La relación entre Valeska y Lisandro se había convertido en un laberinto sin salida.Cada conversación terminaba en malentendidos, cada mirada estaba cargada de emociones que ninguno de los dos se atrevía a verbalizar. Las palabras parecían inútiles cuando el resentimiento y el miedo seguían enredados entre ellos como espinas invisibles.Al día siguiente, Valeska despertó con el pecho oprimido, con esa sensación sofocante de estar atrapada en un lugar donde el aire se volvía denso y pesado. No podía seguir así. Necesitaba salir, alejarse de aquella casa que empezaba a sentirse más como una prisión que como un hogar.Se arregló rápidamente y se dirigió hacia la puerta, pero justo cuando su mano se posó en el pomo, Lisandro apareció al final del pasillo.Su expresión era seria, con ese aire imponente que siempre lo rodeaba, pero sus ojos revelaban algo más. Algo parecido a la preocupación.—¿A dónde vas? —preguntó con tono seco, aunque en realidad lo que quería decir era quédate.—A des
El suave pitido de la máquina de monitoreo era el único sonido que rompía el silencio en la habitación.Valeska observó el rostro de su madre con una mezcla de alivio y ansiedad. Había esperado este momento durante tanto tiempo, y ahora que finalmente estaba aquí, una parte de ella se sentía como una niña pequeña que solo quería abrazarla y llorar hasta quedarse sin fuerzas.—Mamá… —Su voz tembló, reflejando el torbellino de emociones que la atravesaba.Su madre, Rosmery, parpadeó lentamente, aún recuperándose de la somnolencia inducida por el coma. Sus ojos recorrieron la habitación con curiosidad antes de posarse en su hija.—Has cambiado —susurró con una sonrisa débil, levantando una mano temblorosa para acariciar su mejilla—. Mi niña… te ves cansada.Valeska soltó una risa ahogada y tomó la mano de su madre entre las suyas.—Tú despertaste de un coma y eres tú quien se preocupa por mí —bromeó, pero la emoción en su voz la delataba.Su madre sonrió con ternura antes de fruncir lige
El amanecer llegó con una luz pálida que se filtró por las cortinas de la habitación, pero Valeska apenas la notó. Su cuerpo se sentía pesado, como si la energía la hubiera abandonado por completo durante la noche.Intentó incorporarse, pero un mareo repentino la obligó a apoyarse contra el colchón. Un escalofrío recorrió su espalda, y el malestar en su vientre se intensificó con un dolor sordo y constante.No podía ignorarlo.Sabía que el estrés del día anterior le había pasado factura, pero no imaginó que su cuerpo reaccionaría de esa manera. Respiró hondo, tratando de calmarse; no obstante, la sensación de opresión en el pecho no desapareció.Sabía que necesitaba ayuda. Tomó su teléfono con manos temblorosas y marcó el número de Oliver.—¿Valeska? —La voz de Oliver sonó alerta al otro lado de la línea.—No me siento bien —susurró con debilidad—. ¿Podrías ayudarme?—Voy en camino.No pasaron más de cinco minutos antes de que Oliver llegara a su habitación. En ese corto tiempo, Vales
La habitación del hospital estaba sumida en un silencio espeso, solo interrumpido por el sonido constante del monitor cardíaco y el leve murmullo de las voces en los pasillos. Valeska se acomodó en la cama con esfuerzo, tratando de encontrar una postura que aliviara el peso que sentía en su vientre y el cansancio que le calaba los huesos.Lisandro permanecía de pie junto a ella, con los brazos cruzados y una expresión inescrutable. Aunque su postura parecía relajada, Valeska podía notar la tensión en su mandíbula y el sutil fruncimiento de su ceño.—¿Cómo te sientes? —preguntó finalmente, con voz baja.—No tienes que preocuparte tanto. Estoy bien. —le dedicó una leve sonrisa, aunque sin mucha emoción.—Después de lo que pasó ahí afuera, dudo que sea así.—Theo no me importa tanto, Lisandro. Te lo juro.Sus palabras parecieron aliviar un poco la dureza en la expresión de Lisandro, aunque no del todo. Asintió con lentitud, como si analizara la veracidad de su respuesta.—Está bien —murm
El silencio que quedó en la habitación después de la partida de Theo era pesado, denso, casi sofocante. Valeska sintió su pecho comprimirse, no solo por la tensión del momento, sino por los recuerdos dolorosos que se habían abierto de golpe, como una herida que jamás terminó de cicatrizar. Su respiración era irregular, y aunque quería tranquilizarse, su cuerpo parecía no responderle.—Oliver, llama a un médico ahora mismo —ordenó Lisandro, el cual, no estaba dispuesto a permitir que algo le pasara a la mujer que amaba y a su hijo, a ese, que él prometió que cuidaría como suyo propio.Su tono era frío, autoritario, pero cuando giró su rostro hacia Valeska, sus ojos reflejaban una preocupación que contrastaba con su usual expresión imperturbable.Ella intentó esbozar una sonrisa para tranquilizarlo, para hacerle saber que estaba bien, pero la verdad era que no lo estaba. La tensión acumulada, la fatiga emocional y la ira contenida la habían dejado agotada, y aunque odiaba mostrarse vuln
La noche era profunda y silenciosa, interrumpida solo por el débil parpadeo de las luces del lujoso hospital. Lisandro dormía en el sofá de la habitación, su postura permanecía tensa a pesar del cansancio que lo dominaba. Había insistido en quedarse con Valeska, rehusándose a dejarla sola después de todo lo que habían vivido. Aunque su rostro estaba relajado en apariencia, su mente jamás dejaba de estar alerta.Sin embargo, su descanso se vio abruptamente interrumpido por un sonido que heló su sangre.Un gemido. Bajo, entrecortado, cargado de dolor.Lisandro se incorporó de inmediato, sus ojos oscuros se clavaron en la cama donde Valeska se retorcía con el rostro contraído por la agonía. Su respiración era lenta, profunda, como si eso le ayudara a manejar su dolor. Sus manos apretaban con fuerza las sábanas y su frente estaba perlada de sudor.—¡Valeska! —su voz resonó con urgencia mientras se acercaba a ella, intentando sostener su cuerpo tembloroso.Ella apenas pudo abrir los ojos,
El camino de regreso a casa fue silencioso, apenas interrumpido por los tenues sonidos del bebé dormitando en su silla de seguridad. La brisa nocturna se filtraba a través de las ventanas del automóvil, llevando consigo el aroma fresco de la ciudad adormecida. Lisandro conducía con una mano firme en el volante y la mirada fija en la carretera, pero su mente divagaba, perdida en pensamientos que se habían acumulado durante años y que, hasta ahora, había mantenido celosamente guardados.No era solo el regreso de Valeska lo que pesaba en su pecho. Era la certeza de que, después de tanto tiempo, había llegado el momento de enfrentar la verdad, de desenterrar aquello que había alimentado su odio y le había dado un propósito cuando todo lo demás parecía haberse desmoronado.Cuando por fin llegaron a casa, Valeska se sumió en la rutina con naturalidad. Acunó a su hijo hasta que se durmió, su pequeña figura envuelta en suaves mantas mientras su respiración se acompasaba con el ritmo de la noc
Mientras Lisandro esperaba su respuesta, el silencio entre ambos se volvió denso, cargado de algo más que palabras no dichas. Era la primera vez que se exponía de esa manera, la primera vez que se permitía ser vulnerable ante alguien. Había imaginado este momento muchas veces, había considerado todas las posibilidades, todas las reacciones que ella podría tener: rechazo, horror, lástima… pero no esperaba verla sonreír.El sonido suave de su risa llenó la habitación, ligero como un susurro, pero con la fuerza suficiente para desestabilizarlo. No era una burla, no era incredulidad, era algo más profundo, más cálido, algo que Lisandro no estaba seguro de cómo procesar.—¿De verdad pensaste que esto cambiaría algo? —Ladeó la cabeza, su sonrisa se volvió más tierna, más serena. A pesar de la historia que acababa de escuchar, no había ni una pizca de miedo en su mirada—. Lisandro… pasaste toda tu vida cargando con el peso de una venganza que nadie más quiso recordar. Lo que hiciste, lo que