Luciana durmió profundamente hasta las dos de la tarde. Lo primero que sintió al despertar fue un hambre voraz, casi dolorosa.Amy ya tenía preparada la comida, consciente de que Luciana había estado con náuseas: optó por una gran variedad de platillos, esperando que probara al menos un poco de cada.Al contrario de lo que se temía, Luciana se sentía recuperada y con un apetito tremendo. Todo le sabía delicioso.—Vaya, qué hambre traías —celebró Amy, aunque con cierto recelo—. Come despacio, no te vayas a atragantar. Y que no sea demasiado de golpe, no sea que termines vomitando otra vez.—Tranquila, me siento muchísimo mejor —sonrió Luciana, con las mejillas llenas de comida.Tal cual presentía, no tuvo náuseas. Amy se alegró enormemente.—Entonces ahora sí, a comer bien y descansar, que pronto tendrás la pancita más grande que un globo. ¡Me encanta ver que ya no te sientas mal!Mientras estaban en ello, sonó el timbre de la puerta. Amy fue a abrir y volvió con una cajita en la mano.
Desde el instante en que había vuelto a esta casa, cada encuentro con Alejandro le resultaba sofocante.—Entiendo que estés molesto, pero yo también lo estoy.Cualquier mujer en su sano juicio se sentiría mortificada sabiendo que el hombre con quien vive tiene el corazón puesto en otra persona.—Créeme, yo misma desearía que pudieras quedarte con Mónica y que me dejaras libre, que me permitieras… escapar de todo esto.«Escapar» y «liberarme»…Alejandro sintió una punzada en el pecho, un dolor sordo e indefinible.—Si tanto te tortura, ¿por qué regresaste?—Ja —soltó Luciana con un deje amargo en su voz—. ¿Y por qué no me echas tú mismo?Sus miradas se cruzaron, pesadas de silencio.Él no podía cargar con la culpa de “deshonrar” el mandato de su abuelo.Ella no quería traicionar la confianza de quien la había ayudado.Ambos estaban atrapados en las circunstancias.Finalmente, sin decir palabra, Alejandro salió del estudio.Luciana cerró los ojos y los volvió a abrir, acomodándose nuevam
El chorro frío hizo que Alejandro abriera los ojos de inmediato. Con la mano abierta, se talló la cara y, al enfocar la mirada, lo primero que vio fue el rostro de Luciana, ese rostro de rasgos latinos tan bien definidos.—¿Ya despertaste?Luciana lo miró con sus párpados casi cerrados, manteniendo una expresión inalterable.Alejandro, con un fuerte dolor de cabeza, parecía un poco desorientado. Asintió con cierta torpeza, luciendo casi inocente.—No te muevas —advirtió Luciana—. Si te mueves de más, ¡te vuelvo a echar agua!Como niño asustado, él obedeció al instante y se quedó sentado, sin atreverse a un solo gesto innecesario. Luciana, entonces, le quitó el saco y comenzó a desabotonarle la camisa, dándose cuenta de que también estaba húmeda por el vómito y el agua.—Espera aquí —le ordenó.Fue al baño y regresó con una toalla húmeda, dándole una limpieza rápida para que al menos estuviera un poco más cómodo.—Por ahora, así está bien. Luego, en casa, te darás un buen baño —dijo, mi
Al llegar al despacho del CEO, se topó con Simón, quien se mostró sorprendido y algo apenado.—¡Luciana! ¿Cómo es que viniste sola? Justo estaba por ir a buscarte.—No pasa nada —respondió ella con una sonrisa, bajando la mochila—. Además, sé que andas ocupado. No soy una niña chiquita; puedo venir por mi cuenta.Luego miró a Simón con curiosidad:—¿Todavía sigue la reunión con Alejandro?—Sí, sigue ahí, en la sala de al lado —explicó Simón, señalando con el pulgar hacia una puerta contigua—. Todavía no han terminado.—Bueno, entonces aprovecharé para estudiar un rato mientras lo espero.—Vale —aceptó Simón, fijándose en los gruesos libros de medicina que Luciana sacaba de su mochila. Tenían un montón de términos que él no entendía. Se admiraba de lo preparada que estaba Luciana.Mientras tanto, en la sala de reuniones, las cosas no parecían ir del todo bien. A media junta, Sergio entró un momento por unos documentos, visiblemente serio. Luciana no comprendía de negocios, pero intuía q
Era Fernando. Había venido a reunirse con un cliente y justo bajaba de un restaurante en el piso de arriba.Aunque en realidad no había pasado tanto tiempo desde la última vez que se vieron, en ese instante, para ambos parecía como si hubiese transcurrido una eternidad.Fernando se acercó y, al verlo, Luciana le sonrió con cortesía:—Cuánto tiempo sin vernos.—Sí, mucho —respondió él, sintiendo una dolorosa opresión en el pecho.Después de aquel día, había intentado buscar a Luciana, pero ella nunca quiso volver a hablarle. No le contestaba llamadas ni mensajes. Con este encuentro tan fortuito, temía que incluso lo ignorara. Sin embargo, ella se mostraba tranquila.Fernando señaló la pulsera en el mostrador.—Si te gusta, yo te la compro…—Fernando, no —lo interrumpió Luciana en el acto, deteniéndolo con la mano.Él frunció el ceño, como si quisiera replicar, pero Luciana se le adelantó:—Hoy vine a probarme un vestido de novia.—¿Qué…? —Las palabras no le salían. Fernando se quedó hel
—Luciana… —empezó Martina, sin ánimo de probar un solo bocado. Sacó su celular y se lo extendió a Luciana—. ¿Eres tú la que aparece aquí?—¿Qué cosa? —Luciana tomó el teléfono. En la pantalla se veía un titular de gran impacto que se había vuelto viral. Y, para su sorpresa, ella era la protagonista.“El presidente de Grupo Guzmán anuncia su próximo matrimonio.”Al abrir la nota, no había fotografías, solo un comunicado en el que se declaraba que Alejandro Guzmán iba a casarse pronto con su prometida de la infancia, Luciana Herrera. Nada más, en consonancia con lo discretos que siempre habían sido los Guzmán. Como Miguel ya se lo había advertido, Luciana no se extrañó. Dejó el teléfono a un lado y sonrió.—Pues ahí lo dice claramente: Luciana Herrera… esa soy yo.—¿Y todavía te ríes? —Martina casi se atora del coraje—. ¿De verdad vas a rechazar a Fernando para casarte con él?—Así es —confirmó Luciana.Rosa, que hasta entonces se había mantenido un poco al margen, no aguantó más. Sabía
Al día siguiente, Luciana tenía programada una cirugía dentro de su proyecto de investigación. Su apetito estaba mejor que nunca, comía y dormía bien, y su ánimo era excelente. Sin embargo, esos procedimientos eran largos, y dejó su teléfono guardado en el casillero de la sala de personal, sin que ella se percatara de que no paraba de sonar. Finalmente, la llamada pasó a la línea de Alejandro, quien seguía en el extranjero.—¿Señor Guzmán? Buen día —dijo una voz femenina al otro lado.Era la clínica privada de ginecología y obstetricia.—¿Algún problema? —preguntó él.—Verá, señor Guzmán, la señora Guzmán tiene pendiente su revisión prenatal; debió venir hace dos días, pero no se ha presentado. La hemos llamado sin éxito. Queríamos saber cuándo estará disponible, para reagendar la cita.Alejandro se masajeó las sienes, sorprendido por el motivo de la llamada.—Está bien, entiendo.Colgó y marcó el número de Luciana. Tampoco obtuvo respuesta. Probablemente estaba ocupada, tal vez en ple
—No diría que es “grave” —respondió la doctora Benítez con el ceño fruncido—, pero tampoco es una buena señal. Apenas llevas unos meses de embarazo y te quedan seis o siete más. Si sigues así, no es por asustarte, pero puede volverse muy delicado.El embarazo es todo un reto; antes, se consideraba un camino que te ponía al borde del peligro. Ahora la medicina ha avanzado, pero eso no quita que el cuerpo sufra.—Doctora, díganos qué hacer. Haremos todo lo que nos indique —intervino Martina, dispuesta a acatar las órdenes.La ginecóloga le lanzó una mirada de desaprobación.—¿Y dónde está tu esposo, el señor Guzmán? ¿Qué hace aquí una jovencita acompañándote? ¿Acaso el bebé es solo asunto tuyo?Luciana se quedó callada. Razones para que Alejandro no estuviera… había muchas, aunque la verdadera era que el bebé ni siquiera era de él.—El bebé está más pequeño de lo esperado para su tiempo de gestación… —La doctora Benítez tecleó algo en la computadora y habló largo y tendido—. Te recomenda