—Pero él nunca ha estado ahí para ella... yo siempre he sido quien la ha criado y cuidado —dijo con tono desesperado mientras las lágrimas salían de sus ojos—. ¡No puede quitarme a mi hija! —Depende del caso —dijo el abogado fríamente—. La veremos en la corte en dos días, señora Brand. Le dio al e
¿Cómo era posible que Zack le doliera más que Mason? Mientras Andrea regresaba a su departamento, no dejaba de pensar en aquello. Pero la verdad era que no le dolían ni Mason ni Zack, le dolía la decepción, la confianza rota, la impotencia de no entender por qué diablos eran unos imbéciles con letr
Los exámenes fueron rápidos y una semana más pasó. Una semana en la que Andrea no dejaba de llorar ni un solo día y trabajaba como desesperada para conseguir un buen contrato: un contrato significaba dinero, dinero para pagar un abogado. La próxima vista ante el juez fue para leer algo que ella ya
El departamento estaba limpio, muy limpio, pero eso era lo único que se podía decir en su favor. Cuando Andrea abrió la puerta, la mujer alta y delgada de unos cincuenta años que estaba a su lado, con el rostro severo y la mirada firme, hizo un gesto momentáneo de sorpresa. En la mano llevaba un por
—Su madre. —¿Perdón? —Andrea no lo creía—. ¿Su madre? —La señora Stormhold es viuda y actúa como representante de su hijo, no ha dejado que un agente se le acerque jamás —le explicó Ben—. Así que nadie ha podido representarlo nunca. Andrea se quedó pensando en aquello, la empresa daba bonos por l
Zack miró por la enorme ventana de su oficina en el mismo corazón de Manhattan. Hacía dos días que había tenido aquella conversación telefónica con Andrea en la que ella solo había hecho una pregunta y ni siquiera había sabido si ella había escuchado la respuesta porque todo lo que había podido oír
—Pero menos enfermo que el de tu padre —explicó su madre—. Le harían dos cirugías en una, el trasplante y la reparación de una válvula del nuevo corazón... Sé que es complicado, pero su médico dice que es nuestra única posibilidad de que esté con nosotros algunos años más... —le explicó Luana—. Por
La gente podía darse un día para llorar, pero Andrea no se dio ni un minuto, no podía, porque lo único que quería era recuperar a su hija. La trabajadora social los acompañó a la residencia de Mason esa tarde y Andrea sintió ganas de vomitar al ver la mansión en la que vivía y el auto que tenía mien