capítulo 3

La noche envolvía la mansión de Volkov como un manto oscuro, sus ventanales brillando tenuemente contra la penumbra. Ari había sido transportada desde la subasta en un vehículo blindado, rodeada por los miembros de la manada que la observaban con una mezcla de curiosidad y recelo. Rafael Volkov permanecía en silencio, sentado frente a ella, su presencia tan imponente que parecía llenar cada recoveco del espacioso automóvil.

Cuando llegaron, Ari no pudo evitar observar la grandeza de la propiedad. No era solo una casa, era un verdadero complejo que se extendía varios hectáreas, rodeado de bosques espesos que parecían custodiar los secretos de la manada. Las construcciones de piedra gris se alzaban como fortalezas, con ventanales que reflejaban la luz de la luna como ojos vigilantes.

Un hombre alto, con cicatrices que atravesaban su rostro, se acercó para abrir la puerta del vehículo. Ari reconoció su postura: era un Beta, el segundo al mando después de Rafael. Sus ojos, de un color ámbar intenso, la examinaron con una frialdad calculadora.

—Sígueme —ordenó Rafael, sin siquiera mirarla directamente.

Ari apretó los puños. Sabía que cada movimiento, cada respuesta, sería evaluado. No iba a darles el placer de verla doblegarse.

El interior de la mansión era tan impresionante como su exterior. Muebles de roble oscuro, cuadros que parecían retratar antiguas batallas de manadas, pieles de animales que cubrían los suelos. Todo hablaba de poder, de una historia de dominación que se extendía más allá de lo que Ari podía imaginar.

Rafael la condujo a una habitación que parecía ser su estudio personal. Libros antiguos se amontonaban en estanterías de suelo a techo, y un gran escritorio de madera ocupaba el centro. Mapas y documentos se extendían sobre su superficie, algunos marcados con símbolos que Ari no reconocía.

—Siéntate —dijo Rafael, señalando una silla frente al escritorio.

Ari no se movió.

Una sonrisa irónica se dibujó en los labios de Rafael.

—¿Vas a hacer esto difícil? —preguntó, más como una afirmación que como una interrogante.

—Siempre —respondió Ari, su voz un desafío directo.

Rafael se acercó a ella, su altura dominándola por completo. Ari pudo sentir su aroma: una mezcla de bosque, cuero y algo más primitivo, casi salvaje. Un aroma de Alfa que normalmente habría hecho que cualquier Omega se estremeciera de sumisión.

Pero no ella.

—Tienes dos opciones —dijo Rafael, su voz un susurro que resonaba con autoridad—. Puedes cooperar y hacer que esto sea más fácil para ambos, o puedes resistirte y descubrir lo que significa desafiar a una manada como la mía.

Ari lo miró directamente a los ojos.

—Prefiero la segunda opción —respondió.

Lo que ninguno de los dos sabía en ese momento era que esta batalla apenas comenzaba, y que las consecuencias de su enfrentamiento irían mucho más allá de lo que cualquiera de ellos podía imaginar.

La primera noche en la mansión de Volkov fue como caminar sobre un campo de batalla silencioso. Ari fue conducida a una habitación que, a pesar de ser lujosa, se sentía más como una celda elegantemente decorada. Grandes ventanales con barrotes ocultos tras cortinas de seda, muebles de madera oscura que parecían tallados para intimidar, y una cama tan grande que podría albergar a varios hombres.

Rafael no había dicho más después de su breve encuentro en el estudio. Simplemente había dado una orden a uno de los Betas para que la llevara a su habitación. Ari sabía que la estaban observando. Podía sentir las miradas a través de las paredes, la vigilancia constante de una manada que no estaba acostumbrada a ser desafiada.

Cerca del amanecer, un ruido extraño la despertó. No era un sonido humano, sino algo más primitivo. Un aullido distante que parecía provenir de los bosques que rodeaban la mansión. Un llamado de los cambiaformas que marcaba territorio.

Ari se levantó, consciente de que su propia capacidad de cambiaforma era diferente. No era como la de los Alfas tradicionales. Ella podía transformarse de maneras que otros consideraban anómalas, casi prohibidas en el estricto código de las manadas.

Un golpe suave en la puerta la sacó de sus pensamientos.

—Adelante —dijo, sabiendo que no tenía sentido fingir que podría impedir la entrada.

Era Rafael. Su presencia llenaba la habitación incluso antes de que cruzara el umbral. Vestía ahora ropa más informal: un suéter negro que marcaba los músculos de sus hombros, pantalones que sugerían una movilidad felina.

—Tenemos que hablar —dijo sin preámbulos.

Ari levantó una ceja.

—¿Sobre qué? ¿Mis opciones de sumisión?

La risa de Rafael fue más un gruñido contenido.

—Sobre por qué una Omega como tú está tan lejos de ser típica—

— recién se dio cuenta eso Alfa — se burlo

La mirada de Rafael se oscureció, un destello de furia apenas contenido cruzando sus ojos.

—No me tientes, Omega. No estás en posición de burlarte.

—¿Y tú sí? —replicó Ari, cruzándose de brazos—. Eres el gran Alfa, el líder de esta manada de lobos salvajes. Pero no eres más que un hombre asustado, temeroso de lo que no entiende.

Rafael se acercó a ella, su presencia llenando el espacio entre ellos. Ari podía sentir el calor de su cuerpo, la tensión que emanaba de cada músculo.

—No sabes de lo que hablas —gruñó.

—¿No? —Ari sonrió, una sonrisa que no prometía nada bueno—. Sé que me temes. Temes lo que puedo hacer, lo que soy. Y eso, Alfa, es lo que te hace débil.

Rafael apretó la mandíbula, su control resquebrajándose.

—Eres una insolente. Una Omega que no conoce su lugar.

—Mi lugar no está a tus pies, Rafael Volkov.

El silencio se instaló entre ellos, cargado de una electricidad palpable. Rafael la observó, sus ojos escrutando cada rasgo de su rostro. Ari no apartó la mirada, desafiándolo a encontrar en ella algún signo de miedo o sumisión.

Finalmente, Rafael se apartó, su rostro una máscara de indiferencia.

—Tienes razón en una cosa, Omega —dijo, su voz baja y peligrosa—. No te entiendo. Pero eso no significa que no pueda controlarte.

—Inténtalo —susurró Ari, su voz un desafío silencioso.

Rafael salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí con un golpe sordo. Ari se quedó sola, sintiendo la tensión que aún flotaba en el aire. Sabía que había cruzado una línea, que había desafiado a un Alfa en su propio territorio. Pero no se arrepentía.

La noche siguiente, Ari fue llevada al gran salón de la mansión. Era un espacio vasto, iluminado por candelabros que proyectaban sombras danzantes sobre las paredes de piedra. Los miembros de la manada estaban reunidos, sus ojos fijos en ella. Ari sintió la hostilidad en el aire, la desconfianza y el desprecio de aquellos que la veían como una anomalía.

Rafael estaba sentado en un trono improvisado, su figura imponente dominando la sala. A su lado, el Beta con cicatrices en el rostro la observaba con una mirada calculadora.

—Tenemos que decidir qué hacer contigo, Omega —dijo Rafael, su voz resonando en el salón—. Eres un peligro para nuestra manada, una anomalía que no podemos permitir.

Ari se mantuvo erguida, sin mostrar temor.

—No soy un peligro. Soy una Omega que no se somete a tus reglas arcaicas.

Un murmullo recorrió la sala. Algunos de los miembros de la manada gruñeron, otros simplemente la observaron con curiosidad.

—Las reglas son lo que mantienen a nuestra manada unida —dijo Rafael—. Sin ellas, no somos nada.

—Tus reglas son una prisión —replicó Ari—. Una prisión que no me retendrá.

Rafael se levantó, su altura dominando la sala.

—Tienes una última oportunidad, Omega. Sumisión o exilio.

—Prefiero la libertad —respondió Ari.

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