DEBBYVer a Mateo de nuevo hace que mi pecho se hinche de orgullo. Debo admitir que, hasta eso, me salió hermoso. Por breves segundos, me olvido del infierno que estoy viviendo; incluso me olvido de la mirada asesina de América, quien ahora está del otro lado del sofá, viéndome hablar con Ana.—¿Todo bien, niña? —me pregunta en un tono cariñoso, casi como una madre hablando con su hija.—Sí —respondo a secas.Sus ojos marrones detallan mi rostro a detalle. A ella no se le escapa nada.—¿Y dónde está Sebastián? —se inclina hacia adelante, mientras Mateo se sigue inquietando al querer tocarme a través de la pantalla—. No lo veo por ninguna parte.—Está en su habitación de hotel.—¿Y por qué? Para estas alturas pensé que tú y él ya habrían pasado a dormir juntos.Mis mejillas se calientan; si supiera que el único hombre con el que he estado es el padre de Mateo, seguro se infarta.—Mmm, no.—¿Pasó algo entre ustedes? —achina sus ojos—. Lo puedo ver desde aquí en tu mirada; no tienes ese
DEBBYLa rabia de mi madre es tan palpable que asfixia; mis ojos arden al ver cada una de las fotos, trayendo recuerdos que dejé enterrados en el pasado. Mi madre lo sabe, ella está aquí, esto es real. Trato de convencerme de que no me estoy volviendo loca, pero el ardor de mi mejilla me regresa de golpe a la realidad.Levanto la mirada luego de recoger las fotos tiradas en el suelo; no quiero que las vea nadie. De hecho, mi necesidad de quemarlas es grande.—No puedo creer que te atrevieras a regresar a San Francisco —me hace a un lado, pasando sin una invitación.«Y yo no puedo creer que seas tan perra», pienso para mis adentros.Quiero correrla de aquí, pero si algo he aprendido en todos estos años de la mujer que me dio la vida es que con Minerva Hill se debe ir a tientas. Su mente es demasiado maquiavélica, capaz de formular los planes más siniestros para quitar a una persona de su camino, y esa soy yo en estos momentos.—También es bueno verte, madre —ironizo.Sus ojos me fulmin
RUPERTHORAS ANTESMinerva Hill es un maldito alacrán que pienso mantener a raya, una víbora aún peor que la misma Débora. A quien evité en cuanto salí temprano de la mansión; dormir bajo el mismo techo drena mi energía. Pero, aun así, no dije nada acerca de la rubia, no respondí a ningún cuestionamiento que me hizo sobre la especie de relación intermitente que tuvimos hace dos años. Aunque debo admitir que las fotos me trajeron recuerdos que estaba seguro había matado.—No pareces tener buena cara.Levanto la mirada; Bryce llegó a mi despacho hace dos horas, mismas en las que lo he estado ignorando. No se larga, así que dejo de lado la carpeta con el caso que estoy resolviendo.—Di lo que tengas que decir —demando.—No sé de qué hablas —me sostiene la mirada; es el único que lo hace. A los demás, mi presencia suele intimidarlos.—Has estado durante dos horas en silencio, solo viendo los edificios por la ventana. No estás aquí para ser mi guardaespaldas, así que dime lo que tengas que
DEBBYLa lengua de Rupert Jones está invadiendo mi boca. Maldición, no, esto no está pasando. No solo me ha desnudado a la fuerza, sino que ahora me tiene acorralada entre sus brazos. Es enfermo, retorcido; él está casado con mi prima, lo recuerdo, pero cuando su mano se enreda en mi cabello, tirando de él para pasar su atención a mi cuello, mi mente se pone en blanco.Soy incapaz de pensar en una salida. Respiro hondo. Lo peor es que mi cuerpo reacciona ante el suyo, ante sus caricias y voz, como si de verdad yo le perteneciera, cosa que no puede estar más lejos de la realidad. De pronto, levanta mi mentón; la oscuridad de su mirada verde me congela. Veo mi propio reflejo en el salvajismo de sus pupilas.—Saca la lengua —demanda.—No.—Hazlo.Trago grueso, hago lo que me pide. Rupert no pierde el tiempo y se la mete a la boca, mordiendo, succionando con fuerza. Él simplemente está besándome con la boca abierta, al tiempo que sus manos se deslizan por mi cintura, recorriendo mi espald
DEBBYSi pudiera describir este momento de mi vida, diría que es el infierno mismo. Como acto reflejo, me aparto de Sebastián, cortando todo contacto visual con el padre de mi hijo y enfocándome en Débora, quien trae puesto un vestido entallado, largo, con un escote que, a mi parecer, la hace verse vulgar, perdiendo toda la elegancia de una Hill. Algo me dice que mi madre tuvo que ver con la elección; seguro quiere que mi prima me opaque.Los ojos de Débora son voraces; su sed de venganza es tan hostil como su sola presencia.—Hola, prima —me saluda, colgada del brazo de Rupert—. Pensé que no vendrías.Tenso el cuerpo; estoy cansada de tanta mierda.—¿Por qué no lo haría? —enarco ambas cejas con sorpresa—. Después de todo, esta es mi casa.Su sonrisa flaquea, pero recobra la compostura, acercándose más a su marido.«Él es casado, es su hombre», me recuerdo.«Y también dejaste que te follara; debiste haber puesto más resistencia, Debby».Mi mente comienza a jugarme mal; Sebastián salud
RUPERTLa rabia que siento en estos momentos es oscura; me pudre la noche. Oculto mi expresión, mis ojos se vuelven fríos y duros, mis puños se aprietan y la tensión de mi mandíbula es irritante al ver que Winston está tocando a la rubia, besándola como si tuviera todo el derecho sobre ella, como si le perteneciera y fuera de su maldita propiedad. Un instinto asesino que solo tengo cuando se trata de ganar un caso difícil brota de mi sistema.Me pregunto... ¿Cuál sería la mejor manera de matarlo? Apago las voces y borro la presencia de todos; mi atención solo va dirigida hacia ellos. La rubia se separa de él, tratando de disimular su molestia. Una mueca de desagrado, apenas fugaz y visible para los demás, se dibuja en su rostro cuando sus ojos grises se anclan en él.Ella lo está viendo a él, y eso, de alguna manera, me hace enfadar más. Quiero estrangularla; el control sobre mi vida es una necesidad tan apremiante como respirar, y ahora mismo, esta maldita rubia ha destrozado el sist
DÉBORANo debió haber vuelto; solo tenía que hacer una cosa bien: quedarse escondida en el hoyo de donde salió, desaparecer, jamás cruzarse en nuestro camino. Pero no lo hizo. Mi prima tuvo los cojones de aparecer y humillarme como nunca. Esta noche intenté contraatacar, pero mi tío Alejandro estaba tan embelesado con su regreso, con su "princesa", que no funcionó nada de lo que mi tía y yo habíamos preparado para ella.Incluso con el asunto de la cena, mi tía se encargó de ordenar hacer una comida a la que ella fuera alérgica, y no sé cómo, pero mi tío terminó enterándose e hizo una cena especial para ella. Me parece que no se puede confiar ni en la servidumbre; hay algunos que siguen siendo leales solo a mi tío.—Maldita, mil veces maldita —siseó mientras clavo mis uñas en el volante.También fui consciente de lo hermosa que se veía. ¿Por qué siempre se esfuerza por opacarme? No le basta tener a su lado a un hombre apuesto; no, ella ha venido a quitarme todo por lo que he luchado, y
DÉBORANo debió haber vuelto; solo tenía que hacer una cosa bien: quedarse escondida en el hoyo de donde salió, desaparecer, jamás cruzarse en nuestro camino. Pero no lo hizo. Mi prima tuvo los cojones de aparecer y humillarme como nunca. Esta noche intenté contraatacar, pero mi tío Alejandro estaba tan embelesado con su regreso, con su "princesa", que no funcionó nada de lo que mi tía y yo habíamos preparado para ella.Incluso con el asunto de la cena, mi tía se encargó de ordenar hacer una comida a la que ella fuera alérgica, y no sé cómo, pero mi tío terminó enterándose e hizo una cena especial para ella. Me parece que no se puede confiar ni en la servidumbre; hay algunos que siguen siendo leales solo a mi tío.—Maldita, mil veces maldita —siseó mientras clavo mis uñas en el volante.También fui consciente de lo hermosa que se veía. ¿Por qué siempre se esfuerza por opacarme? No le basta tener a su lado a un hombre apuesto; no, ella ha venido a quitarme todo por lo que he luchado, y