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BIENVENIDOS A NEW YORK

"Ring, ring, ring" sonaba la ruidosa alarma del reloj una y otra vez anunciando que el día había llegado. Las chicas corrían de un lado al otro, salían del baño, iban a la cocina, entraban al cuarto, y así cada una se fue vistiendo. Alice, como siempre, usaba un vestido holgado que no reflejaba su figura. Francis llevaba una cómoda braga con zapatos deportivos, mientras que Elizabeth, siempre radiante, optó por unos cómodos jeans con una camisa de tela suave y blazer, acompañados de zapatos blancos.

Ya listas para salir, tomaron el equipaje y bajaron al encuentro con el resto del grupo. Al llegar, la limusina negra que los llevaría al aeropuerto estaba esperando. Los demás estaban colocando las maletas en el portaequipaje, mientras David trataba de zafarse del cuello de Amaranta.

—Buen día —dijeron las chicas.

Inmediatamente, todos voltearon a verlas mientras Amaranta se aferraba más a David.

—"Guau", tú siempre radiante, Eliza, pareces modelo. Siempre captas las miradas de todos, vistes de la mejor forma de acuerdo a la ocasión y logras impactar, por muy sencilla que estés —dijo Jackson.

—Qué exagerado eres, Jackson, estoy normal.

—Entiende, Jackson, que la gente pobre debe hacer algo por tratar de mejorar su presencia. Si no, imagínate, pobre sin familia y mal vestida. Eso es fatal —añadió Amaranta.

—Amaranta, por favor, creo que te estás pasando.

—Tranquilo, Jackson, eso no me afecta en nada porque, para desgracia de muchas, no tengo mucho dinero ni un apellido famoso. Pero tengo belleza, inteligencia, ingenio, buen gusto, buenos modales, voy a Nueva York con el chico más adinerado y codiciado de la universidad, entre otras cosas más que ni todo el dinero del mundo puede comprar —respondió Elizabeth mientras se subía a la limusina.

—Te juro que no la soporto, pero ya llegará el momento de hacerle pagar todo lo que me ha hecho.

—Amaranta, ya no comiences con tus berrinches. Para qué buscas si no tienes cómo lograr ganarle una discusión a Elizabeth.

—No sabía que ahora la defendías, David.

—Te dije que no comiences, Amaranta. Ya basta. Hablamos a mi regreso. No me hagas perder más tiempo —concluyó David mientras se cerraba la puerta de la limusina.

Amaranta, muerta de rabia, se quedó con Nicole viendo cómo se alejaba la limusina, con David y Elizabeth en su interior.

Camino al aeropuerto, conversaban y reían mientras Elizabeth solo miraba por la ventana. David trataba de mantener la conversación con el resto del grupo, pero casi siempre dejaba escapar una mirada. Le intrigaba tanto silencio por parte de Elizabeth. De pronto, no pudo más y decidió llamar la atención de Elizabeth.

—¿Qué hay de interesante en la carretera que no dejas de ver por la ventana? —preguntó David.

—Nada, David, simplemente estoy pensando.

—Me imagino que piensas en lo mucho que te gusta provocar y hacer rabiar a Amaranta.

—Disculpa, ¿qué yo provoqué a la tonta novia? —No me hagas reír.

—Lo digo porque al subirte al auto le dijiste que te venías a Nueva York con el chico más codiciado de la universidad.

—Ok, pues si tanto te afecta, dile a tu estúpida novia que me deje en paz y que se aleje de mí y como consejo que deje de usar tanto peróxido, para que si le queda alguna neurona sana no la pierda.

— ¿Ya comenzaron ustedes dos, será que nunca podrán estar en un mismo lugar sin tener que discutir? Les rogamos que en el avión se mantengan lejos el uno del otro —dijo Alice.

Llegaron al aeropuerto y abordaron el jet. El piloto y las azafatas les daban la bienvenida, todo era lujo. Elizabeth sentía que estaba viviendo la vida de una estrella de cine.

Tomó asiento en una de las ventanas, mientras el avión se posicionaba en la pista y les daban permiso para despegar.

En un momento, el avión salía de la pista y estaban volando rumbo a Nueva York. Elizabeth nuevamente con la mirada perdida en el paisaje, pensaba en todo lo que les esperaba; ansiaba ganar el concurso.

El prestigio que él ganaría traería era inmenso, además añoraba el premio que, claro, sería compartido, pero no tenía ningún problema con eso, ya que todos allí eran sus amigos, a excepción de David al que veía como un oponente, pero a ella le daba igual porque sabía que él lo tenía todo a manos llenas.

—Señorita Elizabeth, aquí tiene una copa del mejor vino —dijo la azafata.

—No, gracias, es usted muy amable, pero es muy temprano para comenzar a tomar.

—No le hará daño, además, el joven David lo mandó abrir especialmente para esta ocasión —insistió gentilmente la azafata.

A Elizabeth no le quedó otra opción que tomar la copa y desde su asiento asintió con la cabeza dando las gracias a David mientras él solo levantaba la copa con una sutil sonrisa.

— ¿Qué vas a decir, Jackson, que decidiste dejar tu asiento para venir a sentarte conmigo?

—Nada, amigo, solo quería hacerte compañía —respondió Jackson.

—Ok, está bien, lo diré —dijo David.

—Y aquí va —murmuró David.

—Soy tu mejor amigo, dime, ¿qué es lo que te está pasando? ¿No me digas que finalmente no solo lograron dominar al engreído, sino que también encontraron las llaves de todas las cajas de seguridad que le pusiste a tu corazón y lo han robado?

— ¿De qué hablas, Jackson? Creo que tomaste mucho vino, amigo, ya no sigas tomando.

—Contéstame algo, ¿cuántas mujeres han pasado por tu vida y por tu cama, David?

—Muchas, mi querido amigo, pero ¿a qué se debe la pregunta y qué tiene que ver con lo que estás diciendo?

—¿Y con cuántas compartiste el vino más caro y de la colección de vinos de tu familia y no solo eso, sino el vino especial que sirvieron en el compromiso y boda de tus padres? Contesta sinceramente porque no solo yo lo noté, Alice también.

—Con ninguna he compartido ese vino, ni siquiera con Amaranta. Es muy especial y no quiere decir que esté pasando algo conmigo y que supuestamente yo me esté interesando en alguien; simplemente me provocó tomarme una copa y la vi a ella y pensé "esa pobre chica jamás ha tenido la posibilidad de probar un vino tan fantástico y sofisticado como este" y decidí compartirlo, eso es todo.

—Sí, claro, el buen samaritano decidió hacer la obra de caridad del día, compartiendo la mejor botella de vino y con mayor valor sentimental con Elizabeth; ahí, mi amigo David, no entiendo por qué te sigues mintiendo.

En ese momento fueron interrumpidos por el capitán, quien anunciaba que pronto aterrizarían en la ciudad de Nueva York.

El avión aterrizó, la puerta se abrió y todos bajaron. Otra limusina los esperaba para llevarlos al Hotel Plaza donde estarían hospedados.

La conversación entre los dos amigos quedó allí, más; sin embargo, las palabras de Jackson estaban clavadas en la mente de David.

Al llegar al hotel, todos bajaron de la limusina a excepción de David, que mientras bajaban el equipaje, él cerraba la puerta esperando que todas las maletas fueran trasladadas a la recepción. Después de eso, David le pidió al chófer que siguiera y se marchó. Todos quedaron intrigados por el comportamiento de David, que le había pasado para que continuara en la limusina y se fuera de esa manera. Todos tenían miles de preguntas en mente, pero nadie pronunció palabra alguna.

Ya en la suite se sentaron a esperar a que David llegara para definir qué habitación tendría cada quien.

Después de una larga espera, David llegó. Al entrar, vio que todos estaban sentados con el equipaje intacto.

— ¿Qué sucede? ¿Por qué están todos aquí sentados?

—Bueno, David, cómo te fuiste sin decir a dónde pensamos que estabas molesto y decidimos esperar a que llegaras para escoger las habitaciones y poder desempacar —contestó Francis.

—Disculpen, es que necesitaba alejarme, caminar y tomar aire. Pueden tomar cualquier habitación; como saben, son 3. Una de ellas tiene tres camas, la otra habitación tiene dos camas y la última, como ya saben, es matrimonial y sobra decir que tienen una cama; ustedes tomen la que deseen.

—Ok David, entonces Alice, Celena y yo estamos en la habitación de las niñas, Jackson y Christopher en la de los niños y Eliza y tú compartirán la matrimonial y sin más que decidir vamos rápido a desempacar que tengo apetito —dijo Francis.

—Hey chicos, ya va, esperen, escuchen, no se marchen. David y yo no podemos compartir habitación, regresen.

Decía Elizabeth, pero haciendo caso omiso, todos se marcharon a sus respectivas habitaciones.

—¡Qué! No me veas de esa manera, no tengo nada que ver con eso, fue tu loca amiga quien hizo la distribución.

—Estoy de acuerdo contigo, creo que Francis se ha enloquecido.

—Bueno, no te preocupes, la cama es muy espaciosa y no tengo ninguna intención de tocarte, así que puedes estar tranquila —dijo David.

Elizabeth agarró su equipaje y continuó hacia la habitación. Cuando abrió la maleta para desempacar, notó que Francis le había colocado la ropa de dormir que dejaba al descubierto el cuerpo de Elizabeth.

Elizabeth respiró profundo y solo sacó la ropa que estaría usando diariamente, la ordenó en el closet y salió para hablar con Francis.

—Francis, me dijiste que me harías el favor de empacar mis piyamas, pero jamás pensé que solo colocarlas las que dejan todo a simple vista, debiste meter las enteras.

—Perdón, Eliza no me fijé, solo abrí la gaveta sin mirar y tomé lo que estaba allí, de verdad lo siento.

—No te preocupes, mañana tendré que comprar algunas, nos vemos en un rato para ir a comer, voy a ducharme.

Elizabeth regresó a la habitación y encontró a David desempacando. Ella lo vio tomar la toalla, la ropa que usaría y se fue al baño.

— ¿Siempre duras tanto tiempo en la ducha? —preguntó David.

— ¿Estabas tomando el tiempo que duraba en la ducha? Bueno, para no incomodarte, la próxima vez entra primero.

—Elizabeth no te tomaba el tiempo, solo buscaba algo de qué hablar, pero está visto que todo lo que hago y digo te ofende. No tengo la culpa de haber nacido en una familia adinerada, creo que deberías ir a un psicólogo para que te ayuden con ese complejo.

— ¿Sabes algo? De todos los idiotas que he conocido en este mundo, tú eres el más grande y detestable.

—Qué mentirosa eres, si acaso has conocido a todos los idiotas de este mundo —respondió David entre risas.

—No te soporto —dijo Elizabeth mientras salía de la habitación.

Al cabo de un rato todos se reunieron para almorzar, la cara de Elizabeth era tan expresiva que difícilmente podía ocultar su molestia por tener que compartir el cuarto con David.

— ¿Qué tal sus habitaciones? —preguntó David.

—Excelente, son muy confortables, no se puede negar que la estadía aquí será muy placentera —contestó Celena.

—Bueno, mi habitación es genial siempre que visitamos Nueva York. Me quedé aquí, no solo se trata de buen gusto, sino que también tiene una cálida sensación de hogar; aunque claro, no puedo mentir, siento miedo de mi compañera de habitación porque me ve de una forma como si quisiera desaparecerme —dijo David en forma de chiste.

Todos rieron ligeramente, mientras Elizabeth continuaba comiendo, haciendo caso omiso a los comentarios de David.

Después de terminar el almuerzo, Elizabeth se retiró de la mesa y salió del hotel. Caminó durante horas pensando que justamente ella tendría que compartir habitación con David. Después de ir a una tienda para comprar una pijama, decidió regresar; la noche había llegado y posiblemente todos estarían angustiados porque era tarde y ella había dejado el celular. La puerta de la suite se abrió, Elizabeth había regresado. Al pasar, vio que todos estaban reunidos en la sala de estar. Alice se levantó y le preguntó.

— ¿Dónde has estado? Hace horas que te fuiste y tu celular está apagado.

—Disculpen, salí a caminar y olvidé el celular. Cuando me percaté, la hora se había pasado, luego pasé a una tienda por unas cosas, pero ya estoy aquí.

David, sin pronunciar palabra, se levantó y salió a la terraza. Elizabeth, apenada, dio las buenas noches y se fue a descansar.

Ya en la habitación, Elizabeth se colocó la pijama y se acostó. Al cabo de unas horas sintió que la puerta se abría. Era David, y su corazón latía de una manera como si fuera a salir disparado de su pecho.

Cerró los ojos y fingió estar dormida. David se quitó la camisa, los zapatos, desabrochó su cinturón, tomó una toalla y entró al baño.

Después de media hora salió del baño, lo único que llevaba puesto era un bóxer. Elizabeth no podía creer lo que estaba sucediendo, David estaba a un lado de la cama en bóxer como un modelo de ropa interior y ella allí inmóvil sin saber qué hacer, aunque lo más sensato era seguir fingiendo estar dormida.

Después de unos minutos, David se fue al otro extremo de la cama y sin más se metió bajo las sábanas y se quedó dormido.

Elizabeth no podía dormir, no se movía. Cada vez que hacía el intento de moverse, rozaba el semidesnudo cuerpo de David; así pasaron algunas horas hasta que finalmente Elizabeth se quedó dormida.

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