Andrea—Te ves preciosa.Andrea bajaba lentamente la escalera, la tela de su vestido deslizándose con gracia sobre cada peldaño. Su esposo la esperaba al pie, con esa mirada de adoración que siempre le dedicaba. Para él, ella era lo más precioso de la vida, aunque aún no sabía que pronto alguien más competiría por su amor.—No te creo —respondió ella con una sonrisa escéptica—. Siempre me dices lo mismo.Él la detuvo suavemente, tomándola por la cintura, y la miró a los ojos con intensidad.—Para mí, solo tú eres lo más lindo de la vida —aseguró con firmeza. Luego, sin darle tiempo a replicar, añadió—: Pero vamos, que se hace tarde.Andrea frunció el ceño. No le pasó desapercibido el cambio de tema repentino, pero decidió no insistir. Algo en su interior la inquietaba, una sensación extraña que llevaba sintiendo desde hacía rato, como si algo importante estuviera a punto de ocurrir.“Son tonterías mías”, se dijo, intentando apartar la sensación mientras subía al auto.El trayecto tran
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