La manada de Volkov se acercó, el paso de cada uno de los hombres resonando en el suelo con una pesadez palpable. El ambiente, ya cargado de tensión, se intensificó con cada paso que daban hacia Ari. Cinco hombres, contando a Rafael Volkov, la rodearon. Tres de ellos eran Alfas y los otros dos Betas, todos con una presencia tan imponente que casi parecía que el aire se volvía más denso con su cercanía. Y lo más inquietante, todos eran cambiaformas como ella. Ari no podía evitar notar la forma en que sus miradas se deslizaron sobre su figura, con lujuria y deseo evidente. Aunque mantenía su postura firme, una parte de ella se sentía expuesta, vulnerable ante la mirada de aquellos hombres que no veían en ella más que una propiedad para poseer. Sin embargo, Ari sabía que no era una prisionera. No iba a dejar que la domaran tan fácilmente. Rafael Volkov, el líder, observaba la escena con una calma inquietante. Sus ojos, oscuros y penetrantes, se fijaron en Ari con una intensidad que le
La noche envolvía la mansión de Volkov como un manto oscuro, sus ventanales brillando tenuemente contra la penumbra. Ari había sido transportada desde la subasta en un vehículo blindado, rodeada por los miembros de la manada que la observaban con una mezcla de curiosidad y recelo. Rafael Volkov permanecía en silencio, sentado frente a ella, su presencia tan imponente que parecía llenar cada recoveco del espacioso automóvil.Cuando llegaron, Ari no pudo evitar observar la grandeza de la propiedad. No era solo una casa, era un verdadero complejo que se extendía varios hectáreas, rodeado de bosques espesos que parecían custodiar los secretos de la manada. Las construcciones de piedra gris se alzaban como fortalezas, con ventanales que reflejaban la luz de la luna como ojos vigilantes.Un hombre alto, con cicatrices que atravesaban su rostro, se acercó para abrir la puerta del vehículo. Ari reconoció su postura: era un Beta, el segundo al mando después de Rafael. Sus ojos, de un color ámb
Rafael se echó a reír, un sonido frío que resonó en el gran salón. Sus ojos brillaron con una mezcla de burla y desafío mientras observaba a Ari.—Puedes tener la libertad que deseas, Omega —dijo, su voz cargada de ironía—. Todo lo que tienes que hacer es someterte a mí.La propuesta pendía en el aire, pesada y opresiva. Ari sintió la mirada de todos los presentes sobre ella, esperando su respuesta. Sabían que era una trampa, una forma de doblegarla y someterla a la voluntad del Alfa.—¿Someterme? —repitió Ari, su voz un susurro cargado de desprecio—. ¿A ti?—A mí, a la manada —corrigió Rafael, su sonrisa mostrando los dientes—. A nuestro modo de vida.—Tu modo de vida es una jaula dorada —espetó Ari—. Una prisión para aquellos que temen ser libres.Rafael se acercó a ella, su presencia imponente llenando el espacio entre ellos.—No conoces el significado de la libertad, Omega —gruñó—. La verdadera libertad reside en la fuerza, en el poder que otorga la manada.—Tu poder es una ilusió
Ari observó la ventana, su mente trabajando a toda velocidad. La idea de escapar por las tuberías de aire en su forma de conejo era tentadora, pero demasiado arriesgada. Una caída desde esa altura sería fatal, incluso para ella. Sabía que tenía que ser cautelosa, planificar cada movimiento con precisión.Suspiró, consciente de la precaria situación en la que se encontraba. Estaba en "números rojos", como pensaba, sin aliados y rodeada de enemigos. Tenía que jugar sus cartas con inteligencia, usando cada recurso a su disposición.Se levantó de la cama y comenzó a explorar la habitación, buscando cualquier detalle que pudiera ser útil. Examinó los muebles, las cortinas, las paredes, buscando una posible salida o un arma improvisada. Cada objeto era un potencial aliado o enemigo.Mientras exploraba, Ari recordó las palabras de Rafael sobre los otros Alfas. La idea de ser compartida, de ser usada como un objeto, le revolvió el estómago. Sabía que no podía permitir que eso sucediera. Tenía
Rafael sonrió con suficiencia, su mirada recorriendo el rostro desafiante de Ari. —¿Aún no lo entiendes, Omega? —preguntó con un tono de falsa sorpresa—. Estás aquí porque eres una Omega excepcional. Una Omega con un espíritu indomable, una rareza en estos tiempos. Hizo una pausa, dejando que sus palabras resonaran en el salón. —Mi manada necesita una Omega. Una que nos recuerde constantemente nuestro poder, nuestra fuerza. Y tú, Ari, tienes el potencial de ser esa Omega.— Se acercó un paso, su presencia imponente llenando el espacio entre ellos . —Pero para eso, debes someterte. Debes aceptar tu lugar. Aquí, la libertad se gana con la lealtad y la obediencia. Y tú, mi querida Omega, tienes mucho que aprender sobre ambas. Su mirada se endureció ligeramente. —Además —añadió con un tono más bajo, casi como un secreto compartido—, tu desafío de anoche... despertó mi interés. Una Omega que se atreve a enfrentarse a un Alfa como yo... eso es algo que no se ve todos los días.
Rafael sintió cómo la ira le recorría las venas, ardiente y feroz. Su mandíbula se tensó mientras sus ojos se clavaban en Ari con una intensidad abrumadora.—Dilo otra vez —exigió, su voz baja pero cargada de una furia contenida.Ari sintió un escalofrío recorrer su espalda. Por un momento, pensó que él se burlaría, que usaría su dolor en su contra, pero lo que vio en su mirada no era burla ni menosprecio… era algo mucho más oscuro.—Fui violada —susurró, sintiendo su garganta cerrarse.El aire en la habitación pareció volverse más denso.Rafael cerró los ojos por un breve instante, como si intentara contener al lobo salvaje que rugía dentro de él. Pero no podía. La bestia quería sangre. Quería venganza.Cuando volvió a abrirlos, su mirada ardía con un fuego peligroso.—¿Quién? —preguntó, su voz ronca, grave, casi un gruñido.Ari lo miró fijamente. Por primera vez, vio al Alfa en su forma más pura. No como un hombre arrogante que quería someterla, sino como una fuerza de la naturaleza
Ari caminó detrás del doctor Vargas, sintiendo cada músculo de su cuerpo tenso mientras se dirigían a la pequeña clínica dentro de la mansión. Rafael la seguía en silencio, pero su presencia era imposible de ignorar.Al llegar, Vargas abrió la puerta y le hizo un gesto para que pasara. La habitación era cálida, con luz tenue y un aroma a hierbas que resultaba sorprendentemente relajante.—Siéntate, Ari —dijo el doctor con voz suave, indicándole la camilla.Ella obedeció, evitando mirar a Rafael, quien se quedó de pie cerca de la puerta, con los brazos cruzados y la mandíbula tensa.Vargas tomó asiento frente a ella y abrió su carpeta.—Voy a hacerte algunas preguntas antes de los análisis, ¿de acuerdo?Ari asintió, aunque su cuerpo se mantenía rígido.—¿Cuándo fue la última vez que… pasó? —preguntó Vargas con tacto.Ari respiró hondo.—Hace un mes.Rafael cerró los ojos un segundo, como si esa confirmación le encendiera aún más la furia contenida.Vargas anotó en su hoja.—Está bien.