Aridna: La  Omega rebelde
Aridna: La Omega rebelde
Por: Ivana piet
capítulo 1

El aire en la sala estaba cargado de tensión. Los murmullos de los asistentes se desvanecían en el silencio sepulcral que había tomado el lugar, como si todo estuviera esperando que se sellara el destino de las jóvenes presentes en la subasta. Ariadna Westbrook, conocida como Ari, se mantenía erguida en su lugar, observando la escena con la calma que había aprendido a forjar desde que su vida se había visto marcada por la rebeldía. Sus ojos grises brillaban con una mezcla de frustración y determinación, aunque en su interior la angustia crecía al ver cómo su hermana Bunny era empujada al frente, un objeto más en esa cruel transacción.

Bunny, su hermana pequeña, ni siquiera entendía por qué estaba allí. Ari sabía que su hermana había llegado por temor a seguir sus pasos, a vivir la misma vida de sumisión que la sociedad esperaba de ellas. Bunny nunca había tenido la fuerza para rechazar el destino que su familia había diseñado, pero Ari sí. Y por eso la habían enviado a ese internado para Omegas, para que aprendiera a someterse. Pero, en lugar de eso, Ari había encontrado la manera de ser libre, al menos en su mente.

Era una Omega cambiaforma, una habilidad rara, y más aún en su familia, cuyos lazos con el sistema tradicional eran fuertes. El rechazo al matrimonio arreglado había sido la chispa que encendió la furia de sus padres. El Alfa elegido para ella, un hombre que Ari nunca había deseado, ahora no solo representaba el control de su vida, sino también la amenaza de lo que ella podía llegar a ser.

—La subasta de esta noche tiene mucho potencial —dijo una voz masculina que resonó en la sala, interrumpiendo sus pensamientos. Ari levantó la mirada, viendo cómo los ojos de varios Alfas y Betas se centraban en Bunny. El poder de esos hombres era palpable, tan denso que parecía abrazar el aire mismo.

—Es una buena pieza, joven y dulce... perfecta para un hombre con poder —comentó otro, acariciando su barba con una sonrisa de superioridad.

El corazón de Ari latía con furia, un tambor descontrolado en su pecho. Sentía la presión en las sienes, los dedos crispados hasta casi clavarse en su propia piel. Pero su rostro... su rostro debía ser de piedra. No podía permitirse ni un destello de debilidad. No aquí. No ahora

Ari respiró hondo y, antes de que pudiera detenerse, dio un paso al frente. El murmullo se intensificó, y todos los ojos se volvieron hacia ella.

—Yo tomaré su lugar —dijo con voz firme, clara. El silencio que siguió fue casi ensordecedor, como si nadie hubiera esperado que una Omega se atreviera a desafiar las reglas de esa forma.

Bunny la miró con sorpresa, sus ojos llenos de miedo.

—¡No, Ari! No lo hagas. Ellos... ellos no son como tú crees —susurró, pero Ari no la escuchaba. Ella no iba a dejar que su hermana pasara por lo mismo que ella había tenido que soportar.

El subastador, un hombre vestido de negro con una mirada fría y calculadora, observó a Ari por un momento. Parecía interesado, casi divertido.

—¿Está segura de esto? —preguntó en tono burlón, como si no pudiera creer que una Omega quisiera venderse en lugar de ser comprada.

Ari asintió sin dudar, desafiando la mirada de todos los presentes.

—Lo estoy—

Una sonrisa siniestra apareció en el rostro del subastador, quien levantó la mano para señalar a los interesados en la subasta.

—Entonces, que comience la oferta por esta valiente... o tal vez insensata... Omega. —Dio un paso atrás, permitiendo que la subasta comenzara.

La sala se llenó de murmullos mientras varios hombres comenzaron a pujar por ella. Cada oferta aumentaba en valor, y Ari sentía que una parte de su alma se desmoronaba con cada cantidad que se pronunciaba. Sin embargo, ella no iba a retractarse. Estaba dispuesta a tomar lo que se le ofreciera, incluso si significaba su condena.

De repente, una voz profunda, resonante, cortó el aire.

—Cinco millones—

Todos los presentes voltearon a ver al hombre que había hecho la oferta. Era imposible no reconocerlo: el líder de una de las manadas más poderosas y temidas en toda la región. Su nombre era Rafael Volkov, y su manada estaba formada por Alfas y Betas de una ferocidad insuperable. Nadie osaba desafiarlo. Con una sola mirada, era capaz de destruir la voluntad de los más valientes.

Ari lo miró con una mezcla de desprecio y temor. Su postura era erguida, su rostro impasible, pero en su interior sentía una punzada de alarma. Rafael Volkov no compraba Omegas solo por el placer de poseerlas, sino porque siempre las reclamaba como suyas, de maneras que muchos preferían olvidar. Y si Ari caía en sus manos, su vida no sería más que una sombra de lo que había sido.

El subastador se inclinó ante Volkov, visiblemente complacido por la generosa oferta.

—Vendido, señor Volkov —anunció, mientras Ari se mantenía en silencio, la rabia hirviendo en su interior.

En ese momento, Ari supo que había cruzado una línea sin retorno. Pero no se iba a someter. No ahora. Podía sentir la presión de los ojos de la manada sobre ella, los Alfas y Betas observando con ansias, pero aún conservaba la chispa de rebeldía en su corazón. Aquella era solo la primera batalla, y Ari Westbrook no estaba dispuesta a perder la guerra.

La manada de Volkov la rodeó, pero Ari no se dejó intimidar. Sabía que su lucha por la libertad no había terminado. Ahora comenzaba.

Pero cuando Ari trató de dar un paso atrás, dos sombras se movieron detrás de ella. Manos firmes la sujetaron por los brazos.

—¿A dónde crees que vas, pequeña Omega? —susurró una voz gélida en su oído.

Ari sintió cómo su cuerpo se tensaba. Volkov no era solo un comprador. Era un cazador. Y ella acababa de convertirse en su presa.

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