Rafael se echó a reír, un sonido frío que resonó en el gran salón. Sus ojos brillaron con una mezcla de burla y desafío mientras observaba a Ari.
—Puedes tener la libertad que deseas, Omega —dijo, su voz cargada de ironía—. Todo lo que tienes que hacer es someterte a mí. La propuesta pendía en el aire, pesada y opresiva. Ari sintió la mirada de todos los presentes sobre ella, esperando su respuesta. Sabían que era una trampa, una forma de doblegarla y someterla a la voluntad del Alfa. —¿Someterme? —repitió Ari, su voz un susurro cargado de desprecio—. ¿A ti? —A mí, a la manada —corrigió Rafael, su sonrisa mostrando los dientes—. A nuestro modo de vida. —Tu modo de vida es una jaula dorada —espetó Ari—. Una prisión para aquellos que temen ser libres. Rafael se acercó a ella, su presencia imponente llenando el espacio entre ellos. —No conoces el significado de la libertad, Omega —gruñó—. La verdadera libertad reside en la fuerza, en el poder que otorga la manada. —Tu poder es una ilusión —replicó Ari—. Una máscara que oculta tu miedo. La tensión en el salón era palpable, el aire cargado de una electricidad que amenazaba con estallar. Rafael apretó la mandíbula, su control al borde del abismo. —No me tientes, Omega —advirtió—. No sabes con quién estás tratando. —Lo sé perfectamente —respondió Ari, su voz un desafío silencioso—. Estás tratando con una Omega que no se arrodillará ante ti. Rafael la observó, sus ojos escrutando cada rasgo de su rostro. Ari no apartó la mirada, desafiándolo a encontrar en ella algún signo de debilidad. —Entonces, has tomado tu decisión —dijo Rafael, su voz baja y peligrosa. —Siempre la he tenido —respondió Ari. Rafael asintió, su rostro una máscara de indiferencia. —Que así sea. Con un gesto de su mano, ordenó a los Betas que la escoltaran fuera del salón. Ari fue conducida a través de los pasillos de la mansión, sintiendo la mirada de los miembros de la manada clavada en su espalda. Sabía que había cruzado un punto de no retorno, que había desafiado al Alfa en su propio territorio. Pero no se arrepentía. El Beta la condujo por un pasillo largo y sombrío, deteniéndose frente a una puerta de madera tallada. La abrió con un gesto brusco, revelando una habitación que, a pesar de su aparente lujo, se sentía como una prisión. —Esta es tu habitación, Omega —dijo el Beta, su voz cargada de desprecio. Su mirada se detuvo en ella, y aspiró profundamente, sus fosas nasales dilatándose—. Vainilla... —se relamió los labios, un gesto que Ari encontró repulsivo. Ari ignoró su comentario, entrando en la habitación con la cabeza en alto. Era un espacio amplio, con una cama de dosel cubierta de sedas oscuras y muebles de madera maciza que parecían haber sido tallados con la intención de intimidar. Las ventanas, aunque grandes, estaban enrejadas, un recordatorio constante de su cautiverio. —¿Necesitas algo? —preguntó el Beta, su voz arrastrando las palabras. —Libertad —respondió Ari sin dudarlo. El Beta se rió, un sonido áspero y burlón. —Eso no está en el menú, Omega. Se acercó a ella, invadiendo su espacio personal. Ari sintió el instinto de retroceder, pero se mantuvo firme, desafiándolo con la mirada. —Eres una Omega peculiar —dijo el Beta, su voz ronca—. No te pareces a ninguna otra que haya conocido. —Soy única —respondió Ari, su voz un susurro cargado de desafío. El Beta sonrió, mostrando los dientes. —Única y peligrosa. Rafael tiene razón al desconfiar de ti. —Rafael tiene miedo —corrigió Ari—. Miedo de lo que no entiende. El Beta gruñó, su paciencia agotándose. —No te atrevas a hablar así del Alfa. —¿O qué? —preguntó Ari, cruzándose de brazos—. ¿Me encerrarás en esta jaula dorada para siempre? El Beta la miró con furia, pero antes de que pudiera responder, una voz resonó en el pasillo. —Suficiente, Theron. Rafael apareció en el umbral, su presencia llenando la habitación. Su mirada se posó en Ari, fría y calculadora. —Déjala sola —ordenó al Beta, su voz cortante. Theron asintió con la cabeza, retrocediendo con una mirada de advertencia hacia Ari. —Como ordene, Alfa. Salió de la habitación, dejando a Ari a solas con Rafael. El silencio se instaló entre ellos, cargado de tensión. —No provoques a Theron —dijo Rafael finalmente, su voz baja y peligrosa—. No tiene tu paciencia. —No necesito tu protección —respondió Ari, su voz un susurro cargado de desprecio. Rafael se acercó a ella, su presencia imponente llenando el espacio entre ellos. —No es protección —gruñó—. Es una advertencia. —No necesito tus advertencias —replicó Ari, desafiándolo con la mirada. Rafael la observó, sus ojos escrutando cada rasgo de su rostro. Ari no apartó la mirada, desafiándolo a encontrar en ella algún signo de debilidad. —Eres una Omega testaruda —dijo finalmente, su voz un susurro ronco. —Y tú eres un Alfa arrogante —respondió Ari, su voz cargada de desprecio. Rafael sonrió, una sonrisa que no prometía nada bueno. —Quizás podamos llegar a un entendimiento, Omega. —No habrá entendimiento entre nosotros —respondió Ari, su voz un susurro cargado de desafío. Rafael asintió, su rostro una máscara de indiferencia. —Que así sea.— —Te crees muy macho ¿No?— Seguro que eres un cobarde grito cansada de todo La paciencia de Rafael se rompió ante el insulto. Un destello de furia cruzó sus ojos, oscureciéndolos. Con un movimiento rápido y preciso, se acercó a Ari, agarrándola del cuello. Su agarre era firme, pero no lo suficientemente fuerte como para lastimarla. —No me provoques, Omega —gruñó, su voz baja y peligrosa—. No conoces los límites de mi paciencia. Ari lo miró desafiante, sin mostrar temor. —¿Y tú conoces los míos? —replicó, su voz un susurro cargado de desprecio. Rafael apretó ligeramente su agarre, una advertencia silenciosa. Sus ojos se fijaron en los de Ari, escrutando cada rasgo de su rostro. La tensión entre ellos era palpable, cargada de una electricidad que amenazaba con estallar. De repente, Rafael soltó su cuello, pero en lugar de alejarse, se acercó aún más. Sus labios se posaron sobre los de Ari en un beso que la tomó por sorpresa. No era un beso suave ni gentil, sino uno cargado de pasión y dominio. Ari sintió el calor de su cuerpo, el sabor a cuero y bosque que emanaba de él. El beso fue breve, pero intenso. Rafael se separó, observando la reacción de Ari con ojos oscuros y penetrantes. —¿Ves, Omega? —susurró, su voz ronca—. Puedo tomar lo que quiero. Ari se quedó sin aliento, su mente luchando por procesar lo que acababa de suceder. La rabia y la confusión se mezclaron en su interior, creando un torbellino de emociones. —Eres un... —comenzó a decir, pero las palabras se atascaron en su garganta. Rafael sonrió, una sonrisa que no prometía nada bueno. —Un Alfa —terminó la frase por ella—. Y tú, mi Omega— — Vete a la m****a — grito Ari La habitación resonó con el eco del grito de Ari. Rafael, lejos de mostrarse ofendido, soltó una carcajada baja y ronca, un sonido que hizo que el vello de la nuca de Ari se erizara. —Oh, Omega, qué temperamento —murmuró, su voz cargada de una mezcla de burla y fascinación—Me encanta. Pero recuerda, aquí, tus palabras son solo viento. Se acercó aún más, su aliento cálido rozando la oreja de Ari.—Mañana, como he dicho, conocerás a los demás. Ellos también ansiarán tu... compañía. Y aprenderás que aquí, tu voluntad es tan frágil como una pluma al viento— Se sonrió Con un último vistazo, una sonrisa depredadora dibujada en su rostro, Rafael se alejó, dejando a Ari sola en la habitación, con el corazón latiendo salvajemente en su pecho. El sonido de la puerta cerrándose resonó como una sentencia. Ari se desplomó sobre la cama, sintiendo una mezcla de rabia y miedo. ¿Cómo se atrevía? ¿Cómo se atrevía a tratarla así, como si fuera un objeto, una posesión? La idea de pasar las noches con otros Alfas, de ser usada y manipulada, la llenó de un asco profundo. Se levantó de la cama, decidida a no dejarse intimidar. Caminó hacia la ventana enrejada, mirando hacia el exterior. La mansión estaba rodeada de un vasto jardín, un laberinto de setos y árboles que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. No había escapatoria fácil. Ari sabía que tenía que encontrar una manera de salir de allí, de escapar de las garras de Rafael y su manada. No se sometería, no se convertiría en una prisionera en esa jaula dorada. Buscaría una salida, una forma de recuperar su libertad, aunque tuviera que quemar la mansión hasta los cimientos. La noche cayó, y Ari se sentó en la cama, con la mirada fija en la oscuridad. Sabía que el día siguiente traería consigo nuevos desafíos, nuevas humillaciones. Pero también sabía que, en algún lugar dentro de ella, ardía una llama de desafío, una chispa de esperanza que se negaba a extinguirse. Mientras la luna se elevaba en el cielo, Ari hizo una promesa silenciosa. No se rendiría. No se doblegaría. Y, algún día, haría que Rafael pagara por cada una de sus palabras, por cada uno de sus actos.Ari observó la ventana, su mente trabajando a toda velocidad. La idea de escapar por las tuberías de aire en su forma de conejo era tentadora, pero demasiado arriesgada. Una caída desde esa altura sería fatal, incluso para ella. Sabía que tenía que ser cautelosa, planificar cada movimiento con precisión.Suspiró, consciente de la precaria situación en la que se encontraba. Estaba en "números rojos", como pensaba, sin aliados y rodeada de enemigos. Tenía que jugar sus cartas con inteligencia, usando cada recurso a su disposición.Se levantó de la cama y comenzó a explorar la habitación, buscando cualquier detalle que pudiera ser útil. Examinó los muebles, las cortinas, las paredes, buscando una posible salida o un arma improvisada. Cada objeto era un potencial aliado o enemigo.Mientras exploraba, Ari recordó las palabras de Rafael sobre los otros Alfas. La idea de ser compartida, de ser usada como un objeto, le revolvió el estómago. Sabía que no podía permitir que eso sucediera. Tenía
Rafael sonrió con suficiencia, su mirada recorriendo el rostro desafiante de Ari. —¿Aún no lo entiendes, Omega? —preguntó con un tono de falsa sorpresa—. Estás aquí porque eres una Omega excepcional. Una Omega con un espíritu indomable, una rareza en estos tiempos. Hizo una pausa, dejando que sus palabras resonaran en el salón. —Mi manada necesita una Omega. Una que nos recuerde constantemente nuestro poder, nuestra fuerza. Y tú, Ari, tienes el potencial de ser esa Omega.— Se acercó un paso, su presencia imponente llenando el espacio entre ellos . —Pero para eso, debes someterte. Debes aceptar tu lugar. Aquí, la libertad se gana con la lealtad y la obediencia. Y tú, mi querida Omega, tienes mucho que aprender sobre ambas. Su mirada se endureció ligeramente. —Además —añadió con un tono más bajo, casi como un secreto compartido—, tu desafío de anoche... despertó mi interés. Una Omega que se atreve a enfrentarse a un Alfa como yo... eso es algo que no se ve todos los días.
Rafael sintió cómo la ira le recorría las venas, ardiente y feroz. Su mandíbula se tensó mientras sus ojos se clavaban en Ari con una intensidad abrumadora.—Dilo otra vez —exigió, su voz baja pero cargada de una furia contenida.Ari sintió un escalofrío recorrer su espalda. Por un momento, pensó que él se burlaría, que usaría su dolor en su contra, pero lo que vio en su mirada no era burla ni menosprecio… era algo mucho más oscuro.—Fui violada —susurró, sintiendo su garganta cerrarse.El aire en la habitación pareció volverse más denso.Rafael cerró los ojos por un breve instante, como si intentara contener al lobo salvaje que rugía dentro de él. Pero no podía. La bestia quería sangre. Quería venganza.Cuando volvió a abrirlos, su mirada ardía con un fuego peligroso.—¿Quién? —preguntó, su voz ronca, grave, casi un gruñido.Ari lo miró fijamente. Por primera vez, vio al Alfa en su forma más pura. No como un hombre arrogante que quería someterla, sino como una fuerza de la naturaleza
Ari caminó detrás del doctor Vargas, sintiendo cada músculo de su cuerpo tenso mientras se dirigían a la pequeña clínica dentro de la mansión. Rafael la seguía en silencio, pero su presencia era imposible de ignorar.Al llegar, Vargas abrió la puerta y le hizo un gesto para que pasara. La habitación era cálida, con luz tenue y un aroma a hierbas que resultaba sorprendentemente relajante.—Siéntate, Ari —dijo el doctor con voz suave, indicándole la camilla.Ella obedeció, evitando mirar a Rafael, quien se quedó de pie cerca de la puerta, con los brazos cruzados y la mandíbula tensa.Vargas tomó asiento frente a ella y abrió su carpeta.—Voy a hacerte algunas preguntas antes de los análisis, ¿de acuerdo?Ari asintió, aunque su cuerpo se mantenía rígido.—¿Cuándo fue la última vez que… pasó? —preguntó Vargas con tacto.Ari respiró hondo.—Hace un mes.Rafael cerró los ojos un segundo, como si esa confirmación le encendiera aún más la furia contenida.Vargas anotó en su hoja.—Está bien.
El aire en la sala estaba cargado de tensión. Los murmullos de los asistentes se desvanecían en el silencio sepulcral que había tomado el lugar, como si todo estuviera esperando que se sellara el destino de las jóvenes presentes en la subasta. Ariadna Westbrook, conocida como Ari, se mantenía erguida en su lugar, observando la escena con la calma que había aprendido a forjar desde que su vida se había visto marcada por la rebeldía. Sus ojos grises brillaban con una mezcla de frustración y determinación, aunque en su interior la angustia crecía al ver cómo su hermana Bunny era empujada al frente, un objeto más en esa cruel transacción. Bunny, su hermana pequeña, ni siquiera entendía por qué estaba allí. Ari sabía que su hermana había llegado por temor a seguir sus pasos, a vivir la misma vida de sumisión que la sociedad esperaba de ellas. Bunny nunca había tenido la fuerza para rechazar el destino que su familia había diseñado, pero Ari sí. Y por eso la habían enviado a ese internado
La manada de Volkov se acercó, el paso de cada uno de los hombres resonando en el suelo con una pesadez palpable. El ambiente, ya cargado de tensión, se intensificó con cada paso que daban hacia Ari. Cinco hombres, contando a Rafael Volkov, la rodearon. Tres de ellos eran Alfas y los otros dos Betas, todos con una presencia tan imponente que casi parecía que el aire se volvía más denso con su cercanía. Y lo más inquietante, todos eran cambiaformas como ella. Ari no podía evitar notar la forma en que sus miradas se deslizaron sobre su figura, con lujuria y deseo evidente. Aunque mantenía su postura firme, una parte de ella se sentía expuesta, vulnerable ante la mirada de aquellos hombres que no veían en ella más que una propiedad para poseer. Sin embargo, Ari sabía que no era una prisionera. No iba a dejar que la domaran tan fácilmente. Rafael Volkov, el líder, observaba la escena con una calma inquietante. Sus ojos, oscuros y penetrantes, se fijaron en Ari con una intensidad que le
La noche envolvía la mansión de Volkov como un manto oscuro, sus ventanales brillando tenuemente contra la penumbra. Ari había sido transportada desde la subasta en un vehículo blindado, rodeada por los miembros de la manada que la observaban con una mezcla de curiosidad y recelo. Rafael Volkov permanecía en silencio, sentado frente a ella, su presencia tan imponente que parecía llenar cada recoveco del espacioso automóvil.Cuando llegaron, Ari no pudo evitar observar la grandeza de la propiedad. No era solo una casa, era un verdadero complejo que se extendía varios hectáreas, rodeado de bosques espesos que parecían custodiar los secretos de la manada. Las construcciones de piedra gris se alzaban como fortalezas, con ventanales que reflejaban la luz de la luna como ojos vigilantes.Un hombre alto, con cicatrices que atravesaban su rostro, se acercó para abrir la puerta del vehículo. Ari reconoció su postura: era un Beta, el segundo al mando después de Rafael. Sus ojos, de un color ámb