DEBBYLa lengua de Rupert Jones está invadiendo mi boca. Maldición, no, esto no está pasando. No solo me ha desnudado a la fuerza, sino que ahora me tiene acorralada entre sus brazos. Es enfermo, retorcido; él está casado con mi prima, lo recuerdo, pero cuando su mano se enreda en mi cabello, tirando de él para pasar su atención a mi cuello, mi mente se pone en blanco.Soy incapaz de pensar en una salida. Respiro hondo. Lo peor es que mi cuerpo reacciona ante el suyo, ante sus caricias y voz, como si de verdad yo le perteneciera, cosa que no puede estar más lejos de la realidad. De pronto, levanta mi mentón; la oscuridad de su mirada verde me congela. Veo mi propio reflejo en el salvajismo de sus pupilas.—Saca la lengua —demanda.—No.—Hazlo.Trago grueso, hago lo que me pide. Rupert no pierde el tiempo y se la mete a la boca, mordiendo, succionando con fuerza. Él simplemente está besándome con la boca abierta, al tiempo que sus manos se deslizan por mi cintura, recorriendo mi espald
DEBBYSi pudiera describir este momento de mi vida, diría que es el infierno mismo. Como acto reflejo, me aparto de Sebastián, cortando todo contacto visual con el padre de mi hijo y enfocándome en Débora, quien trae puesto un vestido entallado, largo, con un escote que, a mi parecer, la hace verse vulgar, perdiendo toda la elegancia de una Hill. Algo me dice que mi madre tuvo que ver con la elección; seguro quiere que mi prima me opaque.Los ojos de Débora son voraces; su sed de venganza es tan hostil como su sola presencia.—Hola, prima —me saluda, colgada del brazo de Rupert—. Pensé que no vendrías.Tenso el cuerpo; estoy cansada de tanta mierda.—¿Por qué no lo haría? —enarco ambas cejas con sorpresa—. Después de todo, esta es mi casa.Su sonrisa flaquea, pero recobra la compostura, acercándose más a su marido.«Él es casado, es su hombre», me recuerdo.«Y también dejaste que te follara; debiste haber puesto más resistencia, Debby».Mi mente comienza a jugarme mal; Sebastián salud
RUPERTLa rabia que siento en estos momentos es oscura; me pudre la noche. Oculto mi expresión, mis ojos se vuelven fríos y duros, mis puños se aprietan y la tensión de mi mandíbula es irritante al ver que Winston está tocando a la rubia, besándola como si tuviera todo el derecho sobre ella, como si le perteneciera y fuera de su maldita propiedad. Un instinto asesino que solo tengo cuando se trata de ganar un caso difícil brota de mi sistema.Me pregunto... ¿Cuál sería la mejor manera de matarlo? Apago las voces y borro la presencia de todos; mi atención solo va dirigida hacia ellos. La rubia se separa de él, tratando de disimular su molestia. Una mueca de desagrado, apenas fugaz y visible para los demás, se dibuja en su rostro cuando sus ojos grises se anclan en él.Ella lo está viendo a él, y eso, de alguna manera, me hace enfadar más. Quiero estrangularla; el control sobre mi vida es una necesidad tan apremiante como respirar, y ahora mismo, esta maldita rubia ha destrozado el sist
DÉBORANo debió haber vuelto; solo tenía que hacer una cosa bien: quedarse escondida en el hoyo de donde salió, desaparecer, jamás cruzarse en nuestro camino. Pero no lo hizo. Mi prima tuvo los cojones de aparecer y humillarme como nunca. Esta noche intenté contraatacar, pero mi tío Alejandro estaba tan embelesado con su regreso, con su "princesa", que no funcionó nada de lo que mi tía y yo habíamos preparado para ella.Incluso con el asunto de la cena, mi tía se encargó de ordenar hacer una comida a la que ella fuera alérgica, y no sé cómo, pero mi tío terminó enterándose e hizo una cena especial para ella. Me parece que no se puede confiar ni en la servidumbre; hay algunos que siguen siendo leales solo a mi tío.—Maldita, mil veces maldita —siseó mientras clavo mis uñas en el volante.También fui consciente de lo hermosa que se veía. ¿Por qué siempre se esfuerza por opacarme? No le basta tener a su lado a un hombre apuesto; no, ella ha venido a quitarme todo por lo que he luchado, y
DÉBORANo debió haber vuelto; solo tenía que hacer una cosa bien: quedarse escondida en el hoyo de donde salió, desaparecer, jamás cruzarse en nuestro camino. Pero no lo hizo. Mi prima tuvo los cojones de aparecer y humillarme como nunca. Esta noche intenté contraatacar, pero mi tío Alejandro estaba tan embelesado con su regreso, con su "princesa", que no funcionó nada de lo que mi tía y yo habíamos preparado para ella.Incluso con el asunto de la cena, mi tía se encargó de ordenar hacer una comida a la que ella fuera alérgica, y no sé cómo, pero mi tío terminó enterándose e hizo una cena especial para ella. Me parece que no se puede confiar ni en la servidumbre; hay algunos que siguen siendo leales solo a mi tío.—Maldita, mil veces maldita —siseó mientras clavo mis uñas en el volante.También fui consciente de lo hermosa que se veía. ¿Por qué siempre se esfuerza por opacarme? No le basta tener a su lado a un hombre apuesto; no, ella ha venido a quitarme todo por lo que he luchado, y
DEBBYMe duele todo el cuerpo, las piernas me siguen temblando y el hormigueo que me recorre no ha parado. Mi corazón sigue latiendo frenético, todo me da vueltas, el miedo me invade y solo quiero que esto se trate de una pesadilla. Mis ojos se llenan de lágrimas, no quiero perder a mi hijo y, por supuesto, no quiero someterlo al rechazo de su propio padre. Ahora mismo, la incertidumbre me asfixia.Luego de que le confesara a Rupert que tengo un hijo de él, corrí al baño y he estado dentro de la ducha por más de una hora.—Joder —rechino los dientes, llena de impotencia.La vaporosa niebla del baño se disipa lentamente mientras me envuelvo en una toalla. La calidez del agua aún se siente en mi piel, pero recordar la mirada fría de Rupert me hace estremecer. Me detengo un momento, contemplando mi reflejo en el espejo empañado. Mis ojos, aún enrojecidos por el llanto, me miran con una mezcla de tristeza y determinación. Todo lo que ha pasado en las últimas horas me ha dejado un nudo en
DEBBYTraición. La primera palabra que me viene a la mente cuando miro a América a lo lejos, hablando con Bryce en la sección de primeros asientos. Fue descuidada, y algo me dice que Bryce y Rupert lo planearon todo.—Ellos son el menor de tus problemas.La voz ronca del padre de mi hijo eriza mi piel. Levanto la mirada; de todos los malditos lugares que hay en el avión privado, se le ha ocurrido sentarse delante de mí, solo para joderme más la vida, y lo está logrando. Decido no responderle; ya no tengo escapatoria, no pude lograr que el diablo viviera en la oscuridad al no saber de la existencia de mi bebé.Ahora, lo que más me preocupa no es lo que él intente hacer conmigo; temo que rechace a Mateo. No quiero que nada ni nadie me lo dañe; eso incluye al idiota de su propio padre. Molesta, me quito el cinturón de seguridad e intento marcharme, pero él tira de mi brazo con tanta fuerza que pienso que me lo arrancará.—Auch —me quejo—. ¿Qué te pasa?—No se te ocurra hacer una tontería
SEBASTIÁNHace más de media hora que salí de la reunión de abogados que habían convocado. El sonido del tráfico de San Francisco es como un eco lejano que me taladra las sienes mientras marco una vez más el número de Debby.Cada tono de llamada que se extiende sin respuesta es una sentencia, un golpe mudo que confirma mis temores. Llegando al hotel, me aflojo la corbata, el aire del lujoso despacho se vuelve denso, cargado de una tensión que parece aferrarse a mi garganta. Finalmente, exhalo un suspiro áspero y dejo caer el móvil sobre la mesa con un ruido sordo.—Maldición —bramo, sintiendo la impotencia de no poder hacer algo con ella estando lejos de mí.La llamada de Debby había llegado horas antes, pude percibir su nerviosismo. Su voz, que tantas veces había sido mi consuelo y mi tormento, ahora sonaba quebrada, llena de una angustia que no pude ignorar. Sus palabras aún retumban en mis pensamientos. No me había dado tiempo para pedirle explicaciones, ni una pausa para que yo pud