La habitación estaba oscura, iluminada solo por la luz tenue que entraba a través de las cortinas. Gabriel había estado sentado al lado de Eva, observándola mientras dormía. Su rostro, aunque marcado por el miedo y la tristeza, tenía una serenidad que le daba paz. Sin embargo, a medida que el tiempo pasaba, la fatiga comenzaba a pesar sobre sus hombros. Sabía que debía dejarla descansar, que era lo mejor para ella, y que él también necesitaba un respiro.Con un suspiro, Gabriel decidió que era hora de retirarse. Se levantó lentamente, sintiendo la tensión en su cuerpo. Justo cuando estaba a punto de alejarse, sintió una suave presión en su mano. Eva lo había sujetado. Sus ojos se abrieron lentamente, y una expresión de desasosiego cruzó su rostro.— Por favor, no te vayas — murmuró, su voz apenas audible, pero suficiente para que Gabriel sintiera que su corazón se encogía.— Eva, necesitas descansar — respondió él, sintiéndose nervioso por la cercanía de la situación —. Puedo volver má
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