El silencio que quedó en la habitación después de la partida de Theo era pesado, denso, casi sofocante. Valeska sintió su pecho comprimirse, no solo por la tensión del momento, sino por los recuerdos dolorosos que se habían abierto de golpe, como una herida que jamás terminó de cicatrizar. Su respiración era irregular, y aunque quería tranquilizarse, su cuerpo parecía no responderle.—Oliver, llama a un médico ahora mismo —ordenó Lisandro, el cual, no estaba dispuesto a permitir que algo le pasara a la mujer que amaba y a su hijo, a ese, que él prometió que cuidaría como suyo propio.Su tono era frío, autoritario, pero cuando giró su rostro hacia Valeska, sus ojos reflejaban una preocupación que contrastaba con su usual expresión imperturbable.Ella intentó esbozar una sonrisa para tranquilizarlo, para hacerle saber que estaba bien, pero la verdad era que no lo estaba. La tensión acumulada, la fatiga emocional y la ira contenida la habían dejado agotada, y aunque odiaba mostrarse vuln
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