La habitación del hospital estaba sumida en un silencio espeso, solo interrumpido por el sonido constante del monitor cardíaco y el leve murmullo de las voces en los pasillos. Valeska se acomodó en la cama con esfuerzo, tratando de encontrar una postura que aliviara el peso que sentía en su vientre y el cansancio que le calaba los huesos.Lisandro permanecía de pie junto a ella, con los brazos cruzados y una expresión inescrutable. Aunque su postura parecía relajada, Valeska podía notar la tensión en su mandíbula y el sutil fruncimiento de su ceño.—¿Cómo te sientes? —preguntó finalmente, con voz baja.—No tienes que preocuparte tanto. Estoy bien. —le dedicó una leve sonrisa, aunque sin mucha emoción.—Después de lo que pasó ahí afuera, dudo que sea así.—Theo no me importa tanto, Lisandro. Te lo juro.Sus palabras parecieron aliviar un poco la dureza en la expresión de Lisandro, aunque no del todo. Asintió con lentitud, como si analizara la veracidad de su respuesta.—Está bien —murm
El silencio que quedó en la habitación después de la partida de Theo era pesado, denso, casi sofocante. Valeska sintió su pecho comprimirse, no solo por la tensión del momento, sino por los recuerdos dolorosos que se habían abierto de golpe, como una herida que jamás terminó de cicatrizar. Su respiración era irregular, y aunque quería tranquilizarse, su cuerpo parecía no responderle.—Oliver, llama a un médico ahora mismo —ordenó Lisandro, el cual, no estaba dispuesto a permitir que algo le pasara a la mujer que amaba y a su hijo, a ese, que él prometió que cuidaría como suyo propio.Su tono era frío, autoritario, pero cuando giró su rostro hacia Valeska, sus ojos reflejaban una preocupación que contrastaba con su usual expresión imperturbable.Ella intentó esbozar una sonrisa para tranquilizarlo, para hacerle saber que estaba bien, pero la verdad era que no lo estaba. La tensión acumulada, la fatiga emocional y la ira contenida la habían dejado agotada, y aunque odiaba mostrarse vuln
La noche era profunda y silenciosa, interrumpida solo por el débil parpadeo de las luces del lujoso hospital. Lisandro dormía en el sofá de la habitación, su postura permanecía tensa a pesar del cansancio que lo dominaba. Había insistido en quedarse con Valeska, rehusándose a dejarla sola después de todo lo que habían vivido. Aunque su rostro estaba relajado en apariencia, su mente jamás dejaba de estar alerta.Sin embargo, su descanso se vio abruptamente interrumpido por un sonido que heló su sangre.Un gemido. Bajo, entrecortado, cargado de dolor.Lisandro se incorporó de inmediato, sus ojos oscuros se clavaron en la cama donde Valeska se retorcía con el rostro contraído por la agonía. Su respiración era lenta, profunda, como si eso le ayudara a manejar su dolor. Sus manos apretaban con fuerza las sábanas y su frente estaba perlada de sudor.—¡Valeska! —su voz resonó con urgencia mientras se acercaba a ella, intentando sostener su cuerpo tembloroso.Ella apenas pudo abrir los ojos,
El camino de regreso a casa fue silencioso, apenas interrumpido por los tenues sonidos del bebé dormitando en su silla de seguridad. La brisa nocturna se filtraba a través de las ventanas del automóvil, llevando consigo el aroma fresco de la ciudad adormecida. Lisandro conducía con una mano firme en el volante y la mirada fija en la carretera, pero su mente divagaba, perdida en pensamientos que se habían acumulado durante años y que, hasta ahora, había mantenido celosamente guardados.No era solo el regreso de Valeska lo que pesaba en su pecho. Era la certeza de que, después de tanto tiempo, había llegado el momento de enfrentar la verdad, de desenterrar aquello que había alimentado su odio y le había dado un propósito cuando todo lo demás parecía haberse desmoronado.Cuando por fin llegaron a casa, Valeska se sumió en la rutina con naturalidad. Acunó a su hijo hasta que se durmió, su pequeña figura envuelta en suaves mantas mientras su respiración se acompasaba con el ritmo de la noc
Mientras Lisandro esperaba su respuesta, el silencio entre ambos se volvió denso, cargado de algo más que palabras no dichas. Era la primera vez que se exponía de esa manera, la primera vez que se permitía ser vulnerable ante alguien. Había imaginado este momento muchas veces, había considerado todas las posibilidades, todas las reacciones que ella podría tener: rechazo, horror, lástima… pero no esperaba verla sonreír.El sonido suave de su risa llenó la habitación, ligero como un susurro, pero con la fuerza suficiente para desestabilizarlo. No era una burla, no era incredulidad, era algo más profundo, más cálido, algo que Lisandro no estaba seguro de cómo procesar.—¿De verdad pensaste que esto cambiaría algo? —Ladeó la cabeza, su sonrisa se volvió más tierna, más serena. A pesar de la historia que acababa de escuchar, no había ni una pizca de miedo en su mirada—. Lisandro… pasaste toda tu vida cargando con el peso de una venganza que nadie más quiso recordar. Lo que hiciste, lo que
Las paredes blancas del hospital reflejaban la luz del sol que se filtraba a través de las ventanas, creando un ambiente cálido y tranquilo en la habitación de Rosmery. A pesar de la frialdad habitual de aquellos pasillos y de la esterilidad del entorno, ese pequeño cuarto parecía haber sido tocado por una calidez especial. Tal vez era por la risa contenida de Valeska, por la emoción en los ojos de su madre, o simplemente por la presencia del bebé que dormía con absoluta paz en los brazos de su madre, sin sospechar que su mera existencia podía transformar el mundo de los adultos a su alrededor.Valeska se sentó junto a la cama de su madre, con Adrián envuelto en una manta suave y acolchada. Acariciaba su espalda con movimientos circulares, una costumbre que había adquirido casi sin darse cuenta desde el nacimiento de su hijo. Adrián estaba relajado, su diminuta boca entreabierta mientras exhalaba un aliento cálido y pausado. Aún no abría bien los ojos, aún no entendía nada de lo que p
Los días transcurrieron en una mezcla de emoción, ansiedad y un torbellino de preparativos. Lisandro, quien era fiel a su estilo meticuloso, supervisaba cada detalle de la boda con una precisión impecable.No era un hombre que dejara nada al azar, y mucho menos cuando se trataba de algo tan importante como su unión con Valeska. Quería que todo fuera perfecto, no solo porque era un evento mediático, sino porque, por primera vez en su vida, sentía que estaba construyendo algo real, algo que no se basaba en el poder ni en la venganza, sino en el amor y la familia.Mientras él manejaba los arreglos desde su oficina, Valeska tenía su propio pendiente: el vestido de novia.—¿Lista? —preguntó Oliver con una sonrisa serena y medianamente paternal cuando ella salió de la habitación con una mezcla de emoción y nervios.Aunque ese no era su primer matrimonio, no implicaba que no estuviera hecha un manojo de nervios por la decisión tan importante que había tomado, más aún, cuando el pequeño Adriá
La boda había sido un sueño, un evento tan grande que Valeska sentía que apenas había podido procesarlo todo. Entre las felicitaciones, las fotos, la prensa y los invitados, el día pasó en un abrir y cerrar de ojos. Pero ahora, con la recepción llegando a su fin, Lisandro tomó el control con su manera firme y decidida.—Oliver se encargará de llevar a tu madre de regreso al hospital —le dijo en un tono que no admitía discusión—. Y también llevará a Adrián.—¿Y por qué Adrián no puede quedarse con nosotros? —Valeska frunció el ceño, sin entender la razón detrás de esa decisión.Lisandro la miró con una sonrisa de lado antes de tomar su mano y guiarla hacia la escalera que conducía al piso superior del hotel.—Porque esta es nuestra noche de bodas y tengo algo especial preparado para ti.Ella se dejó llevar sin poner demasiada resistencia, aunque su corazón latía más rápido con cada paso que daban. Con Lisandro, la palabra «especial» podía significar cualquier cosa.Cuando llegaron a la