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El tiempo pasa
Leonardo Arriaga caminaba de un lado a otro su habitación, sus manos temblaban de furia e impotencia. Había dinero, poder, conexiones, pero en ese momento nada de eso le servía. Isabela no estaba. No había rastro de su esposa. Sus investigadores estaban rastreando cada posible ubicación, pero hasta ahora, todo era un callejón sin salida. Tomó su teléfono y marcó el número de su hermano. Darío contestó al segundo timbrazo. —Leonardo, dime que la encontraste. —No hay rastro de ella, Darío —su voz sonó quebrada por primera vez en años—. Necesito que vengas. Ahora mismo. —Estoy en camino —respondió su hermano sin dudar. Leonardo cortó la llamada y miró hacia la cuna de su hijo. Leandro dormía, pero su respiración era agitada. Como si también sintiera la ausencia de su madre. Leonardo pasó una mano por su cabello y suspiró con rabia contenida. "Voy a encontrarte, Isabela. No importa lo que cueste." Mientras tanto, a kilómetros de distancia, el auto negro que transportaba a Isabela di
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INFORMACIÓN
Los días sin Isabela se habían convertido en un tormento constante para Leonardo. Siete días. Siete interminables días desde que ella había sido arrebatada de su lado. Y aunque su mundo parecía desmoronarse, su hijo era la única razón por la que aún se mantenía en pie.Cada mañana, Leonardo se despertaba con la esperanza de que ese fuera el día en que su equipo trajera noticias sobre el paradero de su esposa. Sin embargo, cada amanecer solo traía silencio y frustración. Leandro, en sus apenas días de vida, había empezado a percibir la ausencia de su madre. Sus llantos eran más continuos, su pequeño cuerpo buscaba con desesperación el calor y el aroma de Isabela. Y Leonardo, con el corazón en un puño, hacía lo posible por suplir esa ausencia.El hombre que una vez fue temido en el mundo de los negocios ahora se veía torpe, inseguro y completamente desarmado ante un bebé que dependía completamente de él. Sus noches eran una constante vigilia. Dormía con el monitor del bebé a su lado, pe
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ALMACÉN
Leonardo se movía con rapidez, sus pasos firmes resonaban en el suelo de concreto mientras se acercaba al almacén abandonado. Su corazón latía con fuerza, impulsado por la ira y la desesperación. Isabela estaba ahí dentro, y nada ni nadie iba a impedir que la sacara de ese infierno.Pero antes de llegar a la entrada, una figura femenina se cruzó en su camino. Camila. Su rostro mostraba una extraña combinación de satisfacción y locura, con los labios curvados en una sonrisa inquietante.—Leonardo... —su voz sonó melosa, pero con un dejo de inestabilidad—. ¿A dónde crees que vas con tanta prisa?Él la fulminó con la mirada. No tenía tiempo para sus juegos. Pero entonces, algo en la expresión de Camila lo hizo detenerse. Sus ojos destilaban un brillo enfermizo, como si estuviera al borde de la locura.—Apártate, Camila —espetó con frialdad—. No tengo tiempo para tus estupideces.Ella soltó una carcajada perturbadora y dio un paso al frente, bloqueando su camino.—¿De verdad crees que pue
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FINAL
El almacén estaba en completo silencio, excepto por el leve crujido de las maderas viejas y la respiración entrecortada de Isabela, quien se mantenía encadenada en una de las sillas, con las muñecas enrojecidas por la presión de las esposas. Sus ojos estaban opacos, pero en su interior, una última chispa de esperanza se mantenía encendida. No sabía cuánto más podría soportar, pero no podía rendirse. Su hijo la esperaba.Leonardo avanzaba con cautela, sosteniendo a Camila con una firmeza que dejaba claro que ella no tenía otra opción más que seguirle el juego. Su mente estaba completamente enfocada en Isabela. Su esposa estaba en algún lugar de ese almacén, posiblemente atada, asustada y sin saber que él había llegado.Camila reía suavemente, convencida de que Leonardo la había elegido a ella. Susurraba palabras incoherentes sobre una familia perfecta, sobre cómo ella siempre había sido la indicada y cómo Isabela solo era una sombra en su destino. Leonardo no prestaba atención a sus de
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EXTRA 1
El frío de la mañana rusa se desvaneció por un instante cuando las puertas de la iglesia se abrieron. A través de la gran entrada, los rayos de sol se filtraron suavemente, iluminando el pasillo en una suave danza de luz. El aire, fresco y limpio, parecía presagiar algo nuevo, algo hermoso. El murmullo de los invitados se apagó en cuanto todos se dieron vuelta, y la figura de Isabela apareció en la entrada del altar. Vestida con un delicado vestido de encaje blanco, ella avanzaba, cada paso medido, casi flotando sobre la alfombra roja que cubría el suelo. Su rostro, sereno pero radiante, reflejaba no solo la belleza de la joven mujer que había sido la esposa rechazada, sino también la que, con el tiempo, había aprendido a abrir su corazón nuevamente. En sus brazos, el pequeño Leandro, vestido de blanco como su madre, descansaba plácidamente, ajeno a la magnitud de ese momento, con una sonrisa tranquila en su rostro. Leonardo, de pie frente al altar, la observaba en silencio. El vien
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EXTRA 2 - CELOS, REVELACIÓN, Familia
Leonardo revisaba unos documentos en su oficina cuando su asistente tocó la puerta, interrumpiendo sus pensamientos. Apenas levantó la vista, lo vio ingresar con una carpeta en mano. —Señor Arriaga, el empresario Daniel Han está esperando en la sala de reuniones. La señora Isabela está con él revisando los términos del acuerdo antes de que usted llegue. Leonardo cerró el expediente de golpe, sintiendo una punzada de molestia. ¿Desde cuándo su esposa pasaba tanto tiempo con otros empresarios? No es que no confiara en ella, pero la idea de otro hombre compartiendo atención con Isabela le resultaba insoportable. Al llegar a la sala de reuniones, observó a Isabela con una expresión profesional, explicando algunos detalles a Daniel Han. El empresario la miraba con evidente interés, y aunque no cruzó ninguna línea, eso no evitó que Leonardo sintiera un profundo deseo de marcar territorio. —Espero no estar interrumpiendo —dijo con frialdad, tomando asiento junto a Isabela y posando su ma
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EXTRA 3 CAOS
El caos se desató en la Mansión Arriaga cuando Isabela sintió la primera punzada de dolor. Su respiración se agitó y, con una mano sobre su vientre, buscó a Leonardo con la mirada. —Leonardo… creo que es hora —susurró entre jadeos. Leonardo, que estaba revisando unos documentos en su estudio, sintió cómo su corazón se aceleraba. Salió corriendo al ver la expresión de su esposa y gritó órdenes a los empleados mientras intentaba mantener la calma. Pero justo cuando pensó que tenía todo bajo control, comenzó la verdadera prueba. —La bolsa… la bolsa de maternidad, ¿dónde está la bolsa? —decía mientras abría y cerraba cajones en el cuarto. —Papá… ya se la di a mamá —interrumpió Leandro, que con apenas tres años ya tenía más sentido común que su propio padre en ese momento. Isabela, a pesar del dolor, no pudo evitar reírse al ver a su pequeño hijo tomar la iniciativa y acomodarse junto a ella en la camioneta, asegurándose de que estuviera cómoda mientras Leonardo aún revolvía la c
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