capítulo 5

Ari observó la ventana, su mente trabajando a toda velocidad. La idea de escapar por las tuberías de aire en su forma de conejo era tentadora, pero demasiado arriesgada. Una caída desde esa altura sería fatal, incluso para ella. Sabía que tenía que ser cautelosa, planificar cada movimiento con precisión.

Suspiró, consciente de la precaria situación en la que se encontraba. Estaba en "números rojos", como pensaba, sin aliados y rodeada de enemigos. Tenía que jugar sus cartas con inteligencia, usando cada recurso a su disposición.

Se levantó de la cama y comenzó a explorar la habitación, buscando cualquier detalle que pudiera ser útil. Examinó los muebles, las cortinas, las paredes, buscando una posible salida o un arma improvisada. Cada objeto era un potencial aliado o enemigo.

Mientras exploraba, Ari recordó las palabras de Rafael sobre los otros Alfas. La idea de ser compartida, de ser usada como un objeto, le revolvió el estómago. Sabía que no podía permitir que eso sucediera. Tenía que encontrar una manera de escapar, de recuperar su libertad, antes de que fuera demasiado tarde.

La noche transcurrió lentamente, y Ari se mantuvo alerta, escuchando cada sonido, observando cada sombra. Sabía que el peligro acechaba en cada esquina, pero también sabía que no podía dejarse paralizar por el miedo. Tenía que ser valiente, astuta, y aprovechar cada oportunidad que se presentara.

Con el amanecer, Ari se preparó para enfrentar el día. Sabía que sería un día difícil, lleno de desafíos y humillaciones. Pero también sabía que no se rendiría. Lucharí­a por su libertad, por su dignidad, hasta el último aliento.

La mañana llegó con una pesadez opresiva. Ari fue escoltada a un salón más pequeño, pero igualmente lujoso, donde la esperaban los miembros de la manada que Rafael había mencionado. La tensión en el aire era palpable, y Ari sintió las miradas escrutadoras de cada uno de ellos.

Rafael estaba allí, por supuesto, con una sonrisa fría y calculadora en su rostro. A su lado, se encontraban tres Alfas más:

Un hombre de complexión robusta y mirada hosca, que parecía irradiar una aura de pura fuerza bruta.

Otro, de rasgos afilados y ojos penetrantes, que observaba a Ari con una curiosidad depredadora.

Y un tercero, de actitud más relajada, pero con una sonrisa que no inspiraba confianza.

Además de Theron, había otro Beta, una mujer de mirada dura y expresión severa, que parecía ser la mano derecha de Rafael.

Rafael se dirigió a Ari, su voz resonando en el silencio del salón.

—Omega, permíteme presentarte a los miembros de nuestra manada. Ellos, al igual que yo, compartirán tu... compañía—

La forma en que pronunció la palabra "compañía" hizo que a Ari se le helara la sangre. Era evidente que no se refería a una simple convivencia, sino a algo mucho más siniestro.

Los Alfas la observaron con una mezcla de deseo y posesividad, mientras que los Betas la miraban con desprecio y hostilidad. Ari mantuvo la cabeza en alto, negándose a mostrar miedo o debilidad.

—No compartiré nada con ustedes —declaró, su voz firme y clara—No soy una posesión para ser compartida—Replico

Rafael soltó una carcajada, un sonido que resonó en el salón.

—Oh, Omega, qué testaruda eres. Pronto aprenderás tu lugar—

La tensión en el salón era palpable, y Ari sabía que estaba jugando con fuego. Pero no podía, no quería, someterse a ellos. Prefería morir antes que permitir que la trataran como a un objeto.

Rafael, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos, hizo un gesto hacia los demás miembros de la manada.

—Adelante, caballeros, preséntense. No queremos que nuestra invitada se sienta incómoda con la falta de formalidades—

El Alfa de complexión robusta dio un paso al frente, su voz resonando con una profunda gravedad.

—Me llamo Borias. Soy el guerrero principal de esta manada— El Alfa de rasgos afilados inclinó la cabeza ligeramente, su mirada fija en Ari.

—Mi nombre es Kael. Soy el estratega de la manada— El Alfa de actitud relajada sonrió, mostrando unos dientes blancos y afilados.

—Me llaman William. Soy... digamos que me encargo de los asuntos más... delicados—

La Beta, con su mirada dura, se presentó con una voz cortante.

—Soy Anya. Soy la segunda al mando después de Rafael.

Rafael volvió a mirar a Ari, su sonrisa ahora más amplia y depredadora.

—Ahora que conocen sus nombres, Omega, espero que se sientan más... cómoda. Aunque dudo que eso sea posible—

Ari mantuvo su mirada fija en Rafael, ignorando a los demás.

—No me siento cómoda en presencia de depredadores—

La tensión en el salón se intensificó, y Ari supo que había cruzado una línea. Pero no le importaba. No se rebajaría a jugar sus juegos.

La sonrisa de Rafael se ensanchó, revelando una crueldad que hizo que el estómago de Ari se revolviera.

—Tiene carácter, sí —dijo, su voz cargada de un tono posesivo—Sería la madre perfecta para nuestros cachorros—

La mención de los cachorros hizo que Ari sintiera un escalofrío. La idea de llevar a sus hijos, de ser la madre de los hijos de esos hombres, era abominable.

—No seré la madre de sus hijos —declaró, su voz llena de desprecio— Prefiero morir— dijo con una sonrisa

Rafael se encogió de hombros, como si la opinión de Ari no tuviera importancia.

—Oh, Omega, no seas tan dramática. Pronto te darás cuenta de que no tienes elección—

Los otros Alfas observaron la escena con una mezcla de diversión y deseo. Parecían disfrutar del tormento de Ari, de su impotencia.

—No me someteré a ustedes —insistió Ari, su voz temblando de rabia—. No seré su esclava.

Anya, la Beta, se acercó a Ari, su mirada llena de desprecio.

—No tienes derecho a hablar así, Omega. Eres una invitada en nuestra casa, y debes mostrar respeto—

—Respeto —escupió Ari—No merecen mi respeto—La tensión en el salón era casi insoportable. Ari sabía que estaba desafiando a hombres poderosos, hombres acostumbrados a la obediencia. Pero no podía, no quería, ceder. Prefería morir antes que permitir que la humillaran.

Sigue leyendo en Buenovela
Escanea el código para descargar la APP

Capítulos relacionados

Último capítulo

Escanea el código para leer en la APP