capitulo 4

Rafael se echó a reír, un sonido frío que resonó en el gran salón. Sus ojos brillaron con una mezcla de burla y desafío mientras observaba a Ari.

—Puedes tener la libertad que deseas, Omega —dijo, su voz cargada de ironía—. Todo lo que tienes que hacer es someterte a mí.

La propuesta pendía en el aire, pesada y opresiva. Ari sintió la mirada de todos los presentes sobre ella, esperando su respuesta. Sabían que era una trampa, una forma de doblegarla y someterla a la voluntad del Alfa.

—¿Someterme? —repitió Ari, su voz un susurro cargado de desprecio—. ¿A ti?

—A mí, a la manada —corrigió Rafael, su sonrisa mostrando los dientes—. A nuestro modo de vida.

—Tu modo de vida es una jaula dorada —espetó Ari—. Una prisión para aquellos que temen ser libres.

Rafael se acercó a ella, su presencia imponente llenando el espacio entre ellos.

—No conoces el significado de la libertad, Omega —gruñó—. La verdadera libertad reside en la fuerza, en el poder que otorga la manada.

—Tu poder es una ilusión —replicó Ari—. Una máscara que oculta tu miedo.

La tensión en el salón era palpable, el aire cargado de una electricidad que amenazaba con estallar. Rafael apretó la mandíbula, su control al borde del abismo.

—No me tientes, Omega —advirtió—. No sabes con quién estás tratando.

—Lo sé perfectamente —respondió Ari, su voz un desafío silencioso—. Estás tratando con una Omega que no se arrodillará ante ti.

Rafael la observó, sus ojos escrutando cada rasgo de su rostro. Ari no apartó la mirada, desafiándolo a encontrar en ella algún signo de debilidad.

—Entonces, has tomado tu decisión —dijo Rafael, su voz baja y peligrosa.

—Siempre la he tenido —respondió Ari.

Rafael asintió, su rostro una máscara de indiferencia.

—Que así sea.

Con un gesto de su mano, ordenó a los Betas que la escoltaran fuera del salón. Ari fue conducida a través de los pasillos de la mansión, sintiendo la mirada de los miembros de la manada clavada en su espalda. Sabía que había cruzado un punto de no retorno, que había desafiado al Alfa en su propio territorio.

Pero no se arrepentía.

El Beta la condujo por un pasillo largo y sombrío, deteniéndose frente a una puerta de madera tallada. La abrió con un gesto brusco, revelando una habitación que, a pesar de su aparente lujo, se sentía como una prisión.

—Esta es tu habitación, Omega —dijo el Beta, su voz cargada de desprecio. Su mirada se detuvo en ella, y aspiró profundamente, sus fosas nasales dilatándose—. Vainilla... —se relamió los labios, un gesto que Ari encontró repulsivo.

Ari ignoró su comentario, entrando en la habitación con la cabeza en alto. Era un espacio amplio, con una cama de dosel cubierta de sedas oscuras y muebles de madera maciza que parecían haber sido tallados con la intención de intimidar. Las ventanas, aunque grandes, estaban enrejadas, un recordatorio constante de su cautiverio.

—¿Necesitas algo? —preguntó el Beta, su voz arrastrando las palabras.

—Libertad —respondió Ari sin dudarlo.

El Beta se rió, un sonido áspero y burlón.

—Eso no está en el menú, Omega.

Se acercó a ella, invadiendo su espacio personal. Ari sintió el instinto de retroceder, pero se mantuvo firme, desafiándolo con la mirada.

—Eres una Omega peculiar —dijo el Beta, su voz ronca—. No te pareces a ninguna otra que haya conocido.

—Soy única —respondió Ari, su voz un susurro cargado de desafío.

El Beta sonrió, mostrando los dientes.

—Única y peligrosa. Rafael tiene razón al desconfiar de ti.

—Rafael tiene miedo —corrigió Ari—. Miedo de lo que no entiende.

El Beta gruñó, su paciencia agotándose.

—No te atrevas a hablar así del Alfa.

—¿O qué? —preguntó Ari, cruzándose de brazos—. ¿Me encerrarás en esta jaula dorada para siempre?

El Beta la miró con furia, pero antes de que pudiera responder, una voz resonó en el pasillo.

—Suficiente, Theron.

Rafael apareció en el umbral, su presencia llenando la habitación. Su mirada se posó en Ari, fría y calculadora.

—Déjala sola —ordenó al Beta, su voz cortante.

Theron asintió con la cabeza, retrocediendo con una mirada de advertencia hacia Ari.

—Como ordene, Alfa.

Salió de la habitación, dejando a Ari a solas con Rafael. El silencio se instaló entre ellos, cargado de tensión.

—No provoques a Theron —dijo Rafael finalmente, su voz baja y peligrosa—. No tiene tu paciencia.

—No necesito tu protección —respondió Ari, su voz un susurro cargado de desprecio.

Rafael se acercó a ella, su presencia imponente llenando el espacio entre ellos.

—No es protección —gruñó—. Es una advertencia.

—No necesito tus advertencias —replicó Ari, desafiándolo con la mirada.

Rafael la observó, sus ojos escrutando cada rasgo de su rostro. Ari no apartó la mirada, desafiándolo a encontrar en ella algún signo de debilidad.

—Eres una Omega testaruda —dijo finalmente, su voz un susurro ronco.

—Y tú eres un Alfa arrogante —respondió Ari, su voz cargada de desprecio.

Rafael sonrió, una sonrisa que no prometía nada bueno.

—Quizás podamos llegar a un entendimiento, Omega.

—No habrá entendimiento entre nosotros —respondió Ari, su voz un susurro cargado de desafío.

Rafael asintió, su rostro una máscara de indiferencia.

—Que así sea.—

—Te crees muy macho ¿No?— Seguro que eres un cobarde grito  cansada de todo

La paciencia de Rafael se rompió ante el insulto. Un destello de furia cruzó sus ojos, oscureciéndolos. Con un movimiento rápido y preciso, se acercó a Ari, agarrándola del cuello. Su agarre era firme, pero no lo suficientemente fuerte como para lastimarla.

—No me provoques, Omega —gruñó, su voz baja y peligrosa—. No conoces los límites de mi paciencia.

Ari lo miró desafiante, sin mostrar temor.

—¿Y tú conoces los míos? —replicó, su voz un susurro cargado de desprecio.

Rafael apretó ligeramente su agarre, una advertencia silenciosa. Sus ojos se fijaron en los de Ari, escrutando cada rasgo de su rostro. La tensión entre ellos era palpable, cargada de una electricidad que amenazaba con estallar.

De repente, Rafael soltó su cuello, pero en lugar de alejarse, se acercó aún más. Sus labios se posaron sobre los de Ari en un beso que la tomó por sorpresa. No era un beso suave ni gentil, sino uno cargado de pasión y dominio. Ari sintió el calor de su cuerpo, el sabor a cuero y bosque que emanaba de él.

El beso fue breve, pero intenso. Rafael se separó, observando la reacción de Ari con ojos oscuros y penetrantes.

—¿Ves, Omega? —susurró, su voz ronca—. Puedo tomar lo que quiero.

Ari se quedó sin aliento, su mente luchando por procesar lo que acababa de suceder. La rabia y la confusión se mezclaron en su interior, creando un torbellino de emociones.

—Eres un... —comenzó a decir, pero las palabras se atascaron en su garganta.

Rafael sonrió, una sonrisa que no prometía nada bueno.

—Un Alfa —terminó la frase por ella—. Y tú, mi Omega—

— Vete a la m****a — grito Ari

La habitación resonó con el eco del grito de Ari. Rafael, lejos de mostrarse ofendido, soltó una carcajada baja y ronca, un sonido que hizo que el vello de la nuca de Ari se erizara.

—Oh, Omega, qué temperamento —murmuró, su voz cargada de una mezcla de burla y fascinación—Me encanta. Pero recuerda, aquí, tus palabras son solo viento.

Se acercó aún más, su aliento cálido rozando la oreja de Ari.—Mañana, como he dicho, conocerás a los demás. Ellos también ansiarán tu... compañía. Y aprenderás que aquí, tu voluntad es tan frágil como una pluma al viento— Se sonrió

Con un último vistazo, una sonrisa depredadora dibujada en su rostro, Rafael se alejó, dejando a Ari sola en la habitación, con el corazón latiendo salvajemente en su pecho. El sonido de la puerta cerrándose resonó como una sentencia.

Ari se desplomó sobre la cama, sintiendo una mezcla de rabia y miedo. ¿Cómo se atrevía? ¿Cómo se atrevía a tratarla así, como si fuera un objeto, una posesión? La idea de pasar las noches con otros Alfas, de ser usada y manipulada, la llenó de un asco profundo.

Se levantó de la cama, decidida a no dejarse intimidar. Caminó hacia la ventana enrejada, mirando hacia el exterior. La mansión estaba rodeada de un vasto jardín, un laberinto de setos y árboles que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. No había escapatoria fácil.

Ari sabía que tenía que encontrar una manera de salir de allí, de escapar de las garras de Rafael y su manada. No se sometería, no se convertiría en una prisionera en esa jaula dorada. Buscaría una salida, una forma de recuperar su libertad, aunque tuviera que quemar la mansión hasta los cimientos.

La noche cayó, y Ari se sentó en la cama, con la mirada fija en la oscuridad. Sabía que el día siguiente traería consigo nuevos desafíos, nuevas humillaciones. Pero también sabía que, en algún lugar dentro de ella, ardía una llama de desafío, una chispa de esperanza que se negaba a extinguirse.

Mientras la luna se elevaba en el cielo, Ari hizo una promesa silenciosa. No se rendiría. No se doblegaría. Y, algún día, haría que Rafael pagara por cada una de sus palabras, por cada uno de sus actos.

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