Los ojos de Roma se abrieron lentamente, como si el mundo entero hubiera dejado de girar en ese instante. Su mirada, cargada de incredulidad y dolor, se clavó en Giancarlo. El aire en la habitación parecía espeso, pesado, como si cada respiración fuera un esfuerzo. Con una voz quebrada, casi un susurro, pero llena de desesperación, suplicó:—Por favor, Giancarlo, no te cases con esa... esa mujer. Mírame, ¿acaso no ves lo que siento por ti? ¿Acaso no me deseas?Giancarlo, con el rostro tenso y los músculos de su mandíbula marcados por la furia, tomó una toalla con un movimiento brusco. Su respiración era agitada, y sus ojos, oscuros como la noche, reflejaban una ira contenida que amenazaba con estallar en cualquier momento.—¡No! —rugió, su voz retumbando como un trueno en la habitación—. No deseo a una mujer que se rebaja de esta manera, que se ofrece como si no valiera nada. ¡Eres repugnante, Carla! Y no solo eso, eres la hermana de mi exesposa. ¿Qué clase de juego estás jugando? ¡Est
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