La Marca del Vigía

El silencio en la cueva era espeso, roto solo por el sonido del goteo de agua desde el techo. Los licántropos que habían colapsado tras la explosión de luz permanecían inmóviles, pero Lía y Kael no se atrevieron a bajar la guardia. Sabían que en el mundo que habitaban, la calma rara vez era permanente.

Kael, con la espada aún en la mano, inspeccionó a las criaturas caídas. Algunos todavía respiraban débilmente, pero algo en sus ojos había cambiado. El rojo brillante que antes los dominaba había desaparecido, reemplazado por una mirada confusa y casi humana.

—¿Qué les hiciste? —preguntó Kael mientras volvía la vista hacia Lía.

Ella se levantó lentamente, tambaleándose por el esfuerzo de canalizar el poder del altar.

—No lo sé exactamente —respondió, mirando el artefacto que sostenía en sus manos—. Desactivé lo que los controlaba, pero creo que esto solo los liberó... al menos por ahora.

Kael frunció el ceño, aún alerta.

—Si los hemos liberado, ¿eso significa que podrían ser aliados?

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