capítulo 2

La manada de Volkov se acercó, el paso de cada uno de los hombres resonando en el suelo con una pesadez palpable. El ambiente, ya cargado de tensión, se intensificó con cada paso que daban hacia Ari. Cinco hombres, contando a Rafael Volkov, la rodearon. Tres de ellos eran Alfas y los otros dos Betas, todos con una presencia tan imponente que casi parecía que el aire se volvía más denso con su cercanía. Y lo más inquietante, todos eran cambiaformas como ella.

Ari no podía evitar notar la forma en que sus miradas se deslizaron sobre su figura, con lujuria y deseo evidente. Aunque mantenía su postura firme, una parte de ella se sentía expuesta, vulnerable ante la mirada de aquellos hombres que no veían en ella más que una propiedad para poseer. Sin embargo, Ari sabía que no era una prisionera. No iba a dejar que la domaran tan fácilmente.

Rafael Volkov, el líder, observaba la escena con una calma inquietante. Sus ojos, oscuros y penetrantes, se fijaron en Ari con una intensidad que le heló la sangre. Con un gesto de su mano, ordenó a los otros miembros de la manada que se alejaran, dejándola frente a él, sola.

—Eres valiente, por no decir tonta —dijo Rafael, su voz profunda y grave, como un eco que reverberaba en los rincones de la sala. Se acercó a ella lentamente, sus ojos fijos en los suyos—. Pero valiente o no, aquí no haces las reglas.

Ari lo miró de frente, sin titubear. Sabía que la intimidación era una táctica que Volkov usaba con todos, pero no iba a ceder a su poder tan fácilmente.

—No me importa lo que creas —respondió con firmeza, su voz resonando en el mismo tono desafiante—. No me someteré a ti. No me someteré a ninguno de ustedes.

Los otros hombres de la manada observaban en silencio, expectantes. Sus miradas eran casi como cuchillos, deseando ver cómo Ari cedía al poder de Rafael, pero ella no flaqueó.

Rafael, sin embargo, sonrió con una mezcla de diversión y desconcierto.

—Tienes carácter —dijo, caminando alrededor de ella con una postura predatoria, como un lobo que acecha a su presa—. Pero eso no cambiará el hecho de que eres mía ahora, querida. Y te aseguro que aquí, las reglas las hago yo.

Ari apretó los dientes, sintiendo la presión de la manada alrededor de ella, pero aún así, no se permitió quebrarse. Sabía que su lucha apenas comenzaba. No iba a permitir que la redujeran a un objeto, no importaba cuán poderosa fuera la manada de Volkov.

El líder se detuvo frente a ella, sus ojos estudiando cada rasgo de su rostro con atención.

—Habrá mucho que enseñar, eso está claro —murmuró con una sonrisa torcida, pero en su mirada había algo más que simple posesión. Era un desafío, un reconocimiento de que Ari no sería fácil de dominar.

Ari se tensó, pero mantenía la mirada fija en Rafael, sin mostrar el más mínimo signo de debilidad. Sabía que sus verdaderos desafíos estaban por venir, pero ahora, más que nunca, entendía que la libertad era algo que no podía ser negociado. Ella iba a luchar por ella, sin importar las consecuencias.

— ¿Enseñar? — cuestionó Ari, mirando al enorme hombre que tenía frente a ella. Su voz salió fría, desafiante, como si no pudiera creer lo que estaba oyendo. Sus ojos grises se clavaron en los de Rafael Volkov, buscando cualquier indicio de debilidad en su mirada.

Rafael se detuvo en seco, observando su rostro con una leve sonrisa que no llegaba a los ojos.

— Sí, enseñar —respondió él, su tono grave como si estuviera hablando de algo completamente natural. Dio un paso hacia ella, su presencia imponente llenando el espacio, pero Ari no retrocedió ni un centímetro.

— Pensé que lo tenías claro —continuó Rafael, inclinándose ligeramente hacia ella, asegurándose de que sus palabras se escucharan claramente—. Pero parece que te falta comprender cómo funciona este mundo, pequeña Omega. Aquí, los Alfas gobiernan. Y tú… tú aprenderás lo que significa ser parte de esto. Lo que significa ser mía.

Ari mantuvo la mirada fija, sus puños apretados a los costados. No quería darle el placer de ver cómo su corazón latía más rápido, de percibir la creciente furia dentro de ella.

— No soy un perro que puedas adiestrar, Volkov —respondió con dureza. Cada palabra salía con una determinación feroz, como si estuviera dejando en claro que no cedería.

Los otros miembros de la manada, los cuatro Alfas y los tres Betas, observaban en silencio, como si esperaran una reacción de Rafael. Sin embargo, él no parecía enojado. Más bien, su sonrisa se amplió, como si hubiera encontrado en Ari algo que lo intrigaba.

— ¿No lo eres? —preguntó, más para sí mismo que para ella. Luego, dio un paso atrás, mirando a los demás de la manada, como si el desafío de Ari solo lo hubiera divertido más.

— Tendrás que demostrarme que no lo eres. Y créeme, quiero ver hasta dónde estás dispuesta a llegar para evitarlo—

La tensión en el aire se volvió más densa, como una cuerda a punto de romperse, pero Ari sabía que, mientras estuviera de pie, aún no se había rendido. Y no lo haría, no frente a él, no frente a ellos.

Sigue leyendo en Buenovela
Escanea el código para descargar la APP

Capítulos relacionados

Último capítulo

Escanea el código para leer en la APP