sale áspera, cargada de un resentimiento que ni yo mismo sabía que existía.La observo con detenimiento, y no dudo en comparar su cuerpo con el de la madre de mi hijo, esa maldita rubia no sale de mi cabeza y no quiero saber la respuesta a eso.Ella se aparta apenas, una sonrisa despreocupada pintada en su rostro, hace que me crispe y quiera asesinarla ahora mismo, ver cómo su pálida piel se torna azul si comienzo a asfixiarla.—¿Qué pregunta es esa, Rupert? Somos esposos —responde,
NARRADOR OMNISCIENTESebastián recorrió con la mirada el interior de la joyería. Era un espacio amplio, iluminado por una luz blanca y fría que hacía brillar los diamantes como estrellas atrapadas en vitrinas de cristal. El aire olía a perfume caro y cuero, y un suave murmullo de conversaciones apagadas flotaba en el ambiente. Sus ojos, atentos y serenos, escudriñaban cada pieza con una meticulosidad calculada. Frente a él, una joven dependienta de cabello rubio recogido en un moño perfecto se inclinó un poco, intentando llamar su atención, mostrando sus pechos, con una sonrisa radiante.Pero de nada sirvió, ya que en su mente solo tenía a Debby, y en el gran paso que iba a dar, había soñado tantas veces con penetrar su cuerpo, que la polla se le ponía dura con solo imaginarlo. —¿Hay algo en particular que esté buscando, señor? —dijo la chica, con voz aterciopelada buscando algún rastro de interés en la expresión de Sebastián.Sin apenas mirarla, él negó con la cabeza, concentrándose