«He decidido romper la sociedad con tu padre»Isabelle asintió, no le cuestionó nada. No había nada que decir, Juan Carlos era un adulto y ella no iba a meterse en sus decisiones. Además, esas decisiones no tenían nada que ver con ella.Una vez que él se marchó, ella se acercó a la mesita de noche y cogió su nuevo celular. Lo primero que iba a hacer era buscar una universidad. Tenía que retomar sus estudios y terminar la carrera para darle a su hijo un buen futuro. Ella contaba con la ayuda incondicional de sus abuelos, pero ellos no le serían eternos y tampoco quería abusar de su amor.—¿Puedo pasar?Isabelle dejó el teléfono sobre la cama y se levantó para saludar a su abuela, había pensado que no la vería hasta el fin de semana, pero le agradaba tenerla allí, con ella.—Claro que sí, abuela. ¿Cuándo llegaste? —le preguntó, abrazándola, como si hubiese pasado mucho tiempo desde la última vez que se vieron y no solo un día.—Llegué de madrugada, pasé a verte, pero estabas dormida y n
Los latidos del corazón de Lía se aceleraron cuando sintió el pulso lento de Mateo de Rossi. La culpa la azotó con la fuerza de un rayo. ¿Qué es lo que había hecho? En su defensa, solo podía culpar a su desesperación por la situación de su hermano, pero en ningún momento tuvo intención de que esto pasara. Lágrimas de miedo y culpa llenaron sus ojos y corrieron por sus mejillas.—¡Juanita! ¡Ayúdame, Juanita! —gritó con desespero, sin soltar el cuerpo de Mateo.—¡Tío!Salvatore corrió al ver la situación, se arrodilló al lado de Lía y le quitó a Mateo de los brazos.—¡Llama una ambulancia! —gritó, revisando el pulso de su tío —. ¡Date prisa, Lía! —le urgió con voz severa y una mirada condenatoria.La ambulancia no demoró en llegar y se llevaron a Mateo conectado a un tanque de oxígeno para mantenerlo estable. Lía sentía cada vez más culpa por lo sucedido. Si Mateo de Rossi moría por su culpa, solo iba a empeorar las cosas y ella. Ella no podría vivir con ese sentimiento que le apretaba
Isabelle no se apartó del ventanal, protegida por las cortinas, observó la ceremonia religiosa y la fiesta del bautizo de la pequeña Vero. Su intención no era arruinar la fiesta que su prima había ofrecido para su hija, por lo que esperó a que los invitados empezaran a retirarse antes de tomar valor y decidir bajar.Ella miró a su hijo dormido en su cuna, tan inocente y ajeno a todo… Alessandro era su motor de vida, la única razón que le impulsaba a no repetir los errores del pasado. Por él estaba dispuesta a todo, incluso a enfrentarse al hombre que más daño le había causado.Luego de pensar mucho sobre su futuro, había decidido aceptar la constructora de sus abuelos, pero no lo haría en calidad de heredera. No podía ser imprudente, menos si era el futuro de Alessandro, por lo que llegó a un acuerdo con su abuelo y ella sería su representante. Estaría al frente del negocio, pero sería su abuelo quien diera el visto bueno a los contratos que fuese a firmar. Eso, mientras conseguía ten
Isabelle miró el rostro de sus padres, ambos lloraban y, aunque el corazón se le encogió dentro del pecho, no se movió de su sitio. Ella vio a la familia de Leandro reunida, también la vergüenza que atravesó el rostro de Allegra Giordano ahora que sabía la verdad.—Hija. —Anabella caminó hasta llegar junto a Leandro, se adelantó un paso para llegar a Isabelle.—Hemos terminado, Leandro —dijo, girándose con intención de alejarse de su madre, pero ella fue más rápida y la tomó de la cintura, aferrándose a ella, reacia a dejarla escapar.—Lo siento, cariño —sollozó.—Déjame ir, mamá —le pidió ella, mordiéndose el labio para controlarse.—¡No! Isabelle, no puedes irte así. Tenemos que hablar, hija, por favor, no te marches así.—Basta, Ana, deja que Isabelle se marche —intervino Isabella, bajando las escaleras.—Mamá.—Ya la niña ha sufrido mucho, deja que se vaya, volverá en el momento en que crea que está lista para hacerlo, hija —le habló con seriedad.—Todos nos hemos equivocado con e
«Mientras haya vida, habrá esperanza».Leandro se aferró a las palabras de su hermana, y, aunque, fue muy difícil para él no tomar la botella y beber, lo hizo. Lía tenía razón, no todo estaba perdido, iba a conocer a su hijo y tenía que ser el padre que Alessandro merecía. Compensar a su hijo por el daño que le hizo debía convertirse en su máximo objetivo.Leandro terminó de empacar sus cosas, había regresado a casa de sus padres cuando se sumergió en la bebida y porque Lía le insistió una y otra vez, pero, ya no encontraba motivos para continuar allí. Era mejor marcharse y empezar de nuevo.Cuando salió de su habitación con maletas en mano, no esperó encontrarse con sus padres en la sala, pero allí estaban, esperando por él.—Leandro. —Allegra fue la primera en levantarse y tratar de acercarse, pero igual como había pasado en el hospital y en casa de la familia Santoro esa noche, Leandro se apartó de ella.—Voy a marcharme y dejaré de ser un problema del que tengas que sentirte averg
Isabelle se sintió nerviosa cuando vio a Leandro entrar a la casa y avanzar hacia la sala. Estuvo a nada de bajar corriendo y llevarse a Alessandro con ella, pero se contuvo y esperó en silencio, viendo la reacción de Leandro. Él se había quedado quieto como una estatua, deseaba que él se girara y le diera una razón para no dejarle ver a su hijo, sin embargo, Leandro avanzó un paso y un vacío se abrió en la boca de su estómago. Padre e hijo, finalmente estaban juntos…Leandro se detuvo de nuevo, desde su posición pudo mirar el rostro de su hijo. Alessandro era… perfecto. Era la cosita más hermosa que jamás había visto y era suyo. Era sangre de su sangre y carne de su carne. ¿Cómo fue tan estúpido para dudarlo? ¿Cómo fue capaz de poner su vida en peligro por un error? Jamás iba a perdonárselo, así pasaran mil años, no iba a olvidarlo y esperaba poder compensar a su hijo por todas sus metidas de pata.—Señora —susurró casi sin voz. Estaba ahogado de emoción.Verónica se giró en su asien
Isabelle dejó a Alessandro en su cuna, haló la silla y se sentó a su lado. No supo cuánto tiempo pasó viendo a su hijo dormir, tenía una fuerte opresión en el pecho y las lágrimas fueron inevitables, recordando la confesión de su abuelo sobre el origen de su padre. Ella jamás se lo hubiese imaginado. Su abuela Verónica jamás hizo diferencias entre sus hijos, realmente amaba a su padre como si fuese su primogénito. ¿Cómo no amarla? A pesar de no llevar su sangre, su abuela la amaba y la veía como su pequeño tesoro.—Espero no estar equivocándome con tu padre, mi pequeño, pero no quiero negarte tu derecho a conocerlo y convivir con él —susurró, desviando la mirada del niño a los documentos del divorcio sobre el tocador. Leandro los había firmado, todo lo que tenía que hacer ahora era enviarlos de regreso al abogado para que iniciara los trámites ante un juez competente y esperar la resolución. Por un momento tuvo miedo de que las cosas no fueran fáciles y que él se negara a firmar, pero
—Leandro, ¿estás escuchándome? —preguntó Lía al darse cuenta de que estaba hablando como una perica sin tener la atención de su hermano.—Creo que sé dónde buscar a Isabelle —dijo con emoción.—¿Qué?—Isabelle debe estar en la ciudad de Guatemala y si no es ahí, será en Quetzaltenango —respondió.Lía respiró profundo.—No vayas a cometer una locura, Leandro. Dijimos que era mejor darle tiempo a Isabelle, los dos lo necesitan.—¿Más tiempo? ¡Hace dos meses que no la veo! —expresó, llamando la atención de la gente a su alrededor.—Dos meses no son suficientes para todo lo que pasó. No te precipites de nuevo.—No importa, Lía.—Así no conseguirás nada, Leandro, piensa mejor las cosas. Analiza la situación, recuerda que ahora tienes un trabajo y tienes que ser responsable.—No voy a acosarla, solo me conformaré con saber dónde y como está.—Espera a que la señora Santoro te llame, así tendrás una idea de lo que puedas esperar. Aprende a caminar, Leandro, ya has corrido antes y las cosas s