La noche envolvía la mansión de Volkov como un manto oscuro, sus ventanales brillando tenuemente contra la penumbra. Ari había sido transportada desde la subasta en un vehículo blindado, rodeada por los miembros de la manada que la observaban con una mezcla de curiosidad y recelo. Rafael Volkov permanecía en silencio, sentado frente a ella, su presencia tan imponente que parecía llenar cada recoveco del espacioso automóvil.
Cuando llegaron, Ari no pudo evitar observar la grandeza de la propiedad. No era solo una casa, era un verdadero complejo que se extendía varios hectáreas, rodeado de bosques espesos que parecían custodiar los secretos de la manada. Las construcciones de piedra gris se alzaban como fortalezas, con ventanales que reflejaban la luz de la luna como ojos vigilantes. Un hombre alto, con cicatrices que atravesaban su rostro, se acercó para abrir la puerta del vehículo. Ari reconoció su postura: era un Beta, el segundo al mando después de Rafael. Sus ojos, de un color ámbar intenso, la examinaron con una frialdad calculadora. —Sígueme —ordenó Rafael, sin siquiera mirarla directamente. Ari apretó los puños. Sabía que cada movimiento, cada respuesta, sería evaluado. No iba a darles el placer de verla doblegarse. El interior de la mansión era tan impresionante como su exterior. Muebles de roble oscuro, cuadros que parecían retratar antiguas batallas de manadas, pieles de animales que cubrían los suelos. Todo hablaba de poder, de una historia de dominación que se extendía más allá de lo que Ari podía imaginar. Rafael la condujo a una habitación que parecía ser su estudio personal. Libros antiguos se amontonaban en estanterías de suelo a techo, y un gran escritorio de madera ocupaba el centro. Mapas y documentos se extendían sobre su superficie, algunos marcados con símbolos que Ari no reconocía. —Siéntate —dijo Rafael, señalando una silla frente al escritorio. Ari no se movió. Una sonrisa irónica se dibujó en los labios de Rafael. —¿Vas a hacer esto difícil? —preguntó, más como una afirmación que como una interrogante. —Siempre —respondió Ari, su voz un desafío directo. Rafael se acercó a ella, su altura dominándola por completo. Ari pudo sentir su aroma: una mezcla de bosque, cuero y algo más primitivo, casi salvaje. Un aroma de Alfa que normalmente habría hecho que cualquier Omega se estremeciera de sumisión. Pero no ella. —Tienes dos opciones —dijo Rafael, su voz un susurro que resonaba con autoridad—. Puedes cooperar y hacer que esto sea más fácil para ambos, o puedes resistirte y descubrir lo que significa desafiar a una manada como la mía. Ari lo miró directamente a los ojos. —Prefiero la segunda opción —respondió. Lo que ninguno de los dos sabía en ese momento era que esta batalla apenas comenzaba, y que las consecuencias de su enfrentamiento irían mucho más allá de lo que cualquiera de ellos podía imaginar. La primera noche en la mansión de Volkov fue como caminar sobre un campo de batalla silencioso. Ari fue conducida a una habitación que, a pesar de ser lujosa, se sentía más como una celda elegantemente decorada. Grandes ventanales con barrotes ocultos tras cortinas de seda, muebles de madera oscura que parecían tallados para intimidar, y una cama tan grande que podría albergar a varios hombres. Rafael no había dicho más después de su breve encuentro en el estudio. Simplemente había dado una orden a uno de los Betas para que la llevara a su habitación. Ari sabía que la estaban observando. Podía sentir las miradas a través de las paredes, la vigilancia constante de una manada que no estaba acostumbrada a ser desafiada. Cerca del amanecer, un ruido extraño la despertó. No era un sonido humano, sino algo más primitivo. Un aullido distante que parecía provenir de los bosques que rodeaban la mansión. Un llamado de los cambiaformas que marcaba territorio. Ari se levantó, consciente de que su propia capacidad de cambiaforma era diferente. No era como la de los Alfas tradicionales. Ella podía transformarse de maneras que otros consideraban anómalas, casi prohibidas en el estricto código de las manadas. Un golpe suave en la puerta la sacó de sus pensamientos. —Adelante —dijo, sabiendo que no tenía sentido fingir que podría impedir la entrada. Era Rafael. Su presencia llenaba la habitación incluso antes de que cruzara el umbral. Vestía ahora ropa más informal: un suéter negro que marcaba los músculos de sus hombros, pantalones que sugerían una movilidad felina. —Tenemos que hablar —dijo sin preámbulos. Ari levantó una ceja. —¿Sobre qué? ¿Mis opciones de sumisión? La risa de Rafael fue más un gruñido contenido. —Sobre por qué una Omega como tú está tan lejos de ser típica— — recién se dio cuenta eso Alfa — se burlo La mirada de Rafael se oscureció, un destello de furia apenas contenido cruzando sus ojos. —No me tientes, Omega. No estás en posición de burlarte. —¿Y tú sí? —replicó Ari, cruzándose de brazos—. Eres el gran Alfa, el líder de esta manada de lobos salvajes. Pero no eres más que un hombre asustado, temeroso de lo que no entiende. Rafael se acercó a ella, su presencia llenando el espacio entre ellos. Ari podía sentir el calor de su cuerpo, la tensión que emanaba de cada músculo. —No sabes de lo que hablas —gruñó. —¿No? —Ari sonrió, una sonrisa que no prometía nada bueno—. Sé que me temes. Temes lo que puedo hacer, lo que soy. Y eso, Alfa, es lo que te hace débil. Rafael apretó la mandíbula, su control resquebrajándose. —Eres una insolente. Una Omega que no conoce su lugar. —Mi lugar no está a tus pies, Rafael Volkov. El silencio se instaló entre ellos, cargado de una electricidad palpable. Rafael la observó, sus ojos escrutando cada rasgo de su rostro. Ari no apartó la mirada, desafiándolo a encontrar en ella algún signo de miedo o sumisión. Finalmente, Rafael se apartó, su rostro una máscara de indiferencia. —Tienes razón en una cosa, Omega —dijo, su voz baja y peligrosa—. No te entiendo. Pero eso no significa que no pueda controlarte. —Inténtalo —susurró Ari, su voz un desafío silencioso. Rafael salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí con un golpe sordo. Ari se quedó sola, sintiendo la tensión que aún flotaba en el aire. Sabía que había cruzado una línea, que había desafiado a un Alfa en su propio territorio. Pero no se arrepentía. La noche siguiente, Ari fue llevada al gran salón de la mansión. Era un espacio vasto, iluminado por candelabros que proyectaban sombras danzantes sobre las paredes de piedra. Los miembros de la manada estaban reunidos, sus ojos fijos en ella. Ari sintió la hostilidad en el aire, la desconfianza y el desprecio de aquellos que la veían como una anomalía. Rafael estaba sentado en un trono improvisado, su figura imponente dominando la sala. A su lado, el Beta con cicatrices en el rostro la observaba con una mirada calculadora. —Tenemos que decidir qué hacer contigo, Omega —dijo Rafael, su voz resonando en el salón—. Eres un peligro para nuestra manada, una anomalía que no podemos permitir. Ari se mantuvo erguida, sin mostrar temor. —No soy un peligro. Soy una Omega que no se somete a tus reglas arcaicas. Un murmullo recorrió la sala. Algunos de los miembros de la manada gruñeron, otros simplemente la observaron con curiosidad. —Las reglas son lo que mantienen a nuestra manada unida —dijo Rafael—. Sin ellas, no somos nada. —Tus reglas son una prisión —replicó Ari—. Una prisión que no me retendrá. Rafael se levantó, su altura dominando la sala. —Tienes una última oportunidad, Omega. Sumisión o exilio. —Prefiero la libertad —respondió Ari.Rafael se echó a reír, un sonido frío que resonó en el gran salón. Sus ojos brillaron con una mezcla de burla y desafío mientras observaba a Ari.—Puedes tener la libertad que deseas, Omega —dijo, su voz cargada de ironía—. Todo lo que tienes que hacer es someterte a mí.La propuesta pendía en el aire, pesada y opresiva. Ari sintió la mirada de todos los presentes sobre ella, esperando su respuesta. Sabían que era una trampa, una forma de doblegarla y someterla a la voluntad del Alfa.—¿Someterme? —repitió Ari, su voz un susurro cargado de desprecio—. ¿A ti?—A mí, a la manada —corrigió Rafael, su sonrisa mostrando los dientes—. A nuestro modo de vida.—Tu modo de vida es una jaula dorada —espetó Ari—. Una prisión para aquellos que temen ser libres.Rafael se acercó a ella, su presencia imponente llenando el espacio entre ellos.—No conoces el significado de la libertad, Omega —gruñó—. La verdadera libertad reside en la fuerza, en el poder que otorga la manada.—Tu poder es una ilusió
Ari observó la ventana, su mente trabajando a toda velocidad. La idea de escapar por las tuberías de aire en su forma de conejo era tentadora, pero demasiado arriesgada. Una caída desde esa altura sería fatal, incluso para ella. Sabía que tenía que ser cautelosa, planificar cada movimiento con precisión.Suspiró, consciente de la precaria situación en la que se encontraba. Estaba en "números rojos", como pensaba, sin aliados y rodeada de enemigos. Tenía que jugar sus cartas con inteligencia, usando cada recurso a su disposición.Se levantó de la cama y comenzó a explorar la habitación, buscando cualquier detalle que pudiera ser útil. Examinó los muebles, las cortinas, las paredes, buscando una posible salida o un arma improvisada. Cada objeto era un potencial aliado o enemigo.Mientras exploraba, Ari recordó las palabras de Rafael sobre los otros Alfas. La idea de ser compartida, de ser usada como un objeto, le revolvió el estómago. Sabía que no podía permitir que eso sucediera. Tenía
Rafael sonrió con suficiencia, su mirada recorriendo el rostro desafiante de Ari. —¿Aún no lo entiendes, Omega? —preguntó con un tono de falsa sorpresa—. Estás aquí porque eres una Omega excepcional. Una Omega con un espíritu indomable, una rareza en estos tiempos. Hizo una pausa, dejando que sus palabras resonaran en el salón. —Mi manada necesita una Omega. Una que nos recuerde constantemente nuestro poder, nuestra fuerza. Y tú, Ari, tienes el potencial de ser esa Omega.— Se acercó un paso, su presencia imponente llenando el espacio entre ellos . —Pero para eso, debes someterte. Debes aceptar tu lugar. Aquí, la libertad se gana con la lealtad y la obediencia. Y tú, mi querida Omega, tienes mucho que aprender sobre ambas. Su mirada se endureció ligeramente. —Además —añadió con un tono más bajo, casi como un secreto compartido—, tu desafío de anoche... despertó mi interés. Una Omega que se atreve a enfrentarse a un Alfa como yo... eso es algo que no se ve todos los días.
Rafael sintió cómo la ira le recorría las venas, ardiente y feroz. Su mandíbula se tensó mientras sus ojos se clavaban en Ari con una intensidad abrumadora.—Dilo otra vez —exigió, su voz baja pero cargada de una furia contenida.Ari sintió un escalofrío recorrer su espalda. Por un momento, pensó que él se burlaría, que usaría su dolor en su contra, pero lo que vio en su mirada no era burla ni menosprecio… era algo mucho más oscuro.—Fui violada —susurró, sintiendo su garganta cerrarse.El aire en la habitación pareció volverse más denso.Rafael cerró los ojos por un breve instante, como si intentara contener al lobo salvaje que rugía dentro de él. Pero no podía. La bestia quería sangre. Quería venganza.Cuando volvió a abrirlos, su mirada ardía con un fuego peligroso.—¿Quién? —preguntó, su voz ronca, grave, casi un gruñido.Ari lo miró fijamente. Por primera vez, vio al Alfa en su forma más pura. No como un hombre arrogante que quería someterla, sino como una fuerza de la naturaleza
Ari caminó detrás del doctor Vargas, sintiendo cada músculo de su cuerpo tenso mientras se dirigían a la pequeña clínica dentro de la mansión. Rafael la seguía en silencio, pero su presencia era imposible de ignorar.Al llegar, Vargas abrió la puerta y le hizo un gesto para que pasara. La habitación era cálida, con luz tenue y un aroma a hierbas que resultaba sorprendentemente relajante.—Siéntate, Ari —dijo el doctor con voz suave, indicándole la camilla.Ella obedeció, evitando mirar a Rafael, quien se quedó de pie cerca de la puerta, con los brazos cruzados y la mandíbula tensa.Vargas tomó asiento frente a ella y abrió su carpeta.—Voy a hacerte algunas preguntas antes de los análisis, ¿de acuerdo?Ari asintió, aunque su cuerpo se mantenía rígido.—¿Cuándo fue la última vez que… pasó? —preguntó Vargas con tacto.Ari respiró hondo.—Hace un mes.Rafael cerró los ojos un segundo, como si esa confirmación le encendiera aún más la furia contenida.Vargas anotó en su hoja.—Está bien.
El aire en la sala estaba cargado de tensión. Los murmullos de los asistentes se desvanecían en el silencio sepulcral que había tomado el lugar, como si todo estuviera esperando que se sellara el destino de las jóvenes presentes en la subasta. Ariadna Westbrook, conocida como Ari, se mantenía erguida en su lugar, observando la escena con la calma que había aprendido a forjar desde que su vida se había visto marcada por la rebeldía. Sus ojos grises brillaban con una mezcla de frustración y determinación, aunque en su interior la angustia crecía al ver cómo su hermana Bunny era empujada al frente, un objeto más en esa cruel transacción. Bunny, su hermana pequeña, ni siquiera entendía por qué estaba allí. Ari sabía que su hermana había llegado por temor a seguir sus pasos, a vivir la misma vida de sumisión que la sociedad esperaba de ellas. Bunny nunca había tenido la fuerza para rechazar el destino que su familia había diseñado, pero Ari sí. Y por eso la habían enviado a ese internado
La manada de Volkov se acercó, el paso de cada uno de los hombres resonando en el suelo con una pesadez palpable. El ambiente, ya cargado de tensión, se intensificó con cada paso que daban hacia Ari. Cinco hombres, contando a Rafael Volkov, la rodearon. Tres de ellos eran Alfas y los otros dos Betas, todos con una presencia tan imponente que casi parecía que el aire se volvía más denso con su cercanía. Y lo más inquietante, todos eran cambiaformas como ella. Ari no podía evitar notar la forma en que sus miradas se deslizaron sobre su figura, con lujuria y deseo evidente. Aunque mantenía su postura firme, una parte de ella se sentía expuesta, vulnerable ante la mirada de aquellos hombres que no veían en ella más que una propiedad para poseer. Sin embargo, Ari sabía que no era una prisionera. No iba a dejar que la domaran tan fácilmente. Rafael Volkov, el líder, observaba la escena con una calma inquietante. Sus ojos, oscuros y penetrantes, se fijaron en Ari con una intensidad que le